Canciones y amigos

Hay pilares que sustentan tu vida, siempre en tenguerengue, siempre veloz. Hay algunos que se comportan como esa suerte de red que soporta tus caídas y te protege de males mayores. Para mí uno son mis amig@s, de los que tiro cada vez que tengo dudas y me lleva la zozobra y para los que procuro estar cuando echan un silbido (o cuando no lo hacen pero intuyo o sé que lo harían). Llevo unos días reflexionando sobre esto por ciertas vivencias que he tenido y he recuperado de la memoria y del baúl de cosas escritas, este Pabellón Autidivo que escribí por estas fechas pero hace como siete años. Aquí os dejo reflexiones pescadas en el tiempo pero que seguiría firmando, aún no siendo la misma que lo hizo entonces.

Sensaciones Compartidas

Intentó rescatar de su memoria aquella melodía pero resultó imposible.Canturreó persistentemente y rebuscó en cada rincón de su mente algún resto de la canción; y nada. ¡Había significado tanto para ella hacía sólo unos meses! “No sería tan buena”, concluyó. En un arranque de tenacidad, localizó el disco entre sus estantes y lo reprodujo tan sólo para reafirmarse: “¡Aquel tema era bueno, joder!”. Pero ya no le convencía: la música era endeble, las letras, simples y el conjunto, desalentador. No se apenó más de lo necesario porque es inevitable que haya canciones de temporadas, novedades en las que se ponen determinadas ilusiones y que acaban defraudando, y de qué forma. Por contra, hay otras que entran en la vida de uno con timidez, con cierta modestia, pero acaban afianzándose. Las hay buenas, enormemente buenas, pero a las que circunstancias de la vida obligan a dejarlas en la cuneta. Y ésas sí duelen.Y están las canciones importantes, las con mayúsculas, temazos que conforman el cancionero de tu vida, la melodía de tu memoria y la banda sonora de tu bagaje. Son ésas a las que siempre recurres porque siempre están a mano -puede que hayan estado rachas de tiempo olvidadas en la discoteca-; las que evocan recuerdos, las capaces de reconfortar, las que han marcado etapas; las que tarareas casi sin pensarlo. “Al final las canciones son como los amigos”, filosofó ella.Y hoy sé que no le falta razón. Porque el resultado de lo que somos se debe a unas y otros, a lo que escuchamos y compartimos.A pesar de que no siempre seamos capaces de reconocerlo.

Música terapéutica

Hubo una época –que se me antoja en otra dimensión aunque apenas hayan pasado seis años– en la que daba rienda suelta a mis mapas de ideas musicales en unos pequeños artículos de opinión mancomunados en Diario de Cádiz. Tenían el sugerente nombre de “Pabellón auditivo”. Eso era cuando me reconocía como redactora, cuando aún no me había pasado al lado oscuro, que es lo que entiende parte de la profesión que significa trabajar para la Administración o un organismo.

Os contaba que hubo una época en la que tenía la aspiración romántica de ser redactora –siempre escrito, siempre en papel- aunque con la rareza de que nunca pretendí ganar un Pulitzer ni desgranar grandes historias y exclusivas, mi aspiración era estar en la calle, aprender de las historias del día a día y beber de esos temas que siempre me han estimulado. Toda esa inocencia se rompió mucho antes de huir hacia mi recientemente descubierta vocación y, como siempre que se quiebran sueños, hay un personaje gris y ruin de por medio que, como jefe, no sólo no estimuló mi entusiasmo sino que fagocitó mi energía. Pero ésa es otra historia.

Así que los “Pabellones auditivos” eran una vía de desfogar mi necesidad de contar, aquella que me llevó tras los pasos del periodismo y ante el ordenador de un periódico; eran una excusa con la que poder escribir con cierta libertad y de un tema que me apasionaba. Abordaba temas variopintos, desde perspectivas diferentes, con el hilo conductor de la música. ¡Qué buen aliado! Hace unos días me acordé de uno de ellos y os lo he querido traer (lo que ha sido posible gracias a la ayuda de Tamara García, compañera del Diario).

En ocasiones releo artículos que escribí entonces, y que amarillean amontonados en mis estanterías, y casi no me reconozco en las palabras dejadas con más esmero que brillantez. Y me sorprende que muchos de ellos no hayan perdido actualidad, que puedan leerse hoy como entonces, que sean atemporales o traten temas que son cíclicos y recurrentes. Será que las historias se repiten, que nada se inventa, y que los sentimientos, las emociones, las canciones y todo lo que nos llega tiene ese halo de imperecedero que hace que hoy, siete años después, vuelva a suscribir mucho de lo que escribí entonces.

Intentaré traeros de vez en cuando estos pabellones auditivos, si no os molesta el momento “revival”. Y no porque me falten las ideas, que cuando una tiene incontinencia verbal suele ser también escrita, sino porque forman parte de una época de mi vida que, a pesar de todo y de todos, supuso para mí el despertar a la profesión y la maduración incipiente de quien se acerca a un oficio. Y de la que, a pesar de todo y de todos, guardo un buen recuerdo y mejores amigos. Así que aquí os dejo uno de ellos, no necesariamente el primero pero sí el que me vino a la memoria el otro día.

Balizas para mi alma   23/03/2003

Cada uno echa mano de lo que puede para capotear temporales. Y como una parte de estos instrumentos conciliadores surge un manojo de canciones terapéuticas que se asoman en determinados estados de ánimos como una baliza que indica la entrada a puerto. En arranques de melancolía, cuando duelen las aristas de la tristeza (homenaje), no hay nada como poner un CD de Gardel -de esos que suenan a vinilo- arrancar las lágrimas enconadas en el alma y quedarse como nueva. El desnudo drama de “La cieguita” puede llegar a ser de gran efectividad. En estados de abatimiento, en esas mañanas ralentizadas en las que cuesta tanto trabajo arrancar, no hay nada como un buen ‘chute’ de “Levantito”: la canción del mismo nombre de este efímero grupo tiene fuerza suficiente para acabar con la desgana. “Velha chica”, de Dulce Pontes con Valdemar Santos, es una infalible mano que me acuna cuando busco el relax, cuando necesito templar nervios y devolver al baúl en el que estaban los sentimientos y las palabras de reproche. También es una buena solución en casos de rebelión e impotencia “Un bel di vedremo”, cantada por la soberbia Callas, todo un ejemplo de armonía que reconcilia a cualquiera con lo que le rodea. Hubo un tiempo en que “Vendrán días”, de Manolo García, era una puerta a la esperanza, cuando el pozo era bien profundo. Y cualquier canción de Javier Ruibal viene bien a cualquier momento. Pero de entre todos destaca el salvavidas con mayúsculas, en cuya letra y en cuya música -vitalistas y medio chulescas- me apoyo en los momentos más inciertos: “I will survive” -siempre cantada por Gloria Gaynor-. Y es que, señores, yo ¡sobreviviré! 

 

Y me hice de La Canalla

Yo no tenía ni que estar en la Fnac pero, como tiene ese imán que me llama a buscar cualquier fruslería, de las que siempre tengo en la recámara de los antojos, hice escala en la tienda. Mi destino ese día era la música, pero no la música con la que me encontré. O eso creía yo.

Ese día era “El acontecimiento”, Poveda cantaba en la Bienal de Flamenco, y todos: puristas y rompedores, flamencólogos y nuevos aficionados, se daban cita en La Maestranza deseosos de comprobar qué espectáculo se traía el cantaor en la chaqueta. Ésa era también mi cita (yo no soy ni lo uno ni lo otro, una simple curiosa musical) O eso creía yo.

Hoy (hace un año casi) no recuerdo qué fui a comprar ni si me lo llegué a llevar porque hoy (hace un año casi) sonrío al recordar que entré en la Fnac aquel día y, sin pensarlo, sin preverlo, sin pretenderlo, me encontré con La Canalla.

Bueno, realmente me encontré con esto que veis: un grupo de músicos apegotonados y tres colaboradores de excepción que cortaban jamón y lo repartían a los que nos agolpábamos en la pequeña sala. Pero un grupo que hacía una música distinta, que derrochaba frescura, que sonaba diferente, que no es poco en los tiempos que corren. Me llevé el disco, me fui al concierto de Poveda, desgasté el disco de escucharlo. Y me hice de La Canalla.

Anoche volví a ir de concierto con ellos y volví a sentir todo lo que descubrí aquel día, hace ahora casi un año. Puede que, como ayer, los acordes que había escuchado en el disco (y casi había memorizado) no se reconozcan tal cual en el directo. Porque en vivo, la música fluye, los solos de trompeta se desdibujan y vuelven a dibujar, las piezas a piano se acompasan y aparsimonian, y las genialidades de Chipi salpican momentos en que la magia de la música te envuelve sin más. Porque La Canalla es improvisación, es fuerza, es diálogo, es diversión. Es sentir que la música es algo que te hace dejarte llevar (por el universo infinito de las cosas), que te empuja a dejarte llevar.

Y lo que queda es la poesía; a veces absurda, a veces capaz de rozarte el alma. Y las palabras, seleccionadas primorosamente por un amante de las letras que las va engarzando en un abalorio rico y colorido que te hace reencontrarte con ese gusto por el contenido, más allá de la melodía. Pero también queda la melodía, la música, variada, diferente, mixta capaz de emulsionar el jazz con la copla con el tango.

La Canalla es difícil de catalogar, precisamente porque huye de corsés, porque se aleja de los clichés, porque no tiene que ver con nada, ni con nadie. Por eso ha supuesto un soplo de aire fresco en mi discoteca, en mi ipod, en mi vida. Hace casi un año que me hice de La Canalla. Y ayer los volví a disfrutar para celebrarlo. Y hoy quería contároslo.