Vieja amiga

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Superviviente (de mi IG)

Vieja amiga, has vuelto. Te he sabido reconocer, a pesar del tiempo pasado. Fue una sonrisa, una sólo, al leer aquel “buenos días”, y supe que habías regresado, con lo bueno y con lo malo. Y que no era hambre, no, ese entripado que se expandía cuando contaba los pasos para llegar al punto determinado, a la hora concreta.

Y mira que te he temido, que te he huido, que te he anulado -apenas notaba tu presencia-, que me he parapetado en tu ausencia ante el miedo a que te fueras tal y como llegaras. Y mira que te he negado, renegado, requetenegado, como una etapa proscrita, un sarampión que no quería pasar, una enemiga más que una aliada.

Vieja amiga, entiéndeme. Cada vez que te has presentado, te ha seguido un vahído de amargura y soledad; un regusto a broma macabra que venía a gritarme “cómo has sido tan tonta de pensar que esto te iba a pasar a ti”; un descenso imparable en el Dragon khan de los sentimientos, el mismo que antes me llevó a las alturas.

Hoy puedo reconocerte, y hasta reconocerme, que es tal vez lo más importante. Y estoy dispuesta a saborearte, y a que estas mariposas que revolotean en la tripa no se me terminen atragantando; y a que las sonrisas ante los mensajes mañaneros no dejen de asomar; y que suenen las canciones con otro ritmo y me permita yo ver los días con esos rojos, esos naranjas, esos blancos, esos azules.

Ilusión, vieja amiga, compadécete, eso si. No llegues atropellando, hazlo pausado, sosegado, poco a poco, que eso no resta intensidad pero amortigua los efectos colaterales que vendrán más tarde, cuando te marches por donde has venido. ¡Pero es tan bonito sentirte hoy así! Que estoy dispuesta a saborearte aunque le siga un vahído de amargura y soledad.

¿Valiente?

El oso que quiso salirse del estante

El oso que quiso salirse del estante

¿Valiente? No creo. Osada, si acaso. No llaméis valentía a no querer pensar en qué pasará por no quedarte en el intento. A no mirar atrás bajo ninguna circunstancia por evitar arrepentimientos que terminen pesándote hasta el final de tu días. A no medir jugadas futuras por no anticiparte a lo que pueda o no suceder. Ya ocurrirá. Ya veremos qué hacemos. Entonces. Si sucede.

¿Valiente? No creo. Si acaso suicida. Como los jugadores de un humor amarillo que es la vida, donde terminas ostiándote contra todo sin más protección que un ridículo vestido de foam. Sabes que acabarás colgando de un abismo, llena de cardenales y probablemente soportando un chaparrón de risas ajenas. Y todo eso con una chichonera atroz. Pero la adrenalina de intentarlo, incluso en ocasiones, de conseguirlo, termina empujándote de nuevo al reto. ¿Y si…?

¿Valiente? No creo. Seguro que tozuda (o “seguía”, en mi tierra). El miedo no va a poder conmigo, hace tiempo que lo decidí. El miedo paraliza y te hace perderte demasiado de esta vida que se cuenta por minutos que desaparecen para siempre. Que son son tres días y dos hace Levante, así que para qué malgastar el tiempo protegiéndote de vivencias que al final es que tienen también que llenarte -para bien o para mal-, tienen también que enriquecerte -para bien o para mal-, terminan siendo las que conforman tu vida, como una caótica colcha de patchwork. Y no hay nada de lo que no seas capaz con un paso, inspiración, barrida. Y lo que no llega, ni modo, que queda mucho por vivir y hacer.

¿Valiente? No creo. Puede que simple. Por ir despejando ecuaciones con demasiadas incógnitas. Es todo mucho más sencillo. Una sola x. Se quiere o no se quiere. Se está o no se está. Se apuesta o no se apuesta. Se quiere, se está, se apuesta. Porque no hacerlo es no vivir en preventivo, daños colaterales en forma de inacción, comodidad usurpadora de la esencia misma de esto que hacemos cada día. Se arriesga, se pierde, se sigue, se aprende. O no se pierde, y se sigue, y se aprende.

En ocasiones me quedo rumiando palabras. Veces en las que, ideas probablemente dichas sin más por el otro, se me hacen bola en la mente y tienen una digestión lenta, regurgitándome a veces cuando no debiera. Parte de estos post tienen que ver con eso, con ideas enconadas.

Así que no me digáis más valiente. Decidme suicida, simple, tozuda, osada. Porque no pensar de más no es recomendable, vale, pero sí es mi solución. Que de todo se sale, como algún día me tatuaré en el pecho. Porque no me conformo con menos. ¿A poco se puede estar “demasiado algo” alguna vez? ¿Demasiado a gusto? ¿Demasiado feliz? Me rebelo, oiga. Porque mirar atrás encadena. Tanto como mirar demasiado al horizonte, que da vértigo.

Así que no me digáis valiente. Tal vez sólo sea libre -practicante y ejerciente-. Por no querer arrepentirme sólo de lo que no he llegado a hacer. Porque la vida hay que bebérsela sorbo a sorbo, como el tequila. Reposado. Pero bebérsela. Y saborearla. Aunque a veces amargue.