Apocalipsis caletero

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17265135_10211180889665552_3322419080844879453_nUna amiga alucinó un día que vino a Cádiz y vio a toda la gente paseándose por la ciudad con sillas de playas ralladas. Yo no había caído en la rareza de ese gesto comunitario que nos une a los de costa: ¡Complementos para la playa! Qué rareza! Pero es que a mi kit caletero, que hasta la semana pasada sumaba a la silla la protección solar y el libro; ahora le voy a añadir sin pensarlo unos manguitos o un salvavidas de esos naranjas, aunque arruine el top less. Que el viernes vi el trailer de la Gran Ola, sólo el trailer, y ando acojonada y tatuándome los procedimientos de respuesta ante sismos y tsunamis.

Al principio la cosa era espeluznante por lo estético, porque salía La Caleta asolada por el efecto de una ola gigante. ¡Mi Caleta! ¡Como en un apocalipsis gadita, sin un sólo caletero! (que los genuinos se bañan todos y cada uno de los días). Pero es que, a lo largo del documental, 40 expertos evidencian que lo del maremoto aquel que se comió La Viña hasta que la Virgen de la Palma dijo “hasta aquí llegamos” no fue un hecho aislado, que hay una zona sísmica en el Golfo de Cádiz que propicia que se repita en el momento más insospechado.

Y nadie hace la previsión para que podamos actuar cuando ocurra. Nadie. Que deberíamos estar haciendo simulacros caleteros con bocata de tortilla y bingo, con el Ardentía dando instrucciones desde megafonía y las maris corriendo desorinadas mientras intentamos salir de todo ese caos. Nadie se toma en serio una amenaza que parece ceñirse sobre nosotros mientras, ajenos a todo, seguimos arriesgándonos por el mero hecho de caletear. Ya estoy yo en wallapop comprando el salvavidas que si es por la peña…

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 21 de marzo de 2017 

Yo quiero ser La Koki

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La Koki en Carnaval Chiquito 2017 (Foto de mi IG)

Yo, de pequeña, quería salir en el coro de Adela del Moral, pero se retiró antes de que pudiera cumplir mi sueño. Aún creo que puedo cantarme La Viudita Naviera, Watussi . Más tarde, quise ser como La Koki, la primera mujer a la que vi en el carnaval de la calle con un ingenio y una desvergüenza que supe que nunca tendría. Pero aún así, quería ser como La Koki. Y aún hoy, ojalá fuera como La Koki.

Renové mi vocación con Ana López Segovia, con su Despedida de soltera y mis primeras entrevistas para el Diario. Y después con Alicia y todas las niñas de las Ninfas por cojones a las que he seguido desde entonces.

Quiero ser, ya a mis taitantos, como Alba y como Millán, mujeres en una Final del Falla en chirigota y en comparsa, rompiendo barreras -también mentales- en una fiesta con aún demasiadas.

Quiero ser como ellas, quiero mirarme en ellas. Y espero que, si alguna vez tengo hijas, se referencien en ellas para entender que en el carnaval, como en la vida, tenemos que jugar otros papeles y reivindicar nuestro sitio.

Las letras comprometidas son preciosas, vellitos de punta. Pero que en todo el mundo se viera a Alba tocando el bombo sin complejos o a Millán defendiendo a Los Irracionales ha hecho más por nuestra pelea que la eliminación de las ninfas, que sigo celebrando. Yo quiero ser La Koki, Ana, Alicia, Alba, Millán porque ellas sí han sido valientes como para abrir camino.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 14 de marzo 

Tu legado y mi Carnaval

img_6106Hasta ahora, era una palabra más del diccionario. Sólo hace unas semanas sentí la dimensión de lo que engloba: ese frío sin mesura que se apodera de cada poro, de cada hueso, impidiendo que entre en calor por más que ponga empeño; ese vacío trascendental que me dice que no voy a volver a verte nunca más, ni a sentirte, ni a discutir contigo. Es una certeza que duele, que llega al centro del pecho, que explota y se retuerce, que se arraiga y no se desprende.

Orfandad.

Y no sé que hacer con esto que siento. Con esos sms que ya no te mandaré. Con esos besos que no te daré. Con las conversaciones de política que ya no tendremos. No sé mirar el Diario de Cádiz sin recordar tu militancia diaria; ni comer huevo hilado sin ver cómo lo traías cada Nochebuena, ni los huesos de santo que me regalabas en un paquetito cómplice. No sé qué hacer con este remordimiento por todo el tiempo que no pasé contigo; por las visitas y los ratos que te racaneé; por los desencuentros que dejé que nos distanciaran en más ocasiones de las que debiera.

Y por contra, canto. Canto a diario: tus canciones de la mili, tus coplas de carnaval -la peculiar banda sonora de muestra infancia-. Porque hoy y cada día, el carnaval me suena a ti, el carnaval me lleva a ti, el carnaval me recuerda a ti. A ti te debemos cada uno de las células de pasión que ponemos en esta fiesta; y las coplas añejas que nos cantiñeábamos sin que tuviéramos edad para conocerlas, como ese pasodoble de Los cristaleros o ese estribillo de Fletilla, que me pongo de vez en cuando para sonreírme de nuevo. Porque ahí estamos tú y yo felices, cómplices. El mismo Carnaval que Keco ha vivido este año como nunca, con un premio que ha compartido contigo antes que con nadie, porque es tuyo más que de nadie.

Tenían razón quienes me lo decían. Te lloro y te sonrío. Te extraño y te recuerdo con un amor infinito; el que igual no te demostré como debía. El que se ha materializado ocupando el hueco que ha dejado tu marcha y que se agranda por momentos. Te sonrío en cada pensamiento, en cada imagen, en cada copla. Te pienso y te sonrío.

Porque quiero sentirte así. Desde ahora y hasta siempre. Sentirte y sonreírte, y sonreírme porque no quiero que se nuble tu recuerdo ni mi añoranza. Y porque sé, Papá, que te fuiste sabiéndonos a tu lado siempre, agarrado de mi mano, como me pedías.

Y así transitaré del frío huérfano a la calidez de tu recuerdo. Y seguiré cantando mientras te recuerdo. Y seguiré sintiendo el carnaval como parte de tu legado. Como cuando cantaba contigo aquel “y chorreaba de aceite linaza” sin saber ni qué estaba cantando.

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Nunca da tiempo

cojinesNo nos dio tiempo de sabernos las cicatrices, aquellas que tatúan el cuerpo, que las de las almas llevaría una eternidad. No nos dio tiempo de entrelazarnos en lo cotidiano porque todo tuvo algo de fortuito, de fugaz. No nos dio tiempo de empezar cuando ya estábamos acabando. Así ha sido esta vez, así fue recién, y hasta casi que recuerdo.

Nunca da tiempo de proyectarse en el calendario porque son historias sin más, de una sola hoja; ni de sabernos uno nada del otro porque apenas desgajamos la complicidad de un encuentro. Nunca da tiempo de hablar en plural porque nunca llega a tratarse de nosotros.

Igual alguna vez dé tiempo. Quien sabe. En algún momento, a lo mejor hay alguien que se quede. Tal vez. Igual, algún día, un osado quiera explorar mañanas de periódicos y cafés concatenados sólo porque desee alargar el tiempo de las noches entre sábanas blancas. Puede que, sin buscarlo, un propio encuentre acomodo entre estos cojines que me hablan de África para recorrer sin moverse maratones de cine, preludio de una cama que se extiende desde el whatsapp casual para saber de mi. Alguien que quiera también abrirme su casa para que la radio, la charla y el chup chup de un guiso se entremezcle en mañanas de domingo sin más vocación que estar así, que reír y hablar.

Y no lo echo de menos. No tiene sentido. No puedes extrañar lo que nunca has tenido. No puedes añorar la complicidad que nunca has regalado ni de la que jamás te han hecho partícipe. No tiene lógica que pienses que sería bueno algo que no sabes cómo es. Porque igual no es bueno. Igual aburre. O tal vez no. Pero igual, alguna vez, dé tiempo.

La primera vez

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Escaleras del metro de Ciudad de México (de mi IG)

Eso sí que es una primera vez. Y es más un regalo que ninguna otra primera vez.

Nada te quitará el vértigo previo de saber si habrá conexión, emoción, piel; si lo que imaginas que ha de llegar permitirá que termine estando a la altura lo que quiera que sea que llegue. Y los acercamientos, las notas primeras, envuelven un halo de expectativas que acarician como toda promesa. Entonces, las palabras van dando en la diana y hay ritmo, son, cadencia…

Escuchar una canción por primera vez sí que es una primera vez. Es un descubrimiento que se te va ofreciendo poco a poco, un hallazgo que llega en las primeras notas, que continúa en el estribillo, que te asalta en los giros. Y hay canciones tan buenas que te tatúan una sonrisa, como a un Indiana Jones ante el templo perdido, porque ese hallazgo es tuyo, se te ha dado a ti. Y no se cae en la siguiente frase, mejor que la de antes; ni en la que viene detrás.

Hay canciones que te dejan con ganas de más, como una buena primera vez. De más de todo esa ola de sentimientos que te ha embargado en esos cuatro minutos de combinación perfecta de música y pensamientos. Y vuelves a escucharla. Y ya no es la primera vez pero no dejas de descubrir nuevos matices y las letras se desnudan de nuevo, de otro modo, con otra entrega. Y esa canción es más tuya porque tú la has descubierto, una y otra vez.

Escuchar una canción por primera vez sí que es un regalo, que mantiene en vilo las ganas. Porque lejos de desenvolverse de una sola vez, como un atragantamiento, se ha desgajado en cachitos, cada uno empaquetadito con su celofán, que vas desprendiendo y saboreando, uno a uno, hasta que descubres la sorpresa global, que se aparece cuando encajan todas la piezas.

Escuchar un disco por primera vez sí que es una primera vez. Es un regalo de regalos. Y hacerlo antes que los demás, es un privilegio que quiero agradecer así. Con toda la modestia.

Vieja amiga

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Superviviente (de mi IG)

Vieja amiga, has vuelto. Te he sabido reconocer, a pesar del tiempo pasado. Fue una sonrisa, una sólo, al leer aquel “buenos días”, y supe que habías regresado, con lo bueno y con lo malo. Y que no era hambre, no, ese entripado que se expandía cuando contaba los pasos para llegar al punto determinado, a la hora concreta.

Y mira que te he temido, que te he huido, que te he anulado -apenas notaba tu presencia-, que me he parapetado en tu ausencia ante el miedo a que te fueras tal y como llegaras. Y mira que te he negado, renegado, requetenegado, como una etapa proscrita, un sarampión que no quería pasar, una enemiga más que una aliada.

Vieja amiga, entiéndeme. Cada vez que te has presentado, te ha seguido un vahído de amargura y soledad; un regusto a broma macabra que venía a gritarme “cómo has sido tan tonta de pensar que esto te iba a pasar a ti”; un descenso imparable en el Dragon khan de los sentimientos, el mismo que antes me llevó a las alturas.

Hoy puedo reconocerte, y hasta reconocerme, que es tal vez lo más importante. Y estoy dispuesta a saborearte, y a que estas mariposas que revolotean en la tripa no se me terminen atragantando; y a que las sonrisas ante los mensajes mañaneros no dejen de asomar; y que suenen las canciones con otro ritmo y me permita yo ver los días con esos rojos, esos naranjas, esos blancos, esos azules.

Ilusión, vieja amiga, compadécete, eso si. No llegues atropellando, hazlo pausado, sosegado, poco a poco, que eso no resta intensidad pero amortigua los efectos colaterales que vendrán más tarde, cuando te marches por donde has venido. ¡Pero es tan bonito sentirte hoy así! Que estoy dispuesta a saborearte aunque le siga un vahído de amargura y soledad.

La gastritis

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Escape (anillo comprado en Boston. De mi IG)

El doctor escuchó pacientemente los síntomas que le iba relatando: aquel dolor agudo donde comienzan las costillas, aquel desgarro que le hacía doblarse… Le hizo un par de preguntas y lo tuvo claro, sin necesidad de pruebas adicionales:

“Tiene usted gastritis. Lo suele originar el estrés, la mala alimentación… Pero usted tiene una causa distinta: todas las palabras que quería decir y no dijo se le han hecho bola y le han afectado al estómago. Seguro que tendrá también atorados todos los sentimientos que ha relegado, incluso los gestos que quiso compartir y no hizo; las caricias, abrazos, besos… que reprimió”. Tras el diagnóstico, llegó el tratamiento: “Le voy a recetar un IBP que tendrá que tomar a razón de uno al día”.

Sabía ella lo que era un IBP y tiró de pedantería: “inhibidor de la bomba de protones, para anular los ácidos”.

“No, éste es otro IBP. Es un incentivador del bombeo de palabras, que le ayudará a sacar todo lo que tiene ahí hasta que se pase ese dolor”.

Probó con la primera pastilla y apenas minutos después regurgitó aquel “te echo mucho de menos” que llevaba semanas callando. Y hasta se sorprendió de lo rotundo de la manifestación, de la fuerza con la que lo dijo. Más tarde, en forma de flato florido llegaron algunos “tengo muchas ganas de verte” que aún estaban frescos en la recámara. Iba por la calle soltando “mis ganas irremediables de besarte” o “por qué no pasamos juntos un fin de semana”. Y el que más costó, por lo enconado, fue ese “te quiero” que no dijo ni ésta vez, ni la anterior, ni casi desde que recuerda.

Con cada frase liberada se le iba aliviando la presión en la boca del estómago pero llegó un vacío insoportable. ¿De qué servía soltar, por fin, todo aquello callado si, a la postre, no tenía destinatario? Descolgó el teléfono, le marcó, y llegó a tiempo para que un contundente “esto no es lo que quiero” cumpliera, al fin, su objetivo.