Porqués y zarpazos

13335747_10208597732248231_6655785112544221430_nEn ocasiones me revoloteaban como pequeños abejorros que intentaba despejar a zarpazos. Eran momentos, apenas unos instantes, en los que me tentaban, me acechaban antes de que consiguiera hacerlos desaparecer.

En ocasiones regurgitaba algunos porqués. Por qué si no querías una relación… Por qué conmigo no… Y les acompañaba la tentación echar mano del flagelo con el me castigo sin piedad en cuanto se tercia.

Pero los despejé a zarpazos, me los quité de encima con determinación, no dejo que se posen ni reposen. Porque los porqués no tienen sentido ni las respuestas rebajan la añoranza, porque saber no ayuda a superarlo ni cambia en nada los ser, ni los estar, ni los quedarse, ni los irse.

Porque querer estar -o ser, o quedarse, incluso irse- es una opción ambivalente y reversible. Y revisable. Y revocable. Sin que medien motivos ni explicaciones, ni excusas. Porque se quiere o no se quiere -ser, estar, quedarse o incluso irse-; o se quiere ahora, pero mañana no; o ni hoy, ni mañana. Y es voluntario. Y cuando la voluntad se viste de no, qué mas da por qué.

Sólo queda aceptar, replegar, asumir y mirar para adelante. Y mantener intacto el cariño y el respeto. Y despejar a zarpazos los porqués que en ocasiones revolotean como abejorros, y la tentación de flagelarme. Porque no cabe rencor en el mundo de la voluntad, no cabe reproches donde no hay ataduras, no cabe reclamar si uno de los dos se planta.

Porque los motivos no rebajan las añoranzas, que han de pasar. Toca mirar hacia adelante sin que nada lastre tus pasos, los que necesitas para caminar tu vida con la libertad que da desprenderte de todo. También de los porqués.

Bienvenidos mis 41

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Por mis 41 (de mi IG)

Cumplí 40 asomándome a unos ojos a veces melancólicos, a veces entusiastas, siempre bañados de deseo; dejándome abrazar por letras, por música, por poesía; rodeada de amigos, y amigas, de quienes cruzan penínsulas con chaparrones de risas y complicidad;  y con mi familia siempre atrás, soportándome incondicional.

Cumplí 40 enamorándome. Y lo celebré allende y aquende las sábanas sintiendo más de lo que me permitía sentir. Nunca supe ponerme límites y por eso, en otras ocasiones simplemente evité.

Y con un gerundio que nunca llegó a presente, enfilé uno nuevo, el del des (enamorándome); sin dejar que la desilusión, los porqués, las añoranzas no previstas, o el espejo de frivolidad desde el que me enmarcaban, desmontaran esta serenidad de la que me he ido pertrechando de a poco durante los 39 años previos. Los desengaños siguen doliendo pero se amortiguan sin tantos dramas. Y tampoco esta vez permitiré que las cicatrices puedan extenderse hasta las ilusiones.

Avancé los 40 estrenando orfandad, descubriendo que la Ley de Vida y la inevitabilidad que se supone a ciertas etapas de tu vida no descargan el peso de la certeza de no verle más, ni la añoranza; ni menguan un amor infinito que se hace más presente con su ausencia.

Y me agarré a la vida. Aún más. Exprimí el Carnaval, la Feria, las fiestas, hasta la Semana Santa. Saboreé los platos, los vinos, las cervezas. Disfruté con charlas en la proa y salpicadas de espuma, dejándome acariciar por el sol; me seguí maravillando con un buen libro; descubriendo nuevas músicas, abandonándome a la melancolía de las conocidas y a la euforia de las que sé que me hacen bailar.

En los 40 se diluyeron amistades que entendía sólidas y se hicieron férreas algunas más recientes. Los porqués y el dolor de la marcha de las primeras se terminan compensando con la entrega de las que llegan: omnipresentes, solidarias, disfrutonas, especiales. Y con la consistencia de las que siguen a mi lado, las de siempre, las que están como una certeza indisoluble que me apuntala a lo que soy.

Comencé los 40, los mismos que ando terminando, con la resolución de cumplir sueños, de aquellos que he ido postergando durante años sin ser consciente del paso del tiempo y la errónea disposición de prioridades. Los había dejado en una cuneta, y con ello parte de lo que quería ser.

Enfrento ahora prácticamente los 41 queriendo seguir aprendiendo, queriendo seguir viviendo, con toda la rotundidad… sin que eso me vista de superficialidad. Enfrento los 41 con un sosiego que se me ha ajustado a la piel y ha atemperado mi alma.

Llegaré a los 41 sin que me avergüence sentir (ni enamorarme ni desenamorarme) porque forma parte de este no dejar que el miedo me paralice y me hurte experiencias. Porque los posos que asoman en mis arrugas, en mis sonrisas, en mis caricias, en mis conversaciones y hasta en mis cartucheras tienen cada segundo de vida, desengaño, aprendizaje, viaje, aventura, amistad, risas que me ha traído hasta aquí.

Y me siento cómoda: con los posos y con las arrugas. Bienvenidos mis 41.

Nunca da tiempo

cojinesNo nos dio tiempo de sabernos las cicatrices, aquellas que tatúan el cuerpo, que las de las almas llevaría una eternidad. No nos dio tiempo de entrelazarnos en lo cotidiano porque todo tuvo algo de fortuito, de fugaz. No nos dio tiempo de empezar cuando ya estábamos acabando. Así ha sido esta vez, así fue recién, y hasta casi que recuerdo.

Nunca da tiempo de proyectarse en el calendario porque son historias sin más, de una sola hoja; ni de sabernos uno nada del otro porque apenas desgajamos la complicidad de un encuentro. Nunca da tiempo de hablar en plural porque nunca llega a tratarse de nosotros.

Igual alguna vez dé tiempo. Quien sabe. En algún momento, a lo mejor hay alguien que se quede. Tal vez. Igual, algún día, un osado quiera explorar mañanas de periódicos y cafés concatenados sólo porque desee alargar el tiempo de las noches entre sábanas blancas. Puede que, sin buscarlo, un propio encuentre acomodo entre estos cojines que me hablan de África para recorrer sin moverse maratones de cine, preludio de una cama que se extiende desde el whatsapp casual para saber de mi. Alguien que quiera también abrirme su casa para que la radio, la charla y el chup chup de un guiso se entremezcle en mañanas de domingo sin más vocación que estar así, que reír y hablar.

Y no lo echo de menos. No tiene sentido. No puedes extrañar lo que nunca has tenido. No puedes añorar la complicidad que nunca has regalado ni de la que jamás te han hecho partícipe. No tiene lógica que pienses que sería bueno algo que no sabes cómo es. Porque igual no es bueno. Igual aburre. O tal vez no. Pero igual, alguna vez, dé tiempo.

Vieja amiga

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Superviviente (de mi IG)

Vieja amiga, has vuelto. Te he sabido reconocer, a pesar del tiempo pasado. Fue una sonrisa, una sólo, al leer aquel “buenos días”, y supe que habías regresado, con lo bueno y con lo malo. Y que no era hambre, no, ese entripado que se expandía cuando contaba los pasos para llegar al punto determinado, a la hora concreta.

Y mira que te he temido, que te he huido, que te he anulado -apenas notaba tu presencia-, que me he parapetado en tu ausencia ante el miedo a que te fueras tal y como llegaras. Y mira que te he negado, renegado, requetenegado, como una etapa proscrita, un sarampión que no quería pasar, una enemiga más que una aliada.

Vieja amiga, entiéndeme. Cada vez que te has presentado, te ha seguido un vahído de amargura y soledad; un regusto a broma macabra que venía a gritarme “cómo has sido tan tonta de pensar que esto te iba a pasar a ti”; un descenso imparable en el Dragon khan de los sentimientos, el mismo que antes me llevó a las alturas.

Hoy puedo reconocerte, y hasta reconocerme, que es tal vez lo más importante. Y estoy dispuesta a saborearte, y a que estas mariposas que revolotean en la tripa no se me terminen atragantando; y a que las sonrisas ante los mensajes mañaneros no dejen de asomar; y que suenen las canciones con otro ritmo y me permita yo ver los días con esos rojos, esos naranjas, esos blancos, esos azules.

Ilusión, vieja amiga, compadécete, eso si. No llegues atropellando, hazlo pausado, sosegado, poco a poco, que eso no resta intensidad pero amortigua los efectos colaterales que vendrán más tarde, cuando te marches por donde has venido. ¡Pero es tan bonito sentirte hoy así! Que estoy dispuesta a saborearte aunque le siga un vahído de amargura y soledad.

La gastritis

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Escape (anillo comprado en Boston. De mi IG)

El doctor escuchó pacientemente los síntomas que le iba relatando: aquel dolor agudo donde comienzan las costillas, aquel desgarro que le hacía doblarse… Le hizo un par de preguntas y lo tuvo claro, sin necesidad de pruebas adicionales:

“Tiene usted gastritis. Lo suele originar el estrés, la mala alimentación… Pero usted tiene una causa distinta: todas las palabras que quería decir y no dijo se le han hecho bola y le han afectado al estómago. Seguro que tendrá también atorados todos los sentimientos que ha relegado, incluso los gestos que quiso compartir y no hizo; las caricias, abrazos, besos… que reprimió”. Tras el diagnóstico, llegó el tratamiento: “Le voy a recetar un IBP que tendrá que tomar a razón de uno al día”.

Sabía ella lo que era un IBP y tiró de pedantería: “inhibidor de la bomba de protones, para anular los ácidos”.

“No, éste es otro IBP. Es un incentivador del bombeo de palabras, que le ayudará a sacar todo lo que tiene ahí hasta que se pase ese dolor”.

Probó con la primera pastilla y apenas minutos después regurgitó aquel “te echo mucho de menos” que llevaba semanas callando. Y hasta se sorprendió de lo rotundo de la manifestación, de la fuerza con la que lo dijo. Más tarde, en forma de flato florido llegaron algunos “tengo muchas ganas de verte” que aún estaban frescos en la recámara. Iba por la calle soltando “mis ganas irremediables de besarte” o “por qué no pasamos juntos un fin de semana”. Y el que más costó, por lo enconado, fue ese “te quiero” que no dijo ni ésta vez, ni la anterior, ni casi desde que recuerda.

Con cada frase liberada se le iba aliviando la presión en la boca del estómago pero llegó un vacío insoportable. ¿De qué servía soltar, por fin, todo aquello callado si, a la postre, no tenía destinatario? Descolgó el teléfono, le marcó, y llegó a tiempo para que un contundente “esto no es lo que quiero” cumpliera, al fin, su objetivo.

 

Ese punto

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Ese punto (recogida de El Silencio, de mi IG)

A veces me lo imaginaba como una isla huérfana de archipiélago, un accidente geográfico que no debía estar ahí; como un adorno ectópico que quedó desperdigado del cajón de las cosas de ornato, que tan bien encajaron y conformaron tu cara. Y me sonreía para dentro.

Me fascinaba. Tiene algo de un punto suspendido en un abismo al que se resiste a caer. Del inicio del grafiti que nunca llegó a más que la mera intención plasmada en un instante.

Me gustaba besarte justo ahí, besarte ese lugar imposible, ese lunar que asoma como un finisterre sin faro porque es el punto en el que para mí eras más tu.

Primero y último

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Silla de confidente en Mérida (México) de mi IG

Fue el primer beso que le dio sabiendo que le quería. Antes vinieron otros muchos pero ninguno tenía ese sabor de la certeza y, si acaso, estaban salpimentados con deseo, ansias, ilusión y ganas.

Éste daba diana en la papila del amor, si es que hay alguna especializada en esa detección -y que complemente las que alertan sobre el dulce, el salado, el ácido y el amargo-; o si acaso se trató de una activación simultánea de todas a la vez, como una traca inabarcable, como si el amor no fuera más que una mezcla más o menos homogénea de todo lo que se puede degustar. Hay veces en que gana lo amargo.

Pausado, detenido, dulce. Un beso que removió todo su cuerpo, ya removido entre sábanas deshechas; que llegó a sus entrañas y regresó a su mente, mientras intentaba mandar órdenes de recolocación inmediata.

“Me ha alegrado verte”, acertó a decir.

Fue el primer beso que le dio sabiendo que le quería. Y que sería justamente el último.