Defensores e indefensiones

Periodista de veintitantos años que llama a un centro sanitario:

-«Hola, buenas tardes. Es que nos ha llamado una familia para denunciarnos un caso de mala praxis que ha afectado a uno de los miembros y queríamos saber la versión del hospital».

Normalmente, se acompañan de una amplia explicación de la enfermedad que llevó al paciente al centro sanitario y de cada una de las circunstancias que la familia entiende que le ha acontecido durante el proceso y que da lugar a la situación actual. Y suelen terminar, por parte de los encargados de comunicación de los centros, con un «lo siento mucho pero no podemos dar datos clínicos del paciente».

Estas situaciones son cada día más comunes. Puede que tenga que ver con la judicialización en general de la sociedad de la que la asistencia sanitaria no podía quedar alejada (más concretamente, con la pujanza de colectivos de abogados que se dedican a denunciar por sistema al sistema amparados en un nombre que suena a ONG), o con eso del paciente informado (¿puedo objetar a «empoderado»?), que sabe de sus derechos y los ejerce también cuando entiende que el sistema ha fallado.

Y son episodios en los que acaba produciéndose una -llamémosle- indefensión que afecta, no ya al servicio público, sino, sobre todo a los profesionales, puesto que no hay posibilidad de ofrecer una respuesta que contraste esa información, no se puede aportar la misma batería de datos que suelen desplegar los afectados, encorsetados como estamos por el derecho a la intimidad de las personas, especialmente de los pacientes, propietarios de su historia clínica. En estos casos se da una paradoja que resulta curiosa: si ellos hacen pública su enfermedad y todo el proceso con todo lujo de detalles, ¿no podríamos nosotros, en consecuencia y dado que no tienen problemas en dar a conocer esos datos, ofrecer la secuencia de la atención sanitaria desde la perspectiva de los profesionales? Creo que sabeis la respuesta: sus datos son suyos y ellos lo hacen público cómo y cuando quieran. Y en estos casos, siempre me quedo con la explicación de un profesor de la facultad: «tu intimidad es como la puerta del cuarto de baño: tú decides cuándo la abres y hasta dónde; así como si un día te hartas y quieres cerrarla».

A esto le podemos sumar que se trata, normalmente, de situaciones de una gran carga dramática frente a las que tampoco cabe mucha explicación técnica. Porque entrar a explicar por qué se producen determinadas complicaciones o qué variables han podido intervenir en esa evolución puede sonar a frivolidad y corporativismo y parece que se está desdeñando el dolor por el que están pasando quienes exponen a los medios y la sociedad su situación. Difícil solución, la que tienen estos casos, a pesar de la pedagogía que podamos desplegar día a día.

Después vienen los procesos judiciales y las sentencias y, aunque no se ha hecho la aproximación estadística, si son favorables a los demandantes tienen todas las papeletas para que se publiciten con todo lujo de detalle mientras que si eximen a los profesionales o al sistema morirá en una mesa de una redacción (o en un buzón de correo electrónico, que me había puesto romántica) y en los anaqueles de los servicios jurídicos que lo han llevado, cumpliendo el viejo axioma del periodismo.

Entiendo que no tiene el mismo interés una «negligencia» descartada que un drama humano que acaba con un final justo (que no feliz, entiéndase) y no quiero que se evidencie por estas palabras que yo creo que todo funciona perfectamente o que no haya errores humanos, técnicos o problemas de organización que hayan afectado realmente al algunas personas. Sólo es que, si las reclamaciones patrimoniales o denuncias afectan al 0.001 de los actos médicos y por tanto la inmensa mayoría se desarrolla sin incidencia alguna, ¿por qué crece la sensación de que las negligencias son cada día más comunes? ¿De qué manera se puede contrarrestar?