Infinitas (y mágicas) combinaciones

La Canalla, en el Baluarte

La Canalla, en el Baluarte

Podrían ser una especie de versión sinvergüenza de Penélope, aquella que tejía y destejía cada noche una pieza de tela que nunca vería el final. Podrían ser, sí. Porque ellos tejen y destejen cada noche, cada concierto, piezas de música que nunca serán como el original. Porque un concierto de La Canalla nunca es igual a otro. Aunque tienen la habilidad de que siempre suenan como nunca.

Al final, la música no es más que eso: la infinita combinación de unas contadas notas; unas notas contadas que, en suma y tocadas por la mano mágica de unos enormes músicos, pueden emocionarte, hacerte reír, levantar el ánimo o hasta caer en la nostalgia. Y ellos la combinan como nunca -siempre distinto, nunca igual- porque en este mundo canalla, en esta religión que profesamos unos cuantos, la improvisación, el dejar fluir, el hacer música en mayúsculas es el principal dogma, junto a «no molestar y dejar vivir». Al final, se trata de lo mismo: dejar hacer.

Y no es fácil dejar hacer, sobre todo cuando se trata de música, porque podía llevar al caos y no a la armonía. Pero el magisterio de los tremendos músicos, la frescura y templanza de Chipi, y sobre todo las ganas enormes de disfrutar en ese momento de creación, de inspiración, hacen que la música fluya en mágicas y nuevas combinaciones. Como Penélope, tejiendo y destejiendo.

Así, pudimos atrapar y guardar para siempre –en el paladar y en la memoria– cómo sonó aquella noche Canasto y algodón, la Princesa de Bamako, Perico Papelas o la siempre maravillosa Mujer de fuego.  Que no es como sonaban en estos enlaces, ni como sonaron en otras noches también deliciosas, sino cómo sonaron el viernes, en el Baluarte, en Cádiz, en una cálida noche de agosto, cuando La Canalla estaba a gusto, y se le notaba, rodeada de amigos. En casa.

Los amigos, algunos de ellos, alimentaron esas nuevas versiones, aportando y enriqueciendo. Dame tinto y dime tonto sonaba distinto cuando la marquesa tenía las hechuras y la calidez de Pasión Vega. Y llévame a vivir contigo. Mariana Cornejo, quien no puede ser más Cádiz ni intentándolo, se marcó su maravillosa Maruja en Flor, cantando «por moderno», que mira que es difícil. Tu necesitas que te den, son son. Y el saxo de Pedro Cortejosa, cortejando a la melodía que se iba trazando y complementándose con la trompeta de Julián Sánchez, llenó de nuevos e increíbles matices a Gabriela y a Tes quiero mai lof.

Y cuando se deja hacer, también el carnaval supera al carnaval sin dejar de serlo. Porque los cuplés, los tradicionales cuplés de Los Guatifó, emergen distinto cuando la caja, el bombo y los pitos son sustituidos por la trompeta, la percusión, el contrabajo, el piano. El 3×4 que se viste de jazz o el jazz de 3×4 haciendo que todo suene  a lo de siempre pero tremendamente nuevo. De gran categoría.

Bienvenido y su historia de clases sociales, Palomar y su añejo Tango de Los Luceros, el de «A la plaza de abastos de esta gran población«, terminaron de sembrar la magia y arropar a La Canalla en una noche especial, caída incluída, una noche en la que todos nos sentimos tan a gusto como si estuviéramos donde mejor se está, donde están los amigos, los buenos momentos y la complicidad: en ese bar nuestro de cada día. Donde se tejen y destejen nuevas historias, las cosas de las infinitas combinaciones.

Pequeños universos

Sofá abrazador. Mi rincón

Uno de mis universos

Hay pequeños universos que son grandes porque albergan todo lo que tú eres y esperas, donde te sientes a salvo, donde tienes a mano tus cosas preferidas, donde la paz merodea y te recoge a oleadas. Hay universos que están hechos de cosas cotidianas como un sofá, unos libros, una colección de discos, un viejo delantal, fotos, un peluche en el que lloraste todos los desamores de la pubertad. Hay universos que están aquí, escondidos en una vieja calle, que son un secreto que compartes con unos pocos. Hay universos que están construidos a pedazos, los que has ido trayendo de los mundos que has descubierto, de los puertos a los que te ha llevado tu curiosidad, y que han ido encajando en una amalgama de colores y culturas que no son más que pedacitos de recuerdos de todo lo que te ha traído hasta hoy, hasta ahora, tal cual, y no de otra manera. Hay pequeños universos que son en sí un descanso y un refugio: el lugar al que terminas llamando hogar.

Hay pequeños universos en los que uno es más uno mismo (y traigo esta reflexión de Ángel Gabilondo, una delicia), donde no teme encontrarse con quien es, donde hay recuerdos, esperanzas, soledades…

Pero también hay pequeños y grandes universos que no tienen una ubicación física, que pueden ser hasta errantes. Pequeños universos  (y también grandes) que surgen cuando las risas y la complicidad con amigos abren un paréntesis (qué importante son los paréntesis) en nuestro día a día, cuando un hombro recoge tus pesares y una mirada sirve para decirte «aquí estoy, sólo silba». Pequeños universos (y también grandes) que están allí donde se encuentran las caricias, los besos, las esperanzas y los deseos; donde se comparte un exquisito menú o un trozo de queso. Pequeños universos (y también grandes) que suelen tener banda sonora . Y donde tú no dejas de ser tú porque más bien vas al encuentro de quienes te hacen también ser tú. O el tú que eres precisamente porque tienes todos esos universos.

Faltriquera de supervivencia

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Imagen en una calle de Cádiz. Foto de Anago Gutiérrez

Quizás sea porque aún sigo en shock por ver cómo el shock puede que esté orquestado; quizás sea porque la lectura de La Historia Interminable, ese libro que marcó mi adolescencia, me hizo cuidarme de las ciénagas de tristeza que te hacen sentirte tan mal que siempre acaban devorándote; quizás sea porque más tarde Harry Potter trajo a mi vista y mi imaginación a aquellos dementores que te absorben la esperanza y los pensamientos positivos; pero creo que hay enemigos que acechan, malos muy malos que quieren arrebatarnos lo poco que nos queda: la esperanza, la sonrisa. Una vez conseguido, estaremos vencidos, a su merced.

Quizás sea por todo eso, o quizás no, pero como los héroes de mis novelas, estoy empezando a hacer acopio de un arsenal de armas fuertes, invencibles; armas capaces de sacarnos de la ciénaga, cuando estemos a punto de sucumbir; que puedan alejarnos a los dementores, en ese momento en que nos vayan a dar el beso mortal; que mantengan nuestros mejores atributos, prácticamente los únicos ya, a salvo de tanto embate mortal.

De esta forma, cuando entro en bucle, cuando me siento encima la nube negra que llevaba el indio de Lucky Luke, saco de mi particular faltriquera algunos de los ingenios que he ido acumulando; a saber: las mesas y sobremesas con los amigos, a veces filosofando, a veces inventando chirigotas imposibles que nunca vieron la luz -lo cual agradece nuestra imagen-; las confidencias y los gestos con los que no hace falta hablar; los paseos y atardeceres, también algunos amaneceres; las risas, el humor, el ingenio por whatsapp, line y hasta sms; las callejeras, el concurso; los ratos con Guille, con Carmen, con Carlos y sus conversaciones de personita mayor; los libros que huelen y te transportan. Y la música, siempre la música, ésa que es capaz de movernos y removernos, de retorcernos de melancolía o aportarnos el subidón que merecemos.

Yo, de vosotros, iría también haciéndome con uno de éstos porque el invierno está llegando, porque dejarnos abatir por el pesimismo no es más que ponernos a merced de todos los que quieren quitarnos el reino que construimos y que, frente al de mis libros, era de verdad. Y como saber que estáis al otro lado cuando hace falta es otro de mis alicientes, espero que sigamos viéndonos por aquí o por donde se tercie otro año más. Espero que siga habiendo tocamiento de palmas, allegados que publiquen librosmaestros que sigan creando y citas a las que no faltar. Porque todo avituallamiento es poco para lo que nos espera.

Así que os he dejado aquí mis cosas favoritas, al más puro estilo de María en Sonrisas y Lágrimas. Faltarán algunas o incluso muchas pero no era plan de ponerme pesada.

Y como wordpress se ha currado estas estadísticas, pues también os las dejo no sin antes prometer que en breve dejaré de escribir mis cosas y retomaré los casos por los que nació este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 5.900 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 10 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

Higiene mental

Planes de domingo o intentar ser normal

Ay, que al final está pasando lo que me temia: que sólo me acerco aquí muuuy de tarde en tarde y para contar mis otras cosas. No mis experiencias y mis reflexiones del trabajo, no; ésas que iban a ayudar (o no) a los demás, sino todas las demás pamplinas, inquietudes y válvulas de escape.

Así que éste, mi rincón, se llena de música, de libros, de pensamientos, incluso de periodismo; y parece que huyo (más consciente que inconscientemente) de todo lo que tenga que ver con mi trabajo. Y ustedes lo entenderán, ¿no? Cuando una faceta de tu vida te come prácticamente el 100% de ésta, el poco tiempo que te queda (o que te obligas a que te quede) prefieres desconectar del todo. Lo hago aquí y en mi vida.

Hay veces que me asomo al twitter para decir una pamplina, de las mías; aun a riesgo de parecer frívola. En ocasiones me lo pienso, lo de si poner ciertas cosas o no. Pero así soy yo. Y mi twitter es mío. Y no tengo por qué cortarme. Porque necesito del humor, porque es como la válvula de las ollas exprés, ésas que corrigen la presión para que no termine explotando.

Y si vieran mi vida: las horas a las que llego a casa, cuando me pongo a escribir (siempre a deshora y después de haber buscado un rato para ir al gimnasio y haber descubierto que los yogures con fecha de caducidad cumplida de un mes son el comodín perfecto cuando no hay cena) podrán ponerse en mis zapatos y entender por qué acabo escribiendo de los temas que, en principio, eran accesorios, y dejo a un lado los que pretendían ser vertebrales. Me convenzo de que es un excelente ejercicio de higiene mental cuando no tengo la certeza que no soy muy normal.

Y en estas contadas horas en las que no pienso en lo único (y no, no es el sexo, más quisiera), ya con el pijama y dejando en la cómoda los marrones y preocupaciones, en éste autodeterminado ejercicio de higiene mental que me he impuesto, tengo algunos refugios que suelen ser infalibles. Los más seguros son mis amigos, con sus reflexiones serias y las risas a mansalva, sus bucles y las complicidades. Si es que no, tengo a mano siempre una dosis de música, de cine, de series de TV, de libros; incluso hubo un tiempo en el que hacía punto (contar dos del derecho y dos del revés no dejaba sitio en mi mente para mucho más). Incluso la odisea de mantener una cotidianidad es un buen remedio: llegar siempre a deshora al súper, apurar minutos para conseguir que me depilen sin que cierre, poner lavadoras, planchar, ordenar… O me asomo por la red.

Y una parada obligada es el mundo de Jomeini, son las historias de Terro y Susanita, en sus confesables momentos con la depilación (cuánta solidaridad)… En ocasiones acabo a carcajadas porque tiene lo mejor del humor; a saber: seríe de sí misma, advierte su vida y las situaciones con las que tropieza con esa mezcla de ironía y mordacidad; y la cuenta con desparpajo. Por eso no tengo ninguna duda de que me voy a tirar a la tienda a por su nueva obra, el spin of de su blog. Porque si uno de los libros que tienes a manos para escapar de toooodo lo que te pesa tiene lo mejor de Jomeini, es un refugio seguro.

Agonía

Gotero

Prácticamente llevo el mismo tiempo fuera que el que estuve dentro. Prácticamente. Podría decirse que ya ha pasado mucho tiempo, he pasado página, y muchos de los que dejé como parte de un paisaje agridulce ya ni están. Si, las últimas veces que he ido a mi antigua casa apenas me han sonado unas caras. Apenas.

Escruto nombres en una lista macabra y no siento más alivio por aquellos con los que no compartí teclados, ni cigarros encadenados, ni inquietudes, ni cierres entrada la noche. Pero algunos de los que están ahí forman parte de mi vida, de mi memoria y de mis vivencias. Puede que suspire aliviada por las ausencias pero eso me hace sentirme ruin. Y no deja de ser curioso. Ruin, yo, que asisto con impotencia a esta sangría y no quienes las propician desgranando años de experiencia, desmontando veteranía, borrando memoria, obviando talento, des-descontanto horas regaladas.

No, no sólo es cuestión de nombres, que también. Los amigos son los amigos y se mezcla el desahogo de saberles a salvo con la desolación de imaginar por lo que están pasando. Tu mundo de contradicciones se hace abismal cuando se abre la caja de pandora de los sentimientos y cuando afianzas la certeza de que tu mundo se viene abajo.

Porque, aunque me fui porque muchos no me querían -ni siquiera esa casa que me duele hoy- parte de lo que soy lo debo a aquella y parte de lo que sé a muchos de los que andan luchando y dejándose la piel por los que quedan y los que deberían quedar. Hay vínculos indisolubles y mi despertar como mujer trabajadora y mis primeros años como periodista fue a los pechos de una señora respetada, que presumía de veteranía, de ser la decana del panorama, que respiraba tinta y olía a papel. Hoy veo que agoniza y no puedo más que dolerme. No por la empresa en sí, válgame Dios, no; sino por lo que ha significado para tantos y tantos compañeros que han contribuido con su trabajo y sus horas a deshora a cerca de siglo y medio de vida local.

Probablemente pensaréis que tuve suerte por irme, porque hubiera quienes confiaron en mi cuando mi confianza era insignificante y mi vocación iba cogiendo las de villadiego (y mi agradecimiento a ellos es infinito). Igual debería tener más desapego por todos los que intentaron minar mi día a día y todos los que miraban a otro lado mientras esto ocurría, incluida la empresa. Pero ahí se quedó mucho mío, ahí dejé a grandes amigos y compañeros, además de un buen puñado de sueños.

Esta sangría es injusta. El futuro que nos queda es desconcertante. Periodismo, rigor, compromiso, son palabras que se desdibujan ante la tenacidad borradora de empresas sin alma. Ya son 5.000 los que han quedado por el camino. No por ser anónimos son menos dolorosos pero cuando forman parte de tu vida o han formado parte de ella ya es desgarrador. Hoy escribo por Diario de Cádiz porque ha sido mi casa un buen puñado de años, pero es extensible mi ira, mi desolación a todos y cada uno de los compañeros, a todos y cada uno de los EREs, a todos y cada uno de los sueños de periodistas que ven sesgada su vocación como antes vieron dificultada su tarea.

Periodismo en vacaciones

Justo ayer. Hablaba con un amigo sobre un intento de ligar conmigo (de un tercero) y de lo poco original que había sido y me preguntó:

– ¿Y cómo tendría que haberte entrado?

No tengo mucha idea de cómo tendría que haberlo hecho (el desentrenamiento tiene estos efectos) pero sí que estoy segura de cómo no… Y era justo así…

Eso mismo me pasa con el periodismo, en una época de tanta incertidumbre, de tanta indefinición, en un momento crucial en el que tiene que redefinirse o morir: no estoy segura de cómo ha de ser y de qué manera influye toda esta vorágine que se lo está zampando, pero sí que tengo claro cómo no ha de ser. Periodismo no es vender morbo gratuitamente. Periodismo no es obviar lo que está pasando por el interés propio. Periodismo no es saltarse normas y leyes. Periodismo no es cortar y pegar noticias enlatadas. Periodismo no es seguir la dinámica de la no-noticia (el periodismo se nutre de hechos y ¿una declaración lo es?).

Llevo unas vacaciones dicotómicas y contradictorias (no podría ser de otra manera, vivo en una contradicción constante). Me he propuesto desconectar en serio y eso sólo puedo conseguirlo despegándome de mi realidad diaria: de la lectura de mis seis periódicos, de la escucha de mis matinales de radio, de los informativos de televisión; pero, en cambio, son las vacaciones en las que más me he empapado de periodismo: en mis lecturas, en mis películas re-vistas, en mis conversaciones (los periodistas somos seres endogámicos que nos rodeamos de periodistas y hasta nos emparejamos para no dejar de hablar de nuestra pasión)… Pero la tromba de periodismo, con mayúsculas y a granel, me ha llegado de la mano de The Newsroom, una serie sobre una redacción de un informativo nocturno de televisión y sobre todo lo que es y no es periodismo. Y llega a España en septiembre.

The Newsroom habla del periodismo que todos soñábamos hacer cuando nos adentrábamos en esto. Y casi podríamos catalogarla como una serie de ciencia-ficción si comparamos con la realidad. Aborda el rigor, el trabajo duro, la adrenalina, la emoción de contar historias, la responsabilidad de saber la trascendencia de tu trabajo, cuando hay personas que vertebran a partir de ahí su opinión. Es el periodismo que me enamoró y que me llevó (cuando tenía la pinta de la chica de arriba de la foto – becaria de Diario de Cádiz) a perseguir mi vocación y mi sueño. Vale que era consciente de que no saldría de lo local, de lo regional, si me apuran, pero el periodismo es periodismo sin necesidad de ejercerlo en un informativo de prime time.

Hoy el periodismo está en la UVI. Hoy nos hemos olvidado de qué era aquello de coger un teléfono. Hoy olvidamos las verdaderas historias. Hoy no hacemos periodismo. Y como llegará un momento en que esto reventará y tendremos que reinventarnos, os he ido dejando enlaces por esta entrada que son para mi como las piedras de Hansel y Gretel, que me sirven para recordar el camino de vuelta a la esencia de lo que esto es. Y no deja de ser fácil. Nos lo cuenta Kapuscinski: «Siempre el principal reto para un periodista está en lograr la excelencia en su calidad profesional y su contenido ético. Cambiaron los medios de coleccionar información y de averiguar, de transmitir y de comunicar, pero el meollo de nuestra profesión sigue siendo el mismo: la lucha y el esfuerzo por una buena calidad profesional y un alto contenido ético. El periodista tiene el mismo objeto que siempre: informar. Hacer bien su trabajo para que el lector pueda entender el mundo que lo rodea, para enterarlo, para enseñarle, para educarlo» (Los cinco sentidos del periodista).

Parece fácil ¿verdad? Pues nada más alejado de la realidad. Y ahora os dejo siete maravillosos minutos de periodismo. Siete. En vena. Para que entendáis a lo que me refiero. Y con Coldplay de banda sonora. «Es una persona. Y es un médico quien determina su muerte, no las noticias». Que la coherencia de Don suene a ciencia ficción…

Sentidos entre(jazz)ados

Viernes en el Cambalache

El olor de los pimientos asándose léntamente en la tabla es capaz de trasladarme a la cocina de mi infancia, cuando pelaba pacientemente las chamuscadas verduras que luego se convertirían en un cotidiano manjar.

Curiosear, en un arranque de nostalgia, alguna vieja chuchería, y paladear viejos sabores, te hace retroceder a patios de colegio, a olores de lápices y gomas y coletas tirantes. Y los platos que descubriste en la curiosidad de los viajes te devuelven de nuevo a las sendas andadas, las culturas reconocidas, las vivencias acumuladas.

Los acordes de algunas canciones, me acercan amores furtivos, caricias inexpertas, sentimientos descubiertos y la certeza, entonces, de que había cosas para siempre, como ese amor que nos prometimos. Hay roces de piel que tienen banda sonora, de ésas que suenan en tu recuerdo, caricias que despiertan cosquilleos y erizan, trayendo de nuevo a tí un vértigo siempre nuevo pero siempre cotidiano.

Y hay imágenes capaces de sonar.

Es la magia que tiene la fotografía: puedes sentir cómo profanas la intimidad de unos músicos que se ensamblan en acordes no escritos, regalando, entre los licores de aquel bar, sus notas recién exprimidas. Ellos estaban allí y nosotros aquí, viejos amigos contando batallitas, pero mientras lo que nosotros hacíamos no trascendía, su música es capaz de llegarnos hoy, sólo viendo esta imagen y dejándonos llevar por todo el jazz que nos fluye.

Rumbo a paraísos soñados

El clandestino del Puerto recaló en el Lope de Vega

Quizás sea difícil trazar mapamundis de sitios soñados en la baja espalda de una dama, sobre todo para quienes carecemos de toda destreza al mando de un lápiz o un pincel; pero más difícil se me antoja que, al socaire de estas historias que iban dibujándose ante nuestros ojos, las letras y las músicas despejen nuestro horizonte y nos lleve a paraísos soñados. Complicada travesía, la que nos tenían preparada La Canalla y Javier Ruibal por mares de coplas cien veces cantadas, por lugares recónditos que no aparecen en los mapas de la música estereotipada, por seductoras melodías y letras de una cotidiana riqueza que asombra.

En esa singladura pasamos por la Base de Rota y su Boca de Rosa (¡qué de tiempo!) por el Manhattan sin gloria, o esa paradisíaca Isla Mujeres que descubrí en lo recóndito de la vida de la mano de David Broza. Y como la magia de transportarte es inherente a la música, seguimos nuestra ruta sin planos, sin brújula, sin prisas por el Infinito universo de las cosas, acompañamos al «tirao» en sus aventuras y nos acompasamos con requiebros imposibles contando los lunares de un bambo. Y todo eso por el don de lenguas de Chipi, que domina el italiano (la única copla que canto en esta lengua a pesar de los peñazos de La Serenísima) y le pega al inglés de categoría; pero, sobre todo, porque las músicas que interpretan beben de cientos de mares, del sur de unos y otros continentes; y porque viajar no es más que saciar la curiosidad de conocer otras culturas, beber de otros ritmos, contaminarte de historias ajenas.

Súmenle la poesía («ay, si le hubiera entendido el día que me pidió: quiéreme un poquito menos pero quiéreme mejor»), la coherencia, el hiperrealismo que desborda Chipi (su dedicatoria-alegato en defensa de los estudiantes de Valencia llegó al cerebro y al alma). Súmenle la veteranía, la prestancia de Ruibal. Y háganse cargo de que aquella noche, en aquel teatro que no era el Falla pero casi (más de la mitad del público estaba-mos- censado más allá del peaje) se daban cita dos de mis devociones musicales, dos de los artistas cuyas letras soy capaz de tararear con devota actitud. Por eso se me hizo la magia y por ello no me hizo falta llegarle a encontrar un hilo a la historia o a esa propuesta conjunta. Y por eso hoy os lo cuento dejándome llevar por mucho de lo que allí sentí, rodeada de amigos, que la magia compartida tiene mucho más encanto y potencial.

Os dejo un resumen del concierto de agosto para que os hagáis una idea.

Tengo un vicio confesable

Amalgama de música

Seguía dándole vueltas a la entrada de la semana pasada, donde hablaba de la importancia de lo que los niños «beben» en sus casas, en su infancia, para la conformación de su personalidad, cuando recordé uno de los pabellones auditivos que escribí cuando era una plumilla en un periódico local.

Buena parte de la melancolía de aquella época en la que escribía es la que me ha traído a este rincón, que intento alimentar a trompicones, con más deseos que posibilidades; con más entradas en la mente y en la moleskine que aquí, donde tendrían que estar; con más borradores a medio enjaretar que entradas completas.

Y como me ronroneaba aquel pabellón, como no he tenido tiempo de completar ideas incompletas, como he podido recuperar algunos por la ayuda de una buena amiga que ha hecho prospección en los archivos de mi vieja casa, y como tiene cierto hilo conductor con la última entrada, os la dejo aquí, hasta que pueda dejarme caer un rato por estos lares.

Tengo un vicio confesable

TAITE CORTES   15/02/2004

TENGO un vicio confesable: soy una cotilla redomada. Y, entre muchas costumbres más o menos afeables, no hay casa en la que entre sin pararme a escudriñar los cedés que acumulan sus dueños en las estanterías -también me pirran los libros , en los hogares en que los encuentro-. Y es que soy de la absoluta convicción de que la discoteca y la biblioteca de uno dice más de lo que se piensa y se puede llegar a entender algo más -saber todo es pura utopía- de la personalidad del otro si se conocen sus gustos. Pongamos mi caso: tengo mi colección de discos como un tesoro aunque reconozco que la selección es de lo más paradójica porque al lado de todos los de Dulce Pontes -ya confesé aquí lo que significaba para mí – descansa el último de Chano Lobato; y mi Ruibal comparte estantería con Gloria Gaynor o Mago de Oz. Saquen sus propias conclusiones. Pues entre tantos luismigueles, más ubagos o toda la caterva de triunfitos con los que, descorazonadoramente, me llevo encontrando desde hace tiempo en baldas ajenas, hace poco he descubierto un verdadero filón. Llegué a una casa nueva: un amigo de una amiga. Y apenas me paré delante de su mueble y eché una ojeada, me sonreí. Entre mucha buena música -una apreciación personal- descubrí títulos que me llegaron al alma: Un agujero en el cielo, de Esclarecidos, y El arte del sabor, un delicioso disco de Bebo Valdés. No puedo evitar verlo con otros ojos porque para mí la música es un vínculo diferente. Y he comprobado que puedo echar interminables ratos hablando de discos. No sé si, como dijo Rick, éste es el inicio de una gran amistad, pero sí que tengo claro que es un buen comienzo. 

Aquellas semillas que germinan

Ruibal en concierto

No cumpliría los ocho años (igual ni los seis –soy tan mala calculando edades–) pero sus ojos claros y pizpiretos se elevaban cada poco para ver si comenzaba el concierto. De vez en cuando preguntaba a los padres, sentados en la primera fila: ¿cuándo empieza? Y mientras esperábamos –yo estaba allí, al lado– canturreaba descuidadamente las letras de Isla Mujeres, como un juego; una canción que venía grande a su pequeño cuerpo, a su aún poco nutrido vocabulario, a su recámara musical.

No sé si fue por la cara que se me quedó, entre asombrada y admirada, o, precisamente porque no le quitaba el ojo a esta pequeña rubiasca que compartía admiración y cancionero conmigo (quien le ganaba una buena porción de años) que me gané una explicación del padre: «en casa escuchamos mucho a Ruibal y a ella le encanta». Y abundó en que se sabía las canciones de memoria y que ya tenía alguna que otra foto con el artista, al que admiraba enormemente («en lo de la foto me gana», pensé. Nunca he tenido el arrojo suficiente como para pedirla).

Disfrutamos del concierto, separadas apenas por unos metros, y le echaba miradas furtivas. Y no podía más que sonreír al ver cómo seguía, tozuda, deshojando frases de las canciones mientras el maestro nos deleitaba con uno de sus conciertos (que son únicos, que tienen personalidad, que no se repiten, que tienen magia, aunque eso requiere de otra entrada). Y reflexionaba sobre lo importante que para los peques es el ambiente en el que crecen, la cultura de la que se rodean, las inquietudes que sus educadores son capaces de inculcarles, la curiosidad que cada día pueden despertar en ellos. Al final, todas son semillas que logran germinar haciendo personas más ricas, más inteligentes, más curiosas, más inquietas.

Aquella niña tenía edad de Cantajuegos, o de Patito Feo o de lo que quiera que escuchen ahora los niños de esa edad. Pero admiraba a un cantante que puede aportarle ritmos diferentes y mestizos, letras nada encorsetadas y de una enorme riqueza, y matices únicos. Igual a vosotr@s os suene pedante esa precocidad pero a mi me pareció un estupendo legado en la conformación de la personalidad de esa niña. Aunque probablemente me deje llevar por mi devoción ruibalista.

De estas reflexiones también disfruté aquella noche de La Mercè, en septiembre, en una Barcelona que siempre tiene la capacidad de fascinarme, con un Ruibal que nunca deja de removerme por dentro y con amigas con las que echamos risas y gastronomía. Creo que se puede pedir poco más. Y llevo tiempo queriendo contároslo.