Con el peaje no se cantinflea

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Ajolá (de mi IG)

Desengañémosnos: no nos van a quitar el peaje. Échenme cuenta, sé lo que me digo.

El ministro de Fomento no hace más que cantinflear cuando le pregunta, el delegado del Gobierno en Andalucía no hace más que cantinflear cuando se le interroga. Y una, que lleva veinte años analizando qué y cómo dicen las cosas los políticos, tiene la certeza de que van a seguir metiéndonos doblados esos 7,20 euros que me arranco cada viernes y domingo de las entrañas desde que tuve que emigrar de Cádiz porque era una ciudad sin presente ni futuro.

Dicen que «no se va a renovar el peaje» cuando la segunda prórroga interminable termine, que no veas si está medida la frase. Un peaje que es de pago desde el 69 y que no dicen nunca que se va a acabar. ¿Ustedes lo han oído? Porque yo no hago más que escrutar buscando certezas y ninguno. Sólo que si se verá qué pasa, que si el mantenimiento… Como diría Cantinflas: «Ahí está el detalle: que no es ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario».

Han rescatado autopistas no rentables, ruinosas, asumidas por el Gobierno y pagadas por todos. Pero ésta, tan rentable y tan limitante para la economía de una ciudad que se desangra, es un negocio seguro que hay que mantener para el lucro de las empresas.

Quiero que el ministro diga “no se va a pagar más por ir a Cádiz a partir del 19” y que lo coreen los delegados del Gobierno de Andalucía, Sevilla, Cádiz. Sólo entonces seré capaz de creérmelo. O igual, cuando deje de rascarme el bolsillo y llegar a la Tacita de Plata no esté penalizado.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 16 de mayo de 2017 

Justo como a mí me pone

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Leyendo (de mi IG)

Tengo una perversión. Confesable. Me pone que me pongan, intelectualmente hablando. Me puede que me sacudan y me zarandeen; y me dejen en un sitio, descolocada, y con una perspectiva nunca vista ni prevista. Me apasiona discutir apasionadamente, intentar convencer y dejar que me lleguen argumentos novedosos; con vehemencia propia y ajena. Me gusta intentar pensar distinto y  dudar de lo establecido. Me pone, me puede, ¿qué hago?

Por eso he disfrutado tanto del libro El pasodoble interminable, de Juan Carlos Aragón. Porque me ha llevado a otro prisma de la misma realidad que yo vivo, la del Carnaval, pero por dentro y desde dentro; porque me ha movido ideas asentadas sobre la fiesta, sobre su deriva, sobre la evolución, sobre su dimensión.

Porque me han enfrentado a un Cádiz que amo tanto como me desconcierta, incluso me he desconcertado descubríendome parte de ese Cádiz que amo; y también del que me supera. Porque me ha desgranado y diseccionado ideas sobre la fe, la religión, las creencias; en un tratado de filosofía juancarlista dentro de un libro surrealista sobre carnaval.

Y porque estaba tan bien escrito que sólo podía disfrutarlo y envidiarlo, a partes iguales, porque escribir asi -al 3×4 y en una novela- es un don. Y porque destilaba mardá, de la güena, de la de Cádi, de la que revienta con arte y retranca, que te arranca joputas por frase. Y a pesar de que en ocasiones parece el Mesias, poseedor de la verdad de la vida, de la esencia del carnaval; es al fin y al cabo Juan Carlos. Y se nos muestra en un pasodoble interminable que me descolocó, justo como a mi me pone.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 9 de mayo de 2017 

Sin (El) Perdón

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Enfrentados

Enfrentados (De mi IG, tomada en Izamal -México-)

Quince años en colegio de monjas, quince. Toda mi infancia y juventud aprendiendo todo lo que había que memorizar de liturgias y ritos de la religión católica. Y nunca, ni en los mandamientos ni en nada parecido, leí un “serás ejemplarizante hasta el extremo contra aquel que te contraríe”. Igual, en el tiempo que llevo fuera de esto han cambiado las cosas, pero me daba la intuición que, con el Papa Francisco enfrente, estaba llegando más temple y se estaba abandonando la radicalidad.

Yo en cambio aprendí aquello de “perdona a tu pueblo señor, perdona a tu pueblo, perdónale señor”; o lo de “perdónalos porque no saben lo que hacen”, lo de poner la otra mejilla, incluso lo de que la soberbia era un pecado capital ¿o era el orgullo? 

Porque leo que el Obispado de Cádiz castiga a El Perdón prohibiéndole procesionar en las dos próximas Semanas Santas. ¿Es un castigo a El Perdón, a su Junta de Gobierno o a los cofrades de Cádiz? Así, sin saber -y disculpen la osadía- creo que esta fiesta -sí la de la Semana Santa- es mas grande con la salida de esta Hermandad y una madrugá completa para el disfrute de todos.

Y aclaro que para mi El Perdón era la excusa perfecta para que me dejaran llegar a casa de madrugada cuando, en la pubertad, los horarios me constreñían. Ya no necesito coartadas a mis taitantos. pero no paro de pensar en los pobres chavales que, en los dos próximos años, no sé a qué podrán recurrir para llegar a casa bien entrado el día. Estos obispos castigadores que no tienen perdón para El Perdón.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 2 de mayo de 2017 

Bienvenidos mis 41

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Por mis 41 (de mi IG)

Cumplí 40 asomándome a unos ojos a veces melancólicos, a veces entusiastas, siempre bañados de deseo; dejándome abrazar por letras, por música, por poesía; rodeada de amigos, y amigas, de quienes cruzan penínsulas con chaparrones de risas y complicidad;  y con mi familia siempre atrás, soportándome incondicional.

Cumplí 40 enamorándome. Y lo celebré allende y aquende las sábanas sintiendo más de lo que me permitía sentir. Nunca supe ponerme límites y por eso, en otras ocasiones simplemente evité.

Y con un gerundio que nunca llegó a presente, enfilé uno nuevo, el del des (enamorándome); sin dejar que la desilusión, los porqués, las añoranzas no previstas, o el espejo de frivolidad desde el que me enmarcaban, desmontaran esta serenidad de la que me he ido pertrechando de a poco durante los 39 años previos. Los desengaños siguen doliendo pero se amortiguan sin tantos dramas. Y tampoco esta vez permitiré que las cicatrices puedan extenderse hasta las ilusiones.

Avancé los 40 estrenando orfandad, descubriendo que la Ley de Vida y la inevitabilidad que se supone a ciertas etapas de tu vida no descargan el peso de la certeza de no verle más, ni la añoranza; ni menguan un amor infinito que se hace más presente con su ausencia.

Y me agarré a la vida. Aún más. Exprimí el Carnaval, la Feria, las fiestas, hasta la Semana Santa. Saboreé los platos, los vinos, las cervezas. Disfruté con charlas en la proa y salpicadas de espuma, dejándome acariciar por el sol; me seguí maravillando con un buen libro; descubriendo nuevas músicas, abandonándome a la melancolía de las conocidas y a la euforia de las que sé que me hacen bailar.

En los 40 se diluyeron amistades que entendía sólidas y se hicieron férreas algunas más recientes. Los porqués y el dolor de la marcha de las primeras se terminan compensando con la entrega de las que llegan: omnipresentes, solidarias, disfrutonas, especiales. Y con la consistencia de las que siguen a mi lado, las de siempre, las que están como una certeza indisoluble que me apuntala a lo que soy.

Comencé los 40, los mismos que ando terminando, con la resolución de cumplir sueños, de aquellos que he ido postergando durante años sin ser consciente del paso del tiempo y la errónea disposición de prioridades. Los había dejado en una cuneta, y con ello parte de lo que quería ser.

Enfrento ahora prácticamente los 41 queriendo seguir aprendiendo, queriendo seguir viviendo, con toda la rotundidad… sin que eso me vista de superficialidad. Enfrento los 41 con un sosiego que se me ha ajustado a la piel y ha atemperado mi alma.

Llegaré a los 41 sin que me avergüence sentir (ni enamorarme ni desenamorarme) porque forma parte de este no dejar que el miedo me paralice y me hurte experiencias. Porque los posos que asoman en mis arrugas, en mis sonrisas, en mis caricias, en mis conversaciones y hasta en mis cartucheras tienen cada segundo de vida, desengaño, aprendizaje, viaje, aventura, amistad, risas que me ha traído hasta aquí.

Y me siento cómoda: con los posos y con las arrugas. Bienvenidos mis 41.

¡Mechas a mi!

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Mechándome (de mi iG)

Me estoy empleando a conciencia. Se me va la vida en ello, claro. He he bajado dos puntos el tono de las mechas y casi luzco el platino de Teófila. Estoy por echarme agua oxigenada cada vez que baje a caletear. ¡Lo que sea! Lo que sea por poder hacerme un Cifuentes, hacerme la rubia por derecho y manipular a las personas a mi antojo.

Así que ahí estaba el fallo: no estaba yo lo suficiente albina. Y sólo por eso he pasado fatiguitas en las reuniones y en el curro, rodeada de hombres con criterio que no me bailaban el agua ni me facilitaban la vida ni las gestiones. Y mira que era fácil la solución.

No sé si es que aún no estoy lo suficientemente rubia. Creo que aún necesito más. Porque lo que persigo también es poder hacerme la ídem con la vida, con la realidad. Hacerme la rubia y que no me afecte -ni al estómago, ni a la conciencia, ni a la rebeldía- los políticos detenidos, imputados; los fiscales que mueven hilos al poder; los personajes sin ética -me niego a llamarles periodistas- que inventan noticias asesinando a esta bendita profesión ya moribunda, y que llaman zorras a las mujeres, rubias, que no le bailan el agua.

Mira que llevo 40 años siendo rubia y no sabía que la vida güera era tan fácil. Será que no sólo hay que serlo sino hacérselo. Y ahí es donde yo he fallado. Será que he peleado toda mi vida para que vean algo más que mi color de pelo o el de mis ojos; que mi verdadero mérito está en mi competencia y en mi independencia. Y ahora no sé si he defraudado a las rubias del mundo intentando dar profundidad al estereotipo.

Y como nunca es tarde. ¡Mechas a mi!

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 25 de abril de 2017 

Fuera fajas

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Tienda en Camden Town (de mi IG)

Siempre he pensado que el mayor gesto de evolución de la especie es que las mujeres ya no llevemos faja. Vale que hay alguna prenda interior que te contiene tantito las carnes -ahora le llaman moldear-, pero no esos refajos forjados en Vigorito, de color carne, que le veía yo quitarse a mi abuela con más alivio que llegar a final de mes, dejando una estela de surcos y costurones que se rascaba con ahínco.

Ahora no podemos rascarnos señales «fajísticas» porque lo que nos sobra nos lo quitan a golpe de photoshop, desvirtuando mitos y rebajando carnes, como han hecho con la Cardinale en Cannes. Aberraciones de la técnica y de los cánones de belleza que nos siguen apretando y asfixiando sin lycra de por medio.

Tampoco podemos aliviarnos de sacarnos las leyes que nos constriñen, como esa que ha condenado a una chavala por una broma sobre Carrero Blanco… Aquí, como somos lenguaraces y desvergonzados, lo llevamos con más desahogo, que para eso es la cuna del ingenio. Pero el precedente da miedo. Y comienza a apretar.

Dijimos fuera a las fajas físicas, como un acto de rebeldía, y nos dejamos las mentales, las que nos imponen y las que nos imponemos. Éstas no las venden en Amalia ni en el piojito porque son más sutiles y más peligrosas. Pero yo confío que llegue el día en que también nos las quitemos de encima. !!Basta de fajas y de mordazas!!. Aunque, mientras llegue, nos quedará el alivio de rascarnos con ahínco las costuras.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 18 de abril de 2017 

Cambio de curriculum

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Reflejo y realidad (de mi IG)

¡Qué tentación ésa de inventarme el curriculum! ¡Qué divina cualidad, la de borrar de un plumazo lo que no te gusta de lo que eres y reflejar rotundamente lo que no has llegado a ser! Que tus aspiraciones se concreten y te dibujen, de nuevo; y de cara siempre a la galería.

Hay algo maravilloso en falsear los títulos y diplomas, algo de primario, de gregario, también de fantasioso y puede que hasta de inconformista. Al fin y al cabo, tiene algo de rebelarte con lo establecido, aunque sea lo establecido por ti, aunque tú tengas las herramientas para cambiarlo o las hayas tenido, en algún momento de tu vida.

Yo estoy tentada por momentos. Cambiar mi curriculum, ser otra yo. Pero mi inconsistencia y duda existencial me abre tal abanico, dependiendo del momento, que sería un lío para la galería descubrir en quién he derivado, según el ánimo.

Cuando el estrés me desborda, la vida atosiga sin tiempo y las decisiones se toman en fracciones de segundo, sueño con ser esteticista. Todo tan ordenado, tan pautado…  Cada terapia tiene los mismos movimientos, el mismo tiempo, los mismos productos. Sabes en cada momento qué paso sigue al previo, y cuál irá más tarde, sin margen a la improvisación, a la locura. No pensar, sólo seguir pautas, certezas. Control.

Cuando la calma se aquilata en tus horarios, los minutos se extienden, el tiempo libre, antes inexistente, ahora desborda previsiones y capacidades, me cambiaría por un acróbata, o por una productora de teatro en México, para cercenar la añoranza del caos que justifica que tu vida sea precisamente así. Hay frenazos que sacan a la cuneta.

Cuando se agotan calendarios, pondría en mi curriculum otras yo que quieren ser y que deberían haber sido. Aún puede ser que… Algún día… El curriculum cambie.

Cuaresma apócrifa. E integrada

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I Pregón Heterodoxo de la Semana Santa de Sevilla por Manu Sánchez (de mi iG)

Mucho cachondeíto, Fernando, con mi Cuaresma. Pero te voy a dejar muerto, Fernando. Que llevo una Cuaresma de lo más entregá, pa que luego digas.

Aquí, donde tú me ves, este año he ido a un triduo. Vale que lleva por título «Apócrifos e integrados«, pero es un triduo al fin y al cabo. El que ha organizado la revista Lamuy. Y allí me empapé de los orígenes populares de la Semana Santa, su trayectoria, su vocación icónica para el pueblo.

Aquí, donde tú me ves, me he leído ya a Chaves Nogales y su Semana Santa de Sevilla; que vale que es un gusto siempre su prosa sin alharacas y concisa, pero muero con su petición de una revisión de la Semana Santa con criterio “laico y nuevo”; y lo hizo en los años 20 del siglo pasado.

Aquí, donde tú me ves, he ido hoy a un Pregón heterodoxo, el que ha dado mi Manu Sánchez con su amor a la semana santa, su sapiencia y laicidad. Yo, que prometí que el de Juan Manzorro (pregón ése ortodoxo y magnífico) sería el único al que acudiría. Incluso escuché el jueves la entrevista (bueno, media entrevista) al capataz Martín Gómez.

Y ando dándole vuelta a la Semana Santa como una fiesta laica, popular y moderna. Y ésto me lo quedé del historiador César Rina quien aseveró en el triduo con vehemencia “la semana santa es puro presente, ¿cómo no va a ser moderna?”.

Porque acercarme así es la única manera de poder sortear la contradicción de que algún día pudiera llegar a gustarme la Semana Santa. Y ya me veo yo de mantilla.

Apocalipsis caletero

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17265135_10211180889665552_3322419080844879453_nUna amiga alucinó un día que vino a Cádiz y vio a toda la gente paseándose por la ciudad con sillas de playas ralladas. Yo no había caído en la rareza de ese gesto comunitario que nos une a los de costa: ¡Complementos para la playa! Qué rareza! Pero es que a mi kit caletero, que hasta la semana pasada sumaba a la silla la protección solar y el libro; ahora le voy a añadir sin pensarlo unos manguitos o un salvavidas de esos naranjas, aunque arruine el top less. Que el viernes vi el trailer de la Gran Ola, sólo el trailer, y ando acojonada y tatuándome los procedimientos de respuesta ante sismos y tsunamis.

Al principio la cosa era espeluznante por lo estético, porque salía La Caleta asolada por el efecto de una ola gigante. ¡Mi Caleta! ¡Como en un apocalipsis gadita, sin un sólo caletero! (que los genuinos se bañan todos y cada uno de los días). Pero es que, a lo largo del documental, 40 expertos evidencian que lo del maremoto aquel que se comió La Viña hasta que la Virgen de la Palma dijo «hasta aquí llegamos» no fue un hecho aislado, que hay una zona sísmica en el Golfo de Cádiz que propicia que se repita en el momento más insospechado.

Y nadie hace la previsión para que podamos actuar cuando ocurra. Nadie. Que deberíamos estar haciendo simulacros caleteros con bocata de tortilla y bingo, con el Ardentía dando instrucciones desde megafonía y las maris corriendo desorinadas mientras intentamos salir de todo ese caos. Nadie se toma en serio una amenaza que parece ceñirse sobre nosotros mientras, ajenos a todo, seguimos arriesgándonos por el mero hecho de caletear. Ya estoy yo en wallapop comprando el salvavidas que si es por la peña…

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 21 de marzo de 2017 

Yo quiero ser La Koki

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La Koki en Carnaval Chiquito 2017 (Foto de mi IG)

Yo, de pequeña, quería salir en el coro de Adela del Moral, pero se retiró antes de que pudiera cumplir mi sueño. Aún creo que puedo cantarme La Viudita Naviera, Watussi . Más tarde, quise ser como La Koki, la primera mujer a la que vi en el carnaval de la calle con un ingenio y una desvergüenza que supe que nunca tendría. Pero aún así, quería ser como La Koki. Y aún hoy, ojalá fuera como La Koki.

Renové mi vocación con Ana López Segovia, con su Despedida de soltera y mis primeras entrevistas para el Diario. Y después con Alicia y todas las niñas de las Ninfas por cojones a las que he seguido desde entonces.

Quiero ser, ya a mis taitantos, como Alba y como Millán, mujeres en una Final del Falla en chirigota y en comparsa, rompiendo barreras -también mentales- en una fiesta con aún demasiadas.

Quiero ser como ellas, quiero mirarme en ellas. Y espero que, si alguna vez tengo hijas, se referencien en ellas para entender que en el carnaval, como en la vida, tenemos que jugar otros papeles y reivindicar nuestro sitio.

Las letras comprometidas son preciosas, vellitos de punta. Pero que en todo el mundo se viera a Alba tocando el bombo sin complejos o a Millán defendiendo a Los Irracionales ha hecho más por nuestra pelea que la eliminación de las ninfas, que sigo celebrando. Yo quiero ser La Koki, Ana, Alicia, Alba, Millán porque ellas sí han sido valientes como para abrir camino.

Esta columna de opinión tiene la firma de Taite Cortés y se emitió en el programa Al Liquindoi de Canal Sur Radio el 14 de marzo