Ambrosía y arcoiris

Diva bajo el foco

No es Alicia, no. Pero es capaz de transitar por un país de las maravillas donde nada es lo que parece: un saxofonista que es capaz de tocar dos saxos a la vez, un violonchelista que arranca del violonchelo notas apaisadas, remedando una guitarra… Y ella misma: una mujer frágil a veces, majestuosa casi siempre, cambiante, sinuosa y con una voz con tantos matices que en ocasiones parece pertenecer a una mujer frágil y, en otras, a una majestuosa mujer.

Nada es lo que parece, no. Pero en cambio la música que emanó este particular país de las maravillas era tan real, tan auténtica, tan sublime que entró por los dedos de los piés, que repiqueteaban solos desde el primer instante, hasta llegar a arrebolarte. Porque esa voz que puede llegar a ser tan profunda que te araña tu propio diafragma, tan ronca que rasga el silencio, tan ácida que da escalofríos, tan suave que envuelve tu alma, te toca, aturdiéndote, alucinándote, arrancándote las lágrimas.

Cariño, soy una tonta que cree que es “cool” enamorarse. Lo cantaba una mujer  recogida que, sentada con su guitarra, podía llegar a parecer Holly cantando sobre la ventana Moon River. Pero era sólo un espejismo. Les etoiles salía de una enorme mujer de infinito traje negro, infinitos taconazos y turbador turbante que plantada sobre el escenario jugueteaba con las manos pellizcando el silencio. My one and only thrill era obra de una pianista potente y dulce, que acompasaba martilleantes compases con una voz entre melancólica y potente.

Y todas estas mujeres que es sólo una nos tomó de la mano y nos llevó por cientos de sitios, nos arrastró del éxtasis a la melancolía, del ritmo al escalofrío con su música auténtica y su voz tan personal. Apoyados en su calidez y no en su bastón, volamos a Lisboa, paseamos por Brasil, e invocamos a dioses que nos llevaron a un ritmo sin fin.

Acabamos, igual no hay otra manera de hacerlo con ella, en ese lugar sobre el arcoiris, que puede que sea el mismo que buscaba Dorothy pero que evidentemente no tiene nada que ver. El arcoiris de Melody tiene más de siete colores porque capta y refleja más luz, toda la que es capaz de emanar una diosa, una diva, una mujer increíble. Un ser sobrenatural que te da de beber en cada nota, en cada matiz, la ambrosía que sólo está reservada para los elegidos. Los que tuvimos la suerte de estar ayer en El Maestranza.

P.D. Y como me tienen que matar para no contarlo, tuve el privilegio de acercarme a ella, hablar (le dicen hablar al balbuceo chorrra que protagonicé) con ella y que me firmara disco. Momento que recoge esta foto y toda la cara de panoli que soy capaz de tener en situaciones que me sobrepasan. De los subidones post concierto, los saltitos por la calle y la felicidad más etérea, hablaremos otro día

Con Melody

Rumbo a paraísos soñados

El clandestino del Puerto recaló en el Lope de Vega

Quizás sea difícil trazar mapamundis de sitios soñados en la baja espalda de una dama, sobre todo para quienes carecemos de toda destreza al mando de un lápiz o un pincel; pero más difícil se me antoja que, al socaire de estas historias que iban dibujándose ante nuestros ojos, las letras y las músicas despejen nuestro horizonte y nos lleve a paraísos soñados. Complicada travesía, la que nos tenían preparada La Canalla y Javier Ruibal por mares de coplas cien veces cantadas, por lugares recónditos que no aparecen en los mapas de la música estereotipada, por seductoras melodías y letras de una cotidiana riqueza que asombra.

En esa singladura pasamos por la Base de Rota y su Boca de Rosa (¡qué de tiempo!) por el Manhattan sin gloria, o esa paradisíaca Isla Mujeres que descubrí en lo recóndito de la vida de la mano de David Broza. Y como la magia de transportarte es inherente a la música, seguimos nuestra ruta sin planos, sin brújula, sin prisas por el Infinito universo de las cosas, acompañamos al “tirao” en sus aventuras y nos acompasamos con requiebros imposibles contando los lunares de un bambo. Y todo eso por el don de lenguas de Chipi, que domina el italiano (la única copla que canto en esta lengua a pesar de los peñazos de La Serenísima) y le pega al inglés de categoría; pero, sobre todo, porque las músicas que interpretan beben de cientos de mares, del sur de unos y otros continentes; y porque viajar no es más que saciar la curiosidad de conocer otras culturas, beber de otros ritmos, contaminarte de historias ajenas.

Súmenle la poesía (“ay, si le hubiera entendido el día que me pidió: quiéreme un poquito menos pero quiéreme mejor”), la coherencia, el hiperrealismo que desborda Chipi (su dedicatoria-alegato en defensa de los estudiantes de Valencia llegó al cerebro y al alma). Súmenle la veteranía, la prestancia de Ruibal. Y háganse cargo de que aquella noche, en aquel teatro que no era el Falla pero casi (más de la mitad del público estaba-mos- censado más allá del peaje) se daban cita dos de mis devociones musicales, dos de los artistas cuyas letras soy capaz de tararear con devota actitud. Por eso se me hizo la magia y por ello no me hizo falta llegarle a encontrar un hilo a la historia o a esa propuesta conjunta. Y por eso hoy os lo cuento dejándome llevar por mucho de lo que allí sentí, rodeada de amigos, que la magia compartida tiene mucho más encanto y potencial.

Os dejo un resumen del concierto de agosto para que os hagáis una idea.

Aquella noche en Cascais

El piano se hizo magia

No soy capaz de decir cuántas personas nos dábamos cita en ese hipódromo de Cascais, así que dejemos a un lado lo cuantificable, que nunca fue lo mío. Fuéramos las que fuéramos, vivimos en aquella noche –fría, húmeda– de julio una calidez indescriptible, que nos nacía en las entrañas, nos explotaba en la garganta, nos llevaba a danzar, ignorando el confort que ofrecían las sillas.

Probablemente, aquel concierto de jazz propiciaba una escucha sosegada, sentada, acompañando el compás con unos tímidos repiqueteos de dedos, con un movimiento rítmico de los pies. Probablemente, eso era lo que habían previsto los organizadores. O no. Pero lo que encontramos no fue nada de eso porque Jamie Cullum no es jazz, no es sólo jazz, no puede encorsetarse. Es música. En mayúsculas, con su tilde y con todo el respeto que despierta esta palabra y todo lo que significa para muchos, que no para todos.

La música puede hacer cosas increíbles: puede emocionar hasta la risa, hasta las lágrimas; puede arrinconarte en la melancolía o alegrarte la jornada, puede hacerte bailar y botar. Porque la música arrastra y cuando un músico de la talla de Cullum, tan pequeño, tan aniñado, hace de su piano un epicentro sísmico, consigue arrastrar a la multitud a paraísos soñados. Y ya no eres tú dueña de ti. Formas parte de ese universo único que dibuja con su maestría, con su voz, con su impecable ejecución, con su manera de sentir la música. Las notas, las escalas imposibles, los ritmos frenéticos, te toman, te llevan, te elevan, sintiendo cómo formas parte del todo, de esa comunidad, en esa noche mágica.

Y suceden momentos únicos, que paladeas en el momento, que guardas en lo mejor de tu memoria, que recuperas en ocasiones como hoy. Momentos en los que miles de voces son capaces de unirse en las mismas notas, en la misma armonía, en la misma voz. Momentos que hacen que sientas que aquella noche, en aquel sitio mágico, acompañada de personas especiales, viviste algo único que hizo que tu corazón se acompasara con los demás, que siguiera latiendo eufórico aún acabado el concierto. Y te hiciera recordar por qué merece la pena cruzar media península si el objetivo son ratos de felicidad. Aquel sí que fue un buen comienzo para unas vacaciones.

Os dejo en este vídeo el que, quizás, fue el momento más especial de todo el concierto. Llevo ese oh oh oh grabado en el pabellón auditivo, en la mente, en la retina, en las rodillas, en el paladar.