Respeto a las palabras

¿Un abrazo?

¿Un abrazo?

No, ni tienen una diéresis, ni albergan un diptongo, o un hiato, no. No contienen ninguno de estos elementos que pueden hacerla sofisticada, distinta, distinguida, exótica, no. Igual ni siquiera son perfectas, en el delicioso concepto de perfección de las palabras que puedan tener algunas personas. Son palabras -hay palabras- simples, cotidianas, casi manidas que pasan desapercibidas en nuestro día a día pero que contienen tanto que casi da vértigo echar mano de ellas.

No es tanto la palabra en si: cinco letras, tres vocales, dos consonantes y ni una mísera tilde; sino todo lo que alberga en ella. Amigo es una palabra que, más allá de vocales y consonantes, está compuesta de un tanto de lealtad siciliana, de solícita disposición a estar ahí (sólo estar ahí, para cuando haga falta), de regalar payasadas en los momentos de tensión, de abrazar sabiendo que vas a arrancar las lágrimas que se están conteniendo. Amigo es una palabra que ostentan personas que me han acompañado toda mi vida o parte de ella pero para las que soy importantes y que son importantes para mi. Amigo es una palabra que sólo puede otorgarse a ciertas personas, aquellas con las que has construido universos y que te han visto crecer, reír y llorar. Un amigo (o amiga) no es un conocido, no es un allegado, no. Un amigo es una persona que te toma de la mano, que te acompaña y que te conoce. Hay personas a las que llamo amigos (y amigas) y no es un término que regale a destajo, no.

Imaginad cómo me siento cuando alguien me llaman amiga, probablemente sin saber el peso y el respeto que esta palabra tiene para mi. Imaginad el vértigo, el peso de la responsabilidad, la hiperventilación, si me apuran. Es un apelativo que se debería dar en una ceremonia, con toda la solemnidad, porque quien lo otorga está confiriendo un importante papel en su vida. Regalar «amigos» debería estar penado, como regalar «te quieros».

Hoy cumple años MI AMIGA (en mayúsculas, oiga). Felicidades, Gordita.

Anago, mi amiga

Anago, mi amiga

Infinitas (y mágicas) combinaciones

La Canalla, en el Baluarte

La Canalla, en el Baluarte

Podrían ser una especie de versión sinvergüenza de Penélope, aquella que tejía y destejía cada noche una pieza de tela que nunca vería el final. Podrían ser, sí. Porque ellos tejen y destejen cada noche, cada concierto, piezas de música que nunca serán como el original. Porque un concierto de La Canalla nunca es igual a otro. Aunque tienen la habilidad de que siempre suenan como nunca.

Al final, la música no es más que eso: la infinita combinación de unas contadas notas; unas notas contadas que, en suma y tocadas por la mano mágica de unos enormes músicos, pueden emocionarte, hacerte reír, levantar el ánimo o hasta caer en la nostalgia. Y ellos la combinan como nunca -siempre distinto, nunca igual- porque en este mundo canalla, en esta religión que profesamos unos cuantos, la improvisación, el dejar fluir, el hacer música en mayúsculas es el principal dogma, junto a «no molestar y dejar vivir». Al final, se trata de lo mismo: dejar hacer.

Y no es fácil dejar hacer, sobre todo cuando se trata de música, porque podía llevar al caos y no a la armonía. Pero el magisterio de los tremendos músicos, la frescura y templanza de Chipi, y sobre todo las ganas enormes de disfrutar en ese momento de creación, de inspiración, hacen que la música fluya en mágicas y nuevas combinaciones. Como Penélope, tejiendo y destejiendo.

Así, pudimos atrapar y guardar para siempre –en el paladar y en la memoria– cómo sonó aquella noche Canasto y algodón, la Princesa de Bamako, Perico Papelas o la siempre maravillosa Mujer de fuego.  Que no es como sonaban en estos enlaces, ni como sonaron en otras noches también deliciosas, sino cómo sonaron el viernes, en el Baluarte, en Cádiz, en una cálida noche de agosto, cuando La Canalla estaba a gusto, y se le notaba, rodeada de amigos. En casa.

Los amigos, algunos de ellos, alimentaron esas nuevas versiones, aportando y enriqueciendo. Dame tinto y dime tonto sonaba distinto cuando la marquesa tenía las hechuras y la calidez de Pasión Vega. Y llévame a vivir contigo. Mariana Cornejo, quien no puede ser más Cádiz ni intentándolo, se marcó su maravillosa Maruja en Flor, cantando «por moderno», que mira que es difícil. Tu necesitas que te den, son son. Y el saxo de Pedro Cortejosa, cortejando a la melodía que se iba trazando y complementándose con la trompeta de Julián Sánchez, llenó de nuevos e increíbles matices a Gabriela y a Tes quiero mai lof.

Y cuando se deja hacer, también el carnaval supera al carnaval sin dejar de serlo. Porque los cuplés, los tradicionales cuplés de Los Guatifó, emergen distinto cuando la caja, el bombo y los pitos son sustituidos por la trompeta, la percusión, el contrabajo, el piano. El 3×4 que se viste de jazz o el jazz de 3×4 haciendo que todo suene  a lo de siempre pero tremendamente nuevo. De gran categoría.

Bienvenido y su historia de clases sociales, Palomar y su añejo Tango de Los Luceros, el de «A la plaza de abastos de esta gran población«, terminaron de sembrar la magia y arropar a La Canalla en una noche especial, caída incluída, una noche en la que todos nos sentimos tan a gusto como si estuviéramos donde mejor se está, donde están los amigos, los buenos momentos y la complicidad: en ese bar nuestro de cada día. Donde se tejen y destejen nuevas historias, las cosas de las infinitas combinaciones.

Pequeños universos

Sofá abrazador. Mi rincón

Uno de mis universos

Hay pequeños universos que son grandes porque albergan todo lo que tú eres y esperas, donde te sientes a salvo, donde tienes a mano tus cosas preferidas, donde la paz merodea y te recoge a oleadas. Hay universos que están hechos de cosas cotidianas como un sofá, unos libros, una colección de discos, un viejo delantal, fotos, un peluche en el que lloraste todos los desamores de la pubertad. Hay universos que están aquí, escondidos en una vieja calle, que son un secreto que compartes con unos pocos. Hay universos que están construidos a pedazos, los que has ido trayendo de los mundos que has descubierto, de los puertos a los que te ha llevado tu curiosidad, y que han ido encajando en una amalgama de colores y culturas que no son más que pedacitos de recuerdos de todo lo que te ha traído hasta hoy, hasta ahora, tal cual, y no de otra manera. Hay pequeños universos que son en sí un descanso y un refugio: el lugar al que terminas llamando hogar.

Hay pequeños universos en los que uno es más uno mismo (y traigo esta reflexión de Ángel Gabilondo, una delicia), donde no teme encontrarse con quien es, donde hay recuerdos, esperanzas, soledades…

Pero también hay pequeños y grandes universos que no tienen una ubicación física, que pueden ser hasta errantes. Pequeños universos  (y también grandes) que surgen cuando las risas y la complicidad con amigos abren un paréntesis (qué importante son los paréntesis) en nuestro día a día, cuando un hombro recoge tus pesares y una mirada sirve para decirte «aquí estoy, sólo silba». Pequeños universos (y también grandes) que están allí donde se encuentran las caricias, los besos, las esperanzas y los deseos; donde se comparte un exquisito menú o un trozo de queso. Pequeños universos (y también grandes) que suelen tener banda sonora . Y donde tú no dejas de ser tú porque más bien vas al encuentro de quienes te hacen también ser tú. O el tú que eres precisamente porque tienes todos esos universos.

¿Mostramos nuestro cuerpo?

Intimidades (Foto: Taite Cortés)

Intimidades (Foto: Taite Cortés)

Productora nacional que llama para proponer la participación de profesionales de Andalucía en un programa nacional sobre la profesión sanitaria.

– La idea no es sólo contar su labor en el centro sanitario sino dar una visión sobre sus vidas, de manera que se entienda lo que es ser médico o enfermero pero en su globalidad.

Ésta fue la idea que nos lanzó la productora de Cuerpo Médico para pedir la contribución con distintos perfiles profesionales. Normalmente, este tipo de iniciativas conllevan un ingente trabajo detrás porque se trata de facilitar la labor de quienes acuden a grabar, asesorar a quienes van a ser los protagonistas e intentar por todos los medios interferir lo menos posible en la labor de los centros sanitarios, evitando molestar a los pacientes y garantizando en todo momento su intimidad.

Y no podemos hacer recaer en el profesional esta labor, por lo que intentamos estar cerca para informar a las personas que acuden a una cita con su profesional sanitario por qué en esta ocasión la consulta, la intervención, la prueba diagnóstica es especial. No sólo hay que contarles lo que pasa y pedirles disculpas por todas las molestias que causamos en su intimidad -¿hay algo más íntimo que una consulta?- sino también hay que comprobar si están dispuestos a que se grabe esos momentos y se emita posteriormente en una televisión. Para ello, se recoge su autorización firmada, que guardamos y que pueden revocar siempre que quieran y cambien de opinión.

En este caso, además, no sólo abordaban la labor profesional de estos sanitarios sino también su vida íntima, sus inquietudes, su día a día también con su familia; de manera que había que hablar con ellos, explicarles el proyecto y ver si estaban dispuestos a exponerse de esa manera. No siempre es fácil que los profesionales vean la oportunidad y se presten a ello y menos cuando trasciende lo sanitario y pasa a lo personal.

En este caso en concreto, hubo una decisión que costó más tomar que el resto y tenía que ver con uno de los perfiles. La propuesta de la productora era unos residentes, un profesional de emergencias y un médico de familia de zona rural (habían contactado también con él, quien lo derivó a su director de UGC) Y éste último fue el que llevó más tiempo para tomar una decisión. Y no porque no creamos en la labor de la medicina de familia y mucho menos de los que desempeñan en los pequeños municipios, al contrario, pero estimábamos que con esta solicitud se estaba intentando perpetuar el tópico de la Andalucía profunda, y no teníamos claro si debíamos acceder. (Hago aquí un paréntesis necesario porque no es un tópico que yo vea ni que comparta, veo más ruralidad en otras zonas de España que en nuestros pueblos, pero sí creo que es un estereotipo que tienen los del resto de España). Finalmente, y tras hablarlo y meditarlo mucho, prevaleció la certeza de lo que podía aportar este perfil, a pesar de la intención de los profesionales de Madrid, y se incorporó Ángel al elenco.

Los capítulos se visionan por parte del equipo de comunicación antes de la emisión para comprobar que el abordaje es correcto, que no hay ninguna imagen que pueda resultar rara para el profesional o el paciente, que no hay nada extraño, y se hacen pocas modificaciones sobre el original, entendiendo la labor de la productora y el criterio profesional. Pero en este caso tuvimos un elemento de conflicto que Ángel, que lo vivió en primera persona, lo cuenta mejor que yo en su blog. Entendíamos que una secuencia era denigrante para un paciente, que abundaba en la idea de la Andalucía profunda de la que queríamos huir (no porque no exista sino porque no es la única realidad profunda de España y ya está bien de tirar del sur) y que no debía emitirse. Lo hablamos con los profesionales pero ellos entendieron que formaba parte de su día a día y no le vieron problemas, lo hablamos con la productora -que vio una secuencia muy jugosa e incluso morbosa de la que no se quería desprender- y finalmente optamos por no hacer más frente si éramos las únicas que lo veíamos así. Igual debíamos habernos plantado. Aún hoy no lo sé.

Andalucía sigue lastrada por cómo la ve el resto de España. Nos cuesta la misma vida traspasar Despeñaperros y, en ocasiones, hay oportunidades para cambiar esta visión, como la participación en programas de este tipo. Mostrar la realidad de nuestros pueblos es también intentar desmontar el tópico. Esa responsabilidad pesa cuando se cuidan este tipo de intervenciones. Pero en quien realmente pensaba cuando intentaba argumentar a los interlocutores sobre la no idoneidad de esas imágenes era en ese paciente, en su familia, y en cómo se sentirían al verse en esas imágenes magnificados en una televisión nacional. Al final, lo que importan, son las personas.

Mientras…

Playa en domingo

Playa en domingo

Mientras sigo ordenando palabras para contaros experiencias, mientras supero esta abulia veraniega (tan sana por otro lado), mientras intento recuperar la sensación de que lo que os cuento os sirve de algo, os dejo un intento de relato veraniego que escribí allá por 2006 y que se publicó en Diario de Cádiz.

«LA HECATOMBE – Taite Cortés (20/08/2006)

¡La hecatombe! Aquello era inaudito y echaba por tierra una excelente tarde de playa, una nueva cita que contaba con todos los ingredientes para que fuera memorable. El poniente refrescaba el ambiente aliviando los calores de tanta faena y aunque este viento ensuciaba las aguas de Santa María del Mar -–frente al Levante que las dejaba como un plato transparente-– ¿quién necesita remojarse cuando la temperatura es perfecta y hay un bote de trescientos euros para la primera que cantase bingo?
La expectación era máxima entre las habituales, aquellas vecinas que componían el corrillo que a diario se colocaba junto a la Roca Barco para echar un ratito agradable y cumplir con el ritual diario; porque la gente dirá lo que quiera pero esto del bingo playero tiene su miga y su liturgia. Cada una se trae de casa los cartones, colocados en paneles de madera; los mismos números jugados día tras día, año tras año. Y no sólo en verano, también de octubre a mayo echaban la misma partida en un localito que se habían agenciado en el corazón del barrio.
Pero la partida de hoy era la PARTIDA, con mayúsculas, porque lo que estaba en juego no eran los centimitos de siempre ;–el objetivo de estas citas era sólo echar el rato– sino un señor bote de cincuenta mil señoras pesetas. “»Lo bien que me vendrían pa tapar un boquetito”», comentó Manuela. «“Pues anda que a mí»”, replicó Isabel, «“este mes las estoy pasando canutas”».
El dinero estaba para ellas porque tal y como se plantaron en el corrillo de siempre, en el sitio de siempre, con esa amalgama de sillas, sombrillas y enseres, los billetes aparecieron semienterrados, dentro de un bote de plástico. El hallazgo fue sorprendente. Y mientras discutían quién había sido la afortunada que lo había visto primero, la que habría de quedarse con semejante botín, alguien propuso que se jugara en el próximo bingo, una idea que llegó justo cuando Juana y Carmen empezaban a acalorarse en la discusión, y que el resto aplaudió entusiasmada.
Y hoy era la cita. Se había corrido la voz por todo el barrio y más de una vecina se había ofrecido para jugar esa partida. “»De eso nada, sólo las de siempre»”, le contestaban. Y ya estaba todo dispuesto: las sillas, las sombrillas, el cafelito echado, los cartones, las piedras para señalar los números que salgan… todo menos las bolas. Y aquello era la hecatombre.
«“¡Digo, falta el 22!»” gritó Toñi con desesperación. El revuelo que se armó fue impresionante. «¿“Cómo va a faltar un número si ayer jugamos sin problemas y esa bolsa no se ha tocado”?», le contestó Manuela. «“Pues no está. Y yo sé contar, qué te crees”».
Miraron uno por uno los bolsos, las ropas, los enseres. Removieron cielo y tierra ante la mirada de las envidiosas que se habían quedado fuera de la partida y que paladeaban este momento.

Y mientras, la ficha más buscada conseguía escabullirse y esconderse entre las tablas de los palés. Había conseguido ejecutar su soñada venganza. “»Los dos patitos, los dos patitos… Toma dos patitos”, dijo riendo a carcajadas.»