Besos como proclamas

Días en rouge

Días en rouge

No volaron mariposas en la tripa pero sí el vértigo de volver a sentir. No era el preludio de nada grandioso ni perdurable pero sí darle una oportunidad a lo que quisiera que llegara a ser (o a no ser). No fue un gran beso, apenas uno rápido, que sonaba a trámite aderezado con excusas, pero arrancarlo fue todo un manifiesto, arraigado de convicciones: no iba a dejar de intentarlo.

No, no iba a desistir por mucho que el corazón apenas se hubiera ensamblado desde la última vez que se hizo añicos. Las cicatrices no podían extenderse hasta sus ilusiones. No debía volver a dejar que ese hielo, ciertamente protector, terminara siendo su hogar, por muy cómoda que se hubiera sentido durante años en ese invierno. No podía dejarse vencer; tampoco por los que pisotearon su entrega. Apretó los puños y se dijo «volveré a caerme con todo el equipo».

Y con esa conciencia de montaña rusa estampó ese beso. Y se quedó en sólo eso. No dio para más. Y nadie más supo que sí; que fue mucho más: la proclama de que no iba a darse por vencida. A pesar de las veces que pisotearon su entrega. A pesar de que volvió a caerse con todo el equipo.

Pequeños universos

Sofá abrazador. Mi rincón

Uno de mis universos

Hay pequeños universos que son grandes porque albergan todo lo que tú eres y esperas, donde te sientes a salvo, donde tienes a mano tus cosas preferidas, donde la paz merodea y te recoge a oleadas. Hay universos que están hechos de cosas cotidianas como un sofá, unos libros, una colección de discos, un viejo delantal, fotos, un peluche en el que lloraste todos los desamores de la pubertad. Hay universos que están aquí, escondidos en una vieja calle, que son un secreto que compartes con unos pocos. Hay universos que están construidos a pedazos, los que has ido trayendo de los mundos que has descubierto, de los puertos a los que te ha llevado tu curiosidad, y que han ido encajando en una amalgama de colores y culturas que no son más que pedacitos de recuerdos de todo lo que te ha traído hasta hoy, hasta ahora, tal cual, y no de otra manera. Hay pequeños universos que son en sí un descanso y un refugio: el lugar al que terminas llamando hogar.

Hay pequeños universos en los que uno es más uno mismo (y traigo esta reflexión de Ángel Gabilondo, una delicia), donde no teme encontrarse con quien es, donde hay recuerdos, esperanzas, soledades…

Pero también hay pequeños y grandes universos que no tienen una ubicación física, que pueden ser hasta errantes. Pequeños universos  (y también grandes) que surgen cuando las risas y la complicidad con amigos abren un paréntesis (qué importante son los paréntesis) en nuestro día a día, cuando un hombro recoge tus pesares y una mirada sirve para decirte «aquí estoy, sólo silba». Pequeños universos (y también grandes) que están allí donde se encuentran las caricias, los besos, las esperanzas y los deseos; donde se comparte un exquisito menú o un trozo de queso. Pequeños universos (y también grandes) que suelen tener banda sonora . Y donde tú no dejas de ser tú porque más bien vas al encuentro de quienes te hacen también ser tú. O el tú que eres precisamente porque tienes todos esos universos.

La pieza que faltaba en mi rompecabezas

Sólo éramos tres amigas que apurábamos la vida universitaria compartiendo piso y vivencias. Sólo éramos tres amigas que apuntábamos inquietudes cinéfilas y literarias por las que cambiábamos noches de botellona. Sólo éramos tres amigas que una noche -hace algo así como trece años ¡Madre del cielo!- salimos entusiasmadas por una joya que acabábamos de disfrutar. Fue en versión original, en los cine Avenida, tan a mano, tan distintos, tan nuestros.

No había vuelto a ver Chasing Amy desde entonces. Y hace unas semanas la recuperé por extraños caprichos del destino -vino con una colección de un periódico- cuando la había buscado por cielo y tierra recogiendo siempre la respuesta de su descatalogación. No había vuelto a ver Persiguiendo a Amy desde entonces y, aunque probablemente yo no sea la misma de aquella época y la película denote el paso de los años -más que nada, en la estética- volví a sentir mucho de lo que hace trienios esta historia me movió.

Y mira que es una película sin pretensiones, tal y como apuntó mi amigo Guille, pero con un guión original, unos diálogos inteligentes, enlazados con mimo, salpicada de guiños frikis que la hacen más encantadora. Persiguiendo a Amy es un canto a lo distinto, a la libertad, a la huida del encorsetamiento pero también es la constatación de cómo los prejuicios acaban desmoronando las mejores intenciones. Es una historia sencilla, de errores, de celos, de amistad, de amor.

Descubrirse como persona, conocerse y tomar determinadas sendas no es tarea fácil («Igual a ti te dijeron que tu camino era de A a B pero a mi no me dieron un mapa» oímos en uno de los diálogos más encendidos) y las frustraciones y los temores asoman cuando se emprenden caminos que no son los habituales. No, definitivamente, amar no es fácil. Y en ocasiones, o la mayor parte de las veces, es demasiada la generosidad que requiere perdonar, olvidar y no mirar atrás, a pesar de tener la constancia de que el otro es «la pieza que le faltaba» al rompecabezas de la vida. Y llega la melancolía, el arrepentimiento y esa sensación de estar siempre «buscando a Amy» (quien lo apunta es el propio director Kevin Smith, en uno de sus habituales cameos en películas propias como Bob el silencioso).

Pues eso, que he vuelto a ver la película 13 años después. Y la he vuelto a saborear, ya sin mis dos amigas al lado y con algunas vivencias engordando la pátina de mi propia vida. Y he vuelto a sentir que el cine no tiene que ser ostentoso, ni costoso, ni espectacular para moverte por dentro. Porque son este tipo de sensaciones que llevan a pegarte a la pantalla, que te hacen llorar o reír, las que hacen que merezca la pena.

P.D. Si os gusta ésta, no os perdáis Dogma, otra de las pelis de este director con un cameo espectacular, por el personaje y por su papel.