Primero y último

11071728_10205511515654745_3792226549820240918_n

Silla de confidente en Mérida (México) de mi IG

Fue el primer beso que le dio sabiendo que le quería. Antes vinieron otros muchos pero ninguno tenía ese sabor de la certeza y, si acaso, estaban salpimentados con deseo, ansias, ilusión y ganas.

Éste daba diana en la papila del amor, si es que hay alguna especializada en esa detección -y que complemente las que alertan sobre el dulce, el salado, el ácido y el amargo-; o si acaso se trató de una activación simultánea de todas a la vez, como una traca inabarcable, como si el amor no fuera más que una mezcla más o menos homogénea de todo lo que se puede degustar. Hay veces en que gana lo amargo.

Pausado, detenido, dulce. Un beso que removió todo su cuerpo, ya removido entre sábanas deshechas; que llegó a sus entrañas y regresó a su mente, mientras intentaba mandar órdenes de recolocación inmediata.

“Me ha alegrado verte”, acertó a decir.

Fue el primer beso que le dio sabiendo que le quería. Y que sería justamente el último.

O no…

¿Seguro?

¿Seguro?

La vida sería más fácil con certezas. Me llevaría a paso firme hacia donde quiera que vaya (que tendría claro) sin desasosiegos, y no con este dudar constante, este cuestionamiento sin final que teje y desteje realidades como una penélope de andar por casa. La vida sería mas fácil con departamentos estancos donde todo está ordenadito y etiquetado, dejando al alcance de la mano lo que eres, lo que quieres, lo que piensas; que necesitas una ración de argumentos categóricos, pues los sacas del cajoncito donde los tienes tan claros y ordenados que da miedo; que tienes que tirar ahora de una de decisiones, pues los localizas en el de al lado, en el que están aquellas que se toman sin titubeos.

Siempre he envidiado en cierta manera (todo en mi tiene matices, pardiez) la labor de las esteticistas. Cada limpieza facial es un protocolo inamovible: limpieza, exfoliación, apertura de poros, extracción, tónico, masaje, mascarilla, recogida y a su templo; cada masaje tiene pasos estipulados y movimientos secuenciados. Esa liturgia tan milimétricamente pautada resulta un maravilloso salvavidas: el de saber en todo momento qué tienes que hacer y qué va a pasar. ¿Cuántas veces bajo la mascarilla añoraba esa seguridad? Las antípodas de lo que soy; y de lo que hago, donde las decisiones forman parte del día, en segundos, condicionadas, presionada… ¡Quién tuviera un puñado de certezas para este susto o muerte!

Y es que no hay otra. Cuando se dio el reparto de seguridades debí de andar aprendiendo cabuyería u orientación por las estrellas, competencias en las que soy ducha pero que nada me sirven para desasosiego cotidiano de no saber, en este continuo “o no” que me acompaña desde que era niña. ¡Si es que hasta para lo más pequeño! Esta semana leía a Risto Mejide hablar de su canción favorita de Sabina. ¿eso existe? ¿Y cómo puede? Yo podría quedarme con un quinteto de ellas, no sin cierto trabajito. Pero hoy no sabría determinar cuál es mi canción favorita de Sabina. O de Ruibal. Ni siquiera un puñado de películas preferidas, que me dejarían en el ahogo de abandonar otras por el camino.

Si, ya sé que la vida es decidir. No soy una ilusa, no; no escurro responsabilidades, tampoco. Sólo que el camino no es fácil, no es cierto, no es claro, no es premonitorio, ni siquiera intuitivo, no es banal. Y envidio a todas esas personas que tienen todo tan claro… hasta en lo más pequeño (o no) como cuál es su canción favorita de su artista (igual también favorito).

Hoy me ha vuelto a pasar leyendo (qué cosas, la mayoría de las las inquietudes me llegan leyendo) una entrevista en Diario de Cádiz donde el personaje, un político (o ex-político) se definía con una facilidad pasmosa, se encasillaba hasta en cinco etiquetas que le describían (o le describirían, condicionémoslo, para no perder la costumbre) a la perfección en distintos aspectos de su vida, en su pensamiento, en su biografía. ¿Sería yo capaz de etiquetarme? Definitivamente no (¡anda!, ¡una certeza!) y menos con rótulos tan gruesos como “reformista”, “socialista liberal” o “filósofo crítico”, que llegué a leer. Si acaso, podría definirme en unas vacuas obviedades como mi gentilicio, mi lugar de playeo o incluso mi rubia condición, tan condicionante ella.

¡Si es que hasta escribiendo dudo! Mido, sopeso, intercambio, pruebo palabras , hago, deshago; escribo, “des-escribo”… consciente de que hasta estas pequeñas decisiones determinan lo que realmente quiero decir, de que son éstas un valioso instrumento que tampoco puede tomarse a la ligera.

Dice mi amigo Fernando, con quien reflexiono a veces, que su única definición es que es del Atleti ¡Cómo no será nuestro cinismo! Y yo sólo sé que me bandeo como puedo en un mar de dudas del que salgo en contadas ocasiones para tomar aire y volverme a sumergir. Definitivamente, la vida sería más fácil con certezas. O no…

P.D: Visto lo visto, y como formaría parte de ese quinteto, creo que va tomando forma la canción de “Sin Embargo” como la que podría dar como favorita… O… espera…