Ambrosía y arcoiris

Diva bajo el foco

No es Alicia, no. Pero es capaz de transitar por un país de las maravillas donde nada es lo que parece: un saxofonista que es capaz de tocar dos saxos a la vez, un violonchelista que arranca del violonchelo notas apaisadas, remedando una guitarra… Y ella misma: una mujer frágil a veces, majestuosa casi siempre, cambiante, sinuosa y con una voz con tantos matices que en ocasiones parece pertenecer a una mujer frágil y, en otras, a una majestuosa mujer.

Nada es lo que parece, no. Pero en cambio la música que emanó este particular país de las maravillas era tan real, tan auténtica, tan sublime que entró por los dedos de los piés, que repiqueteaban solos desde el primer instante, hasta llegar a arrebolarte. Porque esa voz que puede llegar a ser tan profunda que te araña tu propio diafragma, tan ronca que rasga el silencio, tan ácida que da escalofríos, tan suave que envuelve tu alma, te toca, aturdiéndote, alucinándote, arrancándote las lágrimas.

Cariño, soy una tonta que cree que es «cool» enamorarse. Lo cantaba una mujer  recogida que, sentada con su guitarra, podía llegar a parecer Holly cantando sobre la ventana Moon River. Pero era sólo un espejismo. Les etoiles salía de una enorme mujer de infinito traje negro, infinitos taconazos y turbador turbante que plantada sobre el escenario jugueteaba con las manos pellizcando el silencio. My one and only thrill era obra de una pianista potente y dulce, que acompasaba martilleantes compases con una voz entre melancólica y potente.

Y todas estas mujeres que es sólo una nos tomó de la mano y nos llevó por cientos de sitios, nos arrastró del éxtasis a la melancolía, del ritmo al escalofrío con su música auténtica y su voz tan personal. Apoyados en su calidez y no en su bastón, volamos a Lisboa, paseamos por Brasil, e invocamos a dioses que nos llevaron a un ritmo sin fin.

Acabamos, igual no hay otra manera de hacerlo con ella, en ese lugar sobre el arcoiris, que puede que sea el mismo que buscaba Dorothy pero que evidentemente no tiene nada que ver. El arcoiris de Melody tiene más de siete colores porque capta y refleja más luz, toda la que es capaz de emanar una diosa, una diva, una mujer increíble. Un ser sobrenatural que te da de beber en cada nota, en cada matiz, la ambrosía que sólo está reservada para los elegidos. Los que tuvimos la suerte de estar ayer en El Maestranza.

P.D. Y como me tienen que matar para no contarlo, tuve el privilegio de acercarme a ella, hablar (le dicen hablar al balbuceo chorrra que protagonicé) con ella y que me firmara disco. Momento que recoge esta foto y toda la cara de panoli que soy capaz de tener en situaciones que me sobrepasan. De los subidones post concierto, los saltitos por la calle y la felicidad más etérea, hablaremos otro día

Con Melody

Higiene mental

Planes de domingo o intentar ser normal

Ay, que al final está pasando lo que me temia: que sólo me acerco aquí muuuy de tarde en tarde y para contar mis otras cosas. No mis experiencias y mis reflexiones del trabajo, no; ésas que iban a ayudar (o no) a los demás, sino todas las demás pamplinas, inquietudes y válvulas de escape.

Así que éste, mi rincón, se llena de música, de libros, de pensamientos, incluso de periodismo; y parece que huyo (más consciente que inconscientemente) de todo lo que tenga que ver con mi trabajo. Y ustedes lo entenderán, ¿no? Cuando una faceta de tu vida te come prácticamente el 100% de ésta, el poco tiempo que te queda (o que te obligas a que te quede) prefieres desconectar del todo. Lo hago aquí y en mi vida.

Hay veces que me asomo al twitter para decir una pamplina, de las mías; aun a riesgo de parecer frívola. En ocasiones me lo pienso, lo de si poner ciertas cosas o no. Pero así soy yo. Y mi twitter es mío. Y no tengo por qué cortarme. Porque necesito del humor, porque es como la válvula de las ollas exprés, ésas que corrigen la presión para que no termine explotando.

Y si vieran mi vida: las horas a las que llego a casa, cuando me pongo a escribir (siempre a deshora y después de haber buscado un rato para ir al gimnasio y haber descubierto que los yogures con fecha de caducidad cumplida de un mes son el comodín perfecto cuando no hay cena) podrán ponerse en mis zapatos y entender por qué acabo escribiendo de los temas que, en principio, eran accesorios, y dejo a un lado los que pretendían ser vertebrales. Me convenzo de que es un excelente ejercicio de higiene mental cuando no tengo la certeza que no soy muy normal.

Y en estas contadas horas en las que no pienso en lo único (y no, no es el sexo, más quisiera), ya con el pijama y dejando en la cómoda los marrones y preocupaciones, en éste autodeterminado ejercicio de higiene mental que me he impuesto, tengo algunos refugios que suelen ser infalibles. Los más seguros son mis amigos, con sus reflexiones serias y las risas a mansalva, sus bucles y las complicidades. Si es que no, tengo a mano siempre una dosis de música, de cine, de series de TV, de libros; incluso hubo un tiempo en el que hacía punto (contar dos del derecho y dos del revés no dejaba sitio en mi mente para mucho más). Incluso la odisea de mantener una cotidianidad es un buen remedio: llegar siempre a deshora al súper, apurar minutos para conseguir que me depilen sin que cierre, poner lavadoras, planchar, ordenar… O me asomo por la red.

Y una parada obligada es el mundo de Jomeini, son las historias de Terro y Susanita, en sus confesables momentos con la depilación (cuánta solidaridad)… En ocasiones acabo a carcajadas porque tiene lo mejor del humor; a saber: seríe de sí misma, advierte su vida y las situaciones con las que tropieza con esa mezcla de ironía y mordacidad; y la cuenta con desparpajo. Por eso no tengo ninguna duda de que me voy a tirar a la tienda a por su nueva obra, el spin of de su blog. Porque si uno de los libros que tienes a manos para escapar de toooodo lo que te pesa tiene lo mejor de Jomeini, es un refugio seguro.

Agonía

Gotero

Prácticamente llevo el mismo tiempo fuera que el que estuve dentro. Prácticamente. Podría decirse que ya ha pasado mucho tiempo, he pasado página, y muchos de los que dejé como parte de un paisaje agridulce ya ni están. Si, las últimas veces que he ido a mi antigua casa apenas me han sonado unas caras. Apenas.

Escruto nombres en una lista macabra y no siento más alivio por aquellos con los que no compartí teclados, ni cigarros encadenados, ni inquietudes, ni cierres entrada la noche. Pero algunos de los que están ahí forman parte de mi vida, de mi memoria y de mis vivencias. Puede que suspire aliviada por las ausencias pero eso me hace sentirme ruin. Y no deja de ser curioso. Ruin, yo, que asisto con impotencia a esta sangría y no quienes las propician desgranando años de experiencia, desmontando veteranía, borrando memoria, obviando talento, des-descontanto horas regaladas.

No, no sólo es cuestión de nombres, que también. Los amigos son los amigos y se mezcla el desahogo de saberles a salvo con la desolación de imaginar por lo que están pasando. Tu mundo de contradicciones se hace abismal cuando se abre la caja de pandora de los sentimientos y cuando afianzas la certeza de que tu mundo se viene abajo.

Porque, aunque me fui porque muchos no me querían -ni siquiera esa casa que me duele hoy- parte de lo que soy lo debo a aquella y parte de lo que sé a muchos de los que andan luchando y dejándose la piel por los que quedan y los que deberían quedar. Hay vínculos indisolubles y mi despertar como mujer trabajadora y mis primeros años como periodista fue a los pechos de una señora respetada, que presumía de veteranía, de ser la decana del panorama, que respiraba tinta y olía a papel. Hoy veo que agoniza y no puedo más que dolerme. No por la empresa en sí, válgame Dios, no; sino por lo que ha significado para tantos y tantos compañeros que han contribuido con su trabajo y sus horas a deshora a cerca de siglo y medio de vida local.

Probablemente pensaréis que tuve suerte por irme, porque hubiera quienes confiaron en mi cuando mi confianza era insignificante y mi vocación iba cogiendo las de villadiego (y mi agradecimiento a ellos es infinito). Igual debería tener más desapego por todos los que intentaron minar mi día a día y todos los que miraban a otro lado mientras esto ocurría, incluida la empresa. Pero ahí se quedó mucho mío, ahí dejé a grandes amigos y compañeros, además de un buen puñado de sueños.

Esta sangría es injusta. El futuro que nos queda es desconcertante. Periodismo, rigor, compromiso, son palabras que se desdibujan ante la tenacidad borradora de empresas sin alma. Ya son 5.000 los que han quedado por el camino. No por ser anónimos son menos dolorosos pero cuando forman parte de tu vida o han formado parte de ella ya es desgarrador. Hoy escribo por Diario de Cádiz porque ha sido mi casa un buen puñado de años, pero es extensible mi ira, mi desolación a todos y cada uno de los compañeros, a todos y cada uno de los EREs, a todos y cada uno de los sueños de periodistas que ven sesgada su vocación como antes vieron dificultada su tarea.

¡»Ay, Manolete… Si no sabes torear p’a qué te metes»!

Gorro de cumpleaños prestado de Anago

Ya tengo pintada la sonrisa. Lo juro. Recuerdo la aventura de preparar este blog sin tener la más mínima idea, las horas de sofá y ordenador con mi asesora personal aguantando mis manías y obsesiones, los descubrimientos de widgets y plug-ins (¡siiiiiii, ya sé que wordpress.com no soporta plug-ins!) y ese pepito grillo que me decía a diario «manolete, si no sabes torear, pa qué te metes» y no se me borra la risa floja.

¡Qué días aquellos! Como buena patata tecnológica, llegué a publicar dos «probando, probando», «me se escucha» mientras hacía pruebas de las distintas opciones de temas, presentación y demás; al más puro estilo de Mortadelo y Filemón en la TIA. Porque otra cosa no, pero probar, lo probamos todo con tenacidad, que para eso una es obsesiva y perfeccionista hasta en la obsesión y la perfección.

Y después llegó el gatillazo en forma de lanzamiento. Ese parto fallido que requirió de fórceps y el trabajo en equipo de un buen puñado de gente. Una muestra más de mi destreza digital. La hora del blog estaba con la de Helsinki y yo quería publicar a las 12 de la noche de aquí así que programé ilusionada mi primera entrada para esa hora mágica del inicio del mes que para mi inicia el año (¿no comienzan todos los coleccionables en septiembre, además del curso escolar?). Y a las doce todo seguía igualito, salvo mi pulso que se estaba desbocando y mi boquita que comenzó a soltarse. Porque además cometí el tremendo error de publicar un par de tuits creando expectación, que para eso veía yo hacerlo a diario a un montón de blogueros.

Lo que ocurrió a continuación pasará a mi catálogo de anécdotas para los restos de la vida. El twitter se volvió loco a menciones (bip, bip bip), otra (bip, bip) contribución (bip, bip, bip, bip) colectiva; yo (bip, bip) miraba de reojo (bip, bip bip) y me descojonaba (bip, bip bip, bip, bip bip) con las ocurrencias de la peña mientras (bip, bip bip) intentaba, con mis limitados (bip, bip) conocimientos de esto (bip, bip bip, bip, bip bip) (ahhhhhhh) qué coño era lo que estaba pasando para que no se publicara mi flamante blog. No sé si Jobs o Gates pero alguien me iluminó, dí con el problema, lo solucioné y casi 20 minutos después de lo esperado, nació A propósito de un caso. Mi criatura.

Ha pasado un año. ¡Un año! Tengo más canas, menos paciencia, no sé si más sabiduría pero sí más dudas y contradicciones. Y una criatura que no atiendo lo que me gustaría (27 entradas en un año no son una marca para someterla a una competición) pero que me da algunas satisfacciones que a la vez me provocan un vértigo atroz. No voy a entrar en el número de visitas: para mí son una inmensidad que me lleva a la hiperventilación (¡tanta gente mirándome y leyendo mis pamplinas!) pero probablemente haya quien reciba éstas en un día. Pero hay un montón de peña que se equivoca clicando y acaban en esta casa. Sólo así entiendo que me visite gente de México, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Reino Unido, Venezuela, Alemania, Chile, Noruega, Perú, Uruguay, Guatemala, Ecuador, Australia, Costa Rica, Bolivia, Islandia, Rusia, República Dominicana, Paraguay, Nicaragua, Bélgica, Honduras, Portugal, Polonia, Finlandia, Puerto Rico, El Salvador, Japón (¡¿Japón?!), Haití, Dinamarca, Panamá, Georgia, Guinea Ecuatorial, Brasil, Rumanía, Italia e India. Me lo expliquen.

De las diez primeras entradas en número de visitas, sólo tres son sobre mi trabajo, lo que deja claro los intereses del público multicultural y políglota que recae por aquí. Tampoco pasa nada porque cada vez escribo menos de trabajo y más de todo lo demás porque al final esto se ha convertido en una válvula de escape, esporádica, pero eficaz. De los 244 comentarios, 90 son míos, así que la estadística patillera sólo habla de mi exquisita educación contestando vuestras aportaciones. Y poco más puedo añadir.

Sólo que sigo fiel a mi intención de que esto sea un refugio y no una obligación aunque procuraré refugiarme más a menudo si el trabajo y disfrutar de la vida me lo permiten. Y que a pesar de la hiperventilación y la sudoración con el miedo escénico (también digital) de saberos ahí, sólo puedo agradeceros que tengáis tiempo y paciencia de atender las pamplinas que escribe esta chupacharcos que se ha metido a bloguera y que ya va adquiriendo rango de veterana. Y si no os importa, seguiré hablando de mi música, de mis libros, de mis amigos, de mi cine y del periodismo. Porque son las cosas que me apasionan y que me hacen sentirme viva.

Y ahora, intentaré programarlo, a ver si he aprendido en un año.

Periodismo en vacaciones

Justo ayer. Hablaba con un amigo sobre un intento de ligar conmigo (de un tercero) y de lo poco original que había sido y me preguntó:

– ¿Y cómo tendría que haberte entrado?

No tengo mucha idea de cómo tendría que haberlo hecho (el desentrenamiento tiene estos efectos) pero sí que estoy segura de cómo no… Y era justo así…

Eso mismo me pasa con el periodismo, en una época de tanta incertidumbre, de tanta indefinición, en un momento crucial en el que tiene que redefinirse o morir: no estoy segura de cómo ha de ser y de qué manera influye toda esta vorágine que se lo está zampando, pero sí que tengo claro cómo no ha de ser. Periodismo no es vender morbo gratuitamente. Periodismo no es obviar lo que está pasando por el interés propio. Periodismo no es saltarse normas y leyes. Periodismo no es cortar y pegar noticias enlatadas. Periodismo no es seguir la dinámica de la no-noticia (el periodismo se nutre de hechos y ¿una declaración lo es?).

Llevo unas vacaciones dicotómicas y contradictorias (no podría ser de otra manera, vivo en una contradicción constante). Me he propuesto desconectar en serio y eso sólo puedo conseguirlo despegándome de mi realidad diaria: de la lectura de mis seis periódicos, de la escucha de mis matinales de radio, de los informativos de televisión; pero, en cambio, son las vacaciones en las que más me he empapado de periodismo: en mis lecturas, en mis películas re-vistas, en mis conversaciones (los periodistas somos seres endogámicos que nos rodeamos de periodistas y hasta nos emparejamos para no dejar de hablar de nuestra pasión)… Pero la tromba de periodismo, con mayúsculas y a granel, me ha llegado de la mano de The Newsroom, una serie sobre una redacción de un informativo nocturno de televisión y sobre todo lo que es y no es periodismo. Y llega a España en septiembre.

The Newsroom habla del periodismo que todos soñábamos hacer cuando nos adentrábamos en esto. Y casi podríamos catalogarla como una serie de ciencia-ficción si comparamos con la realidad. Aborda el rigor, el trabajo duro, la adrenalina, la emoción de contar historias, la responsabilidad de saber la trascendencia de tu trabajo, cuando hay personas que vertebran a partir de ahí su opinión. Es el periodismo que me enamoró y que me llevó (cuando tenía la pinta de la chica de arriba de la foto – becaria de Diario de Cádiz) a perseguir mi vocación y mi sueño. Vale que era consciente de que no saldría de lo local, de lo regional, si me apuran, pero el periodismo es periodismo sin necesidad de ejercerlo en un informativo de prime time.

Hoy el periodismo está en la UVI. Hoy nos hemos olvidado de qué era aquello de coger un teléfono. Hoy olvidamos las verdaderas historias. Hoy no hacemos periodismo. Y como llegará un momento en que esto reventará y tendremos que reinventarnos, os he ido dejando enlaces por esta entrada que son para mi como las piedras de Hansel y Gretel, que me sirven para recordar el camino de vuelta a la esencia de lo que esto es. Y no deja de ser fácil. Nos lo cuenta Kapuscinski: «Siempre el principal reto para un periodista está en lograr la excelencia en su calidad profesional y su contenido ético. Cambiaron los medios de coleccionar información y de averiguar, de transmitir y de comunicar, pero el meollo de nuestra profesión sigue siendo el mismo: la lucha y el esfuerzo por una buena calidad profesional y un alto contenido ético. El periodista tiene el mismo objeto que siempre: informar. Hacer bien su trabajo para que el lector pueda entender el mundo que lo rodea, para enterarlo, para enseñarle, para educarlo» (Los cinco sentidos del periodista).

Parece fácil ¿verdad? Pues nada más alejado de la realidad. Y ahora os dejo siete maravillosos minutos de periodismo. Siete. En vena. Para que entendáis a lo que me refiero. Y con Coldplay de banda sonora. «Es una persona. Y es un médico quien determina su muerte, no las noticias». Que la coherencia de Don suene a ciencia ficción…

Sentidos entre(jazz)ados

Viernes en el Cambalache

El olor de los pimientos asándose léntamente en la tabla es capaz de trasladarme a la cocina de mi infancia, cuando pelaba pacientemente las chamuscadas verduras que luego se convertirían en un cotidiano manjar.

Curiosear, en un arranque de nostalgia, alguna vieja chuchería, y paladear viejos sabores, te hace retroceder a patios de colegio, a olores de lápices y gomas y coletas tirantes. Y los platos que descubriste en la curiosidad de los viajes te devuelven de nuevo a las sendas andadas, las culturas reconocidas, las vivencias acumuladas.

Los acordes de algunas canciones, me acercan amores furtivos, caricias inexpertas, sentimientos descubiertos y la certeza, entonces, de que había cosas para siempre, como ese amor que nos prometimos. Hay roces de piel que tienen banda sonora, de ésas que suenan en tu recuerdo, caricias que despiertan cosquilleos y erizan, trayendo de nuevo a tí un vértigo siempre nuevo pero siempre cotidiano.

Y hay imágenes capaces de sonar.

Es la magia que tiene la fotografía: puedes sentir cómo profanas la intimidad de unos músicos que se ensamblan en acordes no escritos, regalando, entre los licores de aquel bar, sus notas recién exprimidas. Ellos estaban allí y nosotros aquí, viejos amigos contando batallitas, pero mientras lo que nosotros hacíamos no trascendía, su música es capaz de llegarnos hoy, sólo viendo esta imagen y dejándonos llevar por todo el jazz que nos fluye.

Siembro palabras pero no aquí

Texto callejero

Puede contar conmigo en una pared

Sé que debo muchas palabras, muchas reflexiones. Pero no a vosotros, no; no tengo la presunción de pensar que hay quien espera mis desvaríos, mis contradicciones, mis conclusiones en voz alta. No. Me las debo a mi. Me voy apuntando idas inexactas, hilos de los que tirar, frases inconexas en mi moleskine, en los postit que tiñen mi día a día de amarillo, en las notas del iphone, que son mis nuevos post it y siguen tiñendo de amarillo.

Sé que este rinconcito mío anda abandonado, inexplorado, yermo. No quiero ni mirar cuánto tiempo hace que no paso por aquí; ni cuánto hace que no pasa nadie. Ni siquiera cuántas ideas tengo sembradas en mis distintos soportes esperando traerlas –algunas ya andarán hasta desfasadas–. No creo ni que lo echéis de menos aunque yo lo haga constantemente. Pero sigo en ese paso-inspiración-barrida que concentra todas mis fuerzas, pendiente de no perder el ritmo y no mirar arriba. Porque tengo la certeza de que si me paro y levanto la vista el vértigo podrá conmigo.

Las ideas me rebosan, las experiencias se me acumulan, las palabras se hilvanan solas pero no puedo escatimar el tiempo para plasmar hoy aquí todo. Y hacerlo con mimo, con cariño, con sosiego. Un día, cuando decidí que pariría esto, me prometí no prometerme nada. Y quiero que siga siendo así. Así que hoy sólo me asomo para dejar una reflexión antigua. De esas que tienen que ver con cuando era una plumilla y hablaba de música. Y otros placeres.

Tudo isto e fado

Esa mama es mía

Mujer, de unos 50 años que acude a los tribunales reivindicando su derecho a la intimidad y a la propia imagen dado que entiende que se le ha conculcado en una imagen aparecida en un medio de comunicación.

La fotografía en cuestión era una mama -sólo y exclusivamente una mama- prensada en el proceso de realización de una mamografía. No aparecía el rostro ni había ningún elemento que identificara a la dueña. Pero esta señora sostuvo en los tribunales que esa mama era suya.

Esta situación ocurrió y sirve de recurso para hacer entender a los compañeros de qué hablamos cuando hablamos de derecho a la intimidad y a la propia imagen de nuestros pacientes. Y por qué de nuestro celo. Porque la institución, y quienes trabajamos en ella, somos responsables de salvaguardar a estas personas que cada día transitan por nuestros centros sanitarios y no podemos bajar la guardia por inocente que parezca la situación.

Ahora es fácil entrar en los centros y hacer fotos de las distintas estampas, no hace falta más que un móvil. Es sencillo recoger cómo unas urgencias tienen una mayor afluencia o están desbordadas pero cada una de las personas que aparecen en esa imagen tiene una historia, una familia, una circunstancia y el derecho a decidir si quiere aparecer en esa situación o no. Y hay que tener en cuenta esto en imágenes tan aparentemente indolentes como una sala de espera con personas aguardando a entrar en consulta ¿hay algo más cotidiano? ¿Más neutro?  porque puede ser que el señor que aparece esté ocultando a sus allegados que está ahi, por los motivos que sea, y el hecho de que aparezca en un periódico o en una televisión ayude poco a su intención de mantener esa visita en secreto. O la señora. O la chica. En ocasiones es difícil que se pondere aunque intentamos hacérselo llegar a los compañeros cuando muestran su extrañeza por la necesidad de que todos sepan que están siendo fotografíados o grabados y le requiramos la autorización por escrito. «Si no es más que una sala de espera»

Como siempre me ocurre, nunca sé si nos pasamos o no. Porque ser tan riguroso dificulta mucho el día a día. Pero siempre pienso en las circunstancias de cada una de las personas que pasan por nuestros centros, en la responsabilidad que tiene la institución y en que no todo vale. Y tener firmada la autorización de todos los que salen en los medios de comunicación, incluso de las señoras que no se identifican y aparecen de modelo para ciertas técnicas, es una garantía para no acabar en los juzgados.

Paso-inspiración-barrida

De Cómo subí a las Torres de Serrano

De cómo subí a las Torres de Serrano (foto de Clara Benedicto vía Flfickr)

 Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida. Paso—inspiración— barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida.

Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.
—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla. Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:
—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.
Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir: —Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser. Después de una nueva y larga interrupción, siguió: —De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento. Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:                                       —Eso es importante.

En múltiples ocasiones echo manos de las enseñanzas de Beppo El Barrendero, uno de los amigos de Momo, esa niña protagonista de un libro que marcó mi juventud. Muchas veces. Cuando he tenido que enfrentarme a las muletas y las distancias cargando con mi cuerpo eran un mundo, recuperaba este fragmento que guardo siempre a mano y así, paso a paso, terminaba coronando todas las etapas. Cuando los problemas son inabarcables es bueno desmenuzarlos con esta sabia fórmula del paso-inspiración-barrida. Incluso cuando los retos a los que te enfrentas se te antojan imposibles, la mejor opción es hacerlo así.

Este fin de semana he visto que puede que La pesca del salmón en Yemen sea un sueño loco, pero no deja de ser una aventura que merece la pena. Y por ello os recomiendo esta película que hace aflorar el optimismo, un bien importante en los tiempos que corren; que deleita la vista por la fotografía y lo cuidado de la escena; que pinta sonrisas con situaciones y diálogos inteligentes y divertidos (la jefa de prensa del Primer Ministro es todo un personaje) y que redescubre la magia cuando sólo queda rutina. Y hoy no dejo de pensar en esta asombrosa empresa que nos cuenta esta película y, salvando las distancias con la ficción, siento que comparto con esos protagonistas la excitación y el vértigo de tener por delante un proyecto  grande.

Así que, una vez más, imprimiré el ritmo paso-inspiración-barrida a mi día a día. Y, nunca sola, tocará echar horas, aprender a destajo, afrontar nuevas situaciones para contribuir a un proyecto que pretende construir una sociedad más justa. Se nos va mucho en esta batalla y es mayor la responsabilidad así que antes de que comience a hiperventilar, repetiremos el mantra: paso-inspiración-barrida… Hasta que nos demos cuenta de que hemos terminado la calle.

Palabras en el paladar

Mi ex libris

Mi ex libris

De la voracidad he pasado a la frugalidad. Y no  porque obedezca los paradadigmas de ninguna dieta sino porque el tiempo me arranca posibilidades de disfrutar de la literatura, que no de leer –porque es una de las actividades que llenan mis horas aunque se trate de palabras inertes, técnicas, sin alma, con construcciones administrativas, sin estética, casi sin son–.  Y si antes los libros con los que empapaba mi mente, mi alma, mi desván de palabras y recuerdos se contaban por docenas, ahora apenas si apuro tres páginas mal leídas antes de dar la cabezada de la derrota, justo en ese tiempo que va desde la ducha -que limpia también la mente dejando en el desagüe los problemas acumulados- hasta el abrazo a la almohada; un impass que marca el momento de la noche en que determinadas rutinas rompen otras.

Si en los momentos en que se forjaba mi adolescencia navegaba entre Brujas, o niñas que sobrevivían a guerras injustas, o barrenderos sabios y hombres grises, con un regalo delicioso que respondía a Biblioteca Juvenil Alfaguara, más tarde empecé a adentrarme en la literatura más mayúscula hasta que recibí con toda la ceremonia un ilusionante «Ya tienes edad para leer a Camus» por parte de esa tía que todos tenemos y que alimenta nuestra hambre lectora. Lo dijo entonces, poniendo en mis manos sus obras completas. Y la liturgia que acompañó ese momento, dotando de trascendencia un paso de etapa, hizo que me enganchara a su obra y la devorara con ansiedad.

Como tod@ lector@, he tropezado en mi vida con grandes libros y grandes decepciones –éstos últimos, casi siempre han venido de la mano de obras laureadas y best sellers que apenas sabían a nada–, pero quizás los que más he paladeado han sido aquellos que han supuesto una verdadera sorpresa; obras desconocidas, que llegan a mi mesilla, mis baldas y mis oídos por recomendaciones de otros buenos lectores. Y que acaban reconciliándome con el mundo de las palabras, de la imaginación, de las realidades paralelas, de los personajes imposibles. Porque hay pocas cosas más satisfactorias que una obra que es capaz de hacerte reír o llorar, que te lleva a otros mundos, que te ensambla palabras y construcciones perfectas, ideas nuevas o incluso otras maneras de ofrecerte las manidas.

Me pasó hace poco con «La elegancia del erizo». Hacía mucho que un libro no me hacía disfrutar como lo hizo esta deliciosa historia. Hacía mucho que no me paraba tras leer una frase, para paladearla, para dejar que el buqué me entrara por los sentidos, para captar los matices y apreciar la belleza de lo simple. Sin prisas, sin atropellamientos. Por el mero gusto de leer, de sentir, de pensar. Desmenuzaba las ideas, las frases, los juegos que se desparramaban en la lectura y escudriñaba vidas ajenas que se me antojaban llena de dobleces. Al final, muchas personas son más de lo que parecen –como otras consiguen aparentar más de lo que son– y poder conocerlas en estos gestos mágicos me sigue pareciendo un privilegio. ¡Y que haya quien no lo sepa disfrutar!

Tomo prestado el hashtag de Fernando Casado para esta entrada porque tengo claro, como él dice, que la cultura es salud.