La gastritis

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Escape (anillo comprado en Boston. De mi IG)

El doctor escuchó pacientemente los síntomas que le iba relatando: aquel dolor agudo donde comienzan las costillas, aquel desgarro que le hacía doblarse… Le hizo un par de preguntas y lo tuvo claro, sin necesidad de pruebas adicionales:

“Tiene usted gastritis. Lo suele originar el estrés, la mala alimentación… Pero usted tiene una causa distinta: todas las palabras que quería decir y no dijo se le han hecho bola y le han afectado al estómago. Seguro que tendrá también atorados todos los sentimientos que ha relegado, incluso los gestos que quiso compartir y no hizo; las caricias, abrazos, besos… que reprimió”. Tras el diagnóstico, llegó el tratamiento: “Le voy a recetar un IBP que tendrá que tomar a razón de uno al día”.

Sabía ella lo que era un IBP y tiró de pedantería: “inhibidor de la bomba de protones, para anular los ácidos”.

“No, éste es otro IBP. Es un incentivador del bombeo de palabras, que le ayudará a sacar todo lo que tiene ahí hasta que se pase ese dolor”.

Probó con la primera pastilla y apenas minutos después regurgitó aquel “te echo mucho de menos” que llevaba semanas callando. Y hasta se sorprendió de lo rotundo de la manifestación, de la fuerza con la que lo dijo. Más tarde, en forma de flato florido llegaron algunos “tengo muchas ganas de verte” que aún estaban frescos en la recámara. Iba por la calle soltando “mis ganas irremediables de besarte” o “por qué no pasamos juntos un fin de semana”. Y el que más costó, por lo enconado, fue ese “te quiero” que no dijo ni ésta vez, ni la anterior, ni casi desde que recuerda.

Con cada frase liberada se le iba aliviando la presión en la boca del estómago pero llegó un vacío insoportable. ¿De qué servía soltar, por fin, todo aquello callado si, a la postre, no tenía destinatario? Descolgó el teléfono, le marcó, y llegó a tiempo para que un contundente “esto no es lo que quiero” cumpliera, al fin, su objetivo.