¿Mostramos nuestro cuerpo?

Intimidades (Foto: Taite Cortés)

Intimidades (Foto: Taite Cortés)

Productora nacional que llama para proponer la participación de profesionales de Andalucía en un programa nacional sobre la profesión sanitaria.

– La idea no es sólo contar su labor en el centro sanitario sino dar una visión sobre sus vidas, de manera que se entienda lo que es ser médico o enfermero pero en su globalidad.

Ésta fue la idea que nos lanzó la productora de Cuerpo Médico para pedir la contribución con distintos perfiles profesionales. Normalmente, este tipo de iniciativas conllevan un ingente trabajo detrás porque se trata de facilitar la labor de quienes acuden a grabar, asesorar a quienes van a ser los protagonistas e intentar por todos los medios interferir lo menos posible en la labor de los centros sanitarios, evitando molestar a los pacientes y garantizando en todo momento su intimidad.

Y no podemos hacer recaer en el profesional esta labor, por lo que intentamos estar cerca para informar a las personas que acuden a una cita con su profesional sanitario por qué en esta ocasión la consulta, la intervención, la prueba diagnóstica es especial. No sólo hay que contarles lo que pasa y pedirles disculpas por todas las molestias que causamos en su intimidad -¿hay algo más íntimo que una consulta?- sino también hay que comprobar si están dispuestos a que se grabe esos momentos y se emita posteriormente en una televisión. Para ello, se recoge su autorización firmada, que guardamos y que pueden revocar siempre que quieran y cambien de opinión.

En este caso, además, no sólo abordaban la labor profesional de estos sanitarios sino también su vida íntima, sus inquietudes, su día a día también con su familia; de manera que había que hablar con ellos, explicarles el proyecto y ver si estaban dispuestos a exponerse de esa manera. No siempre es fácil que los profesionales vean la oportunidad y se presten a ello y menos cuando trasciende lo sanitario y pasa a lo personal.

En este caso en concreto, hubo una decisión que costó más tomar que el resto y tenía que ver con uno de los perfiles. La propuesta de la productora era unos residentes, un profesional de emergencias y un médico de familia de zona rural (habían contactado también con él, quien lo derivó a su director de UGC) Y éste último fue el que llevó más tiempo para tomar una decisión. Y no porque no creamos en la labor de la medicina de familia y mucho menos de los que desempeñan en los pequeños municipios, al contrario, pero estimábamos que con esta solicitud se estaba intentando perpetuar el tópico de la Andalucía profunda, y no teníamos claro si debíamos acceder. (Hago aquí un paréntesis necesario porque no es un tópico que yo vea ni que comparta, veo más ruralidad en otras zonas de España que en nuestros pueblos, pero sí creo que es un estereotipo que tienen los del resto de España). Finalmente, y tras hablarlo y meditarlo mucho, prevaleció la certeza de lo que podía aportar este perfil, a pesar de la intención de los profesionales de Madrid, y se incorporó Ángel al elenco.

Los capítulos se visionan por parte del equipo de comunicación antes de la emisión para comprobar que el abordaje es correcto, que no hay ninguna imagen que pueda resultar rara para el profesional o el paciente, que no hay nada extraño, y se hacen pocas modificaciones sobre el original, entendiendo la labor de la productora y el criterio profesional. Pero en este caso tuvimos un elemento de conflicto que Ángel, que lo vivió en primera persona, lo cuenta mejor que yo en su blog. Entendíamos que una secuencia era denigrante para un paciente, que abundaba en la idea de la Andalucía profunda de la que queríamos huir (no porque no exista sino porque no es la única realidad profunda de España y ya está bien de tirar del sur) y que no debía emitirse. Lo hablamos con los profesionales pero ellos entendieron que formaba parte de su día a día y no le vieron problemas, lo hablamos con la productora -que vio una secuencia muy jugosa e incluso morbosa de la que no se quería desprender- y finalmente optamos por no hacer más frente si éramos las únicas que lo veíamos así. Igual debíamos habernos plantado. Aún hoy no lo sé.

Andalucía sigue lastrada por cómo la ve el resto de España. Nos cuesta la misma vida traspasar Despeñaperros y, en ocasiones, hay oportunidades para cambiar esta visión, como la participación en programas de este tipo. Mostrar la realidad de nuestros pueblos es también intentar desmontar el tópico. Esa responsabilidad pesa cuando se cuidan este tipo de intervenciones. Pero en quien realmente pensaba cuando intentaba argumentar a los interlocutores sobre la no idoneidad de esas imágenes era en ese paciente, en su familia, y en cómo se sentirían al verse en esas imágenes magnificados en una televisión nacional. Al final, lo que importan, son las personas.

Mientras…

Playa en domingo

Playa en domingo

Mientras sigo ordenando palabras para contaros experiencias, mientras supero esta abulia veraniega (tan sana por otro lado), mientras intento recuperar la sensación de que lo que os cuento os sirve de algo, os dejo un intento de relato veraniego que escribí allá por 2006 y que se publicó en Diario de Cádiz.

“LA HECATOMBE – Taite Cortés (20/08/2006)

¡La hecatombe! Aquello era inaudito y echaba por tierra una excelente tarde de playa, una nueva cita que contaba con todos los ingredientes para que fuera memorable. El poniente refrescaba el ambiente aliviando los calores de tanta faena y aunque este viento ensuciaba las aguas de Santa María del Mar -–frente al Levante que las dejaba como un plato transparente-– ¿quién necesita remojarse cuando la temperatura es perfecta y hay un bote de trescientos euros para la primera que cantase bingo?
La expectación era máxima entre las habituales, aquellas vecinas que componían el corrillo que a diario se colocaba junto a la Roca Barco para echar un ratito agradable y cumplir con el ritual diario; porque la gente dirá lo que quiera pero esto del bingo playero tiene su miga y su liturgia. Cada una se trae de casa los cartones, colocados en paneles de madera; los mismos números jugados día tras día, año tras año. Y no sólo en verano, también de octubre a mayo echaban la misma partida en un localito que se habían agenciado en el corazón del barrio.
Pero la partida de hoy era la PARTIDA, con mayúsculas, porque lo que estaba en juego no eran los centimitos de siempre ;–el objetivo de estas citas era sólo echar el rato– sino un señor bote de cincuenta mil señoras pesetas. “”Lo bien que me vendrían pa tapar un boquetito””, comentó Manuela. ““Pues anda que a mí””, replicó Isabel, ““este mes las estoy pasando canutas””.
El dinero estaba para ellas porque tal y como se plantaron en el corrillo de siempre, en el sitio de siempre, con esa amalgama de sillas, sombrillas y enseres, los billetes aparecieron semienterrados, dentro de un bote de plástico. El hallazgo fue sorprendente. Y mientras discutían quién había sido la afortunada que lo había visto primero, la que habría de quedarse con semejante botín, alguien propuso que se jugara en el próximo bingo, una idea que llegó justo cuando Juana y Carmen empezaban a acalorarse en la discusión, y que el resto aplaudió entusiasmada.
Y hoy era la cita. Se había corrido la voz por todo el barrio y más de una vecina se había ofrecido para jugar esa partida. “”De eso nada, sólo las de siempre””, le contestaban. Y ya estaba todo dispuesto: las sillas, las sombrillas, el cafelito echado, los cartones, las piedras para señalar los números que salgan… todo menos las bolas. Y aquello era la hecatombre.
““¡Digo, falta el 22!”” gritó Toñi con desesperación. El revuelo que se armó fue impresionante. “¿“Cómo va a faltar un número si ayer jugamos sin problemas y esa bolsa no se ha tocado”?”, le contestó Manuela. ““Pues no está. Y yo sé contar, qué te crees””.
Miraron uno por uno los bolsos, las ropas, los enseres. Removieron cielo y tierra ante la mirada de las envidiosas que se habían quedado fuera de la partida y que paladeaban este momento.

Y mientras, la ficha más buscada conseguía escabullirse y esconderse entre las tablas de los palés. Había conseguido ejecutar su soñada venganza. “”Los dos patitos, los dos patitos… Toma dos patitos”, dijo riendo a carcajadas.”

Faltriquera de supervivencia

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Imagen en una calle de Cádiz. Foto de Anago Gutiérrez

Quizás sea porque aún sigo en shock por ver cómo el shock puede que esté orquestado; quizás sea porque la lectura de La Historia Interminable, ese libro que marcó mi adolescencia, me hizo cuidarme de las ciénagas de tristeza que te hacen sentirte tan mal que siempre acaban devorándote; quizás sea porque más tarde Harry Potter trajo a mi vista y mi imaginación a aquellos dementores que te absorben la esperanza y los pensamientos positivos; pero creo que hay enemigos que acechan, malos muy malos que quieren arrebatarnos lo poco que nos queda: la esperanza, la sonrisa. Una vez conseguido, estaremos vencidos, a su merced.

Quizás sea por todo eso, o quizás no, pero como los héroes de mis novelas, estoy empezando a hacer acopio de un arsenal de armas fuertes, invencibles; armas capaces de sacarnos de la ciénaga, cuando estemos a punto de sucumbir; que puedan alejarnos a los dementores, en ese momento en que nos vayan a dar el beso mortal; que mantengan nuestros mejores atributos, prácticamente los únicos ya, a salvo de tanto embate mortal.

De esta forma, cuando entro en bucle, cuando me siento encima la nube negra que llevaba el indio de Lucky Luke, saco de mi particular faltriquera algunos de los ingenios que he ido acumulando; a saber: las mesas y sobremesas con los amigos, a veces filosofando, a veces inventando chirigotas imposibles que nunca vieron la luz -lo cual agradece nuestra imagen-; las confidencias y los gestos con los que no hace falta hablar; los paseos y atardeceres, también algunos amaneceres; las risas, el humor, el ingenio por whatsapp, line y hasta sms; las callejeras, el concurso; los ratos con Guille, con Carmen, con Carlos y sus conversaciones de personita mayor; los libros que huelen y te transportan. Y la música, siempre la música, ésa que es capaz de movernos y removernos, de retorcernos de melancolía o aportarnos el subidón que merecemos.

Yo, de vosotros, iría también haciéndome con uno de éstos porque el invierno está llegando, porque dejarnos abatir por el pesimismo no es más que ponernos a merced de todos los que quieren quitarnos el reino que construimos y que, frente al de mis libros, era de verdad. Y como saber que estáis al otro lado cuando hace falta es otro de mis alicientes, espero que sigamos viéndonos por aquí o por donde se tercie otro año más. Espero que siga habiendo tocamiento de palmas, allegados que publiquen librosmaestros que sigan creando y citas a las que no faltar. Porque todo avituallamiento es poco para lo que nos espera.

Así que os he dejado aquí mis cosas favoritas, al más puro estilo de María en Sonrisas y Lágrimas. Faltarán algunas o incluso muchas pero no era plan de ponerme pesada.

Y como wordpress se ha currado estas estadísticas, pues también os las dejo no sin antes prometer que en breve dejaré de escribir mis cosas y retomaré los casos por los que nació este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 5.900 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 10 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

Higiene mental

Planes de domingo o intentar ser normal

Ay, que al final está pasando lo que me temia: que sólo me acerco aquí muuuy de tarde en tarde y para contar mis otras cosas. No mis experiencias y mis reflexiones del trabajo, no; ésas que iban a ayudar (o no) a los demás, sino todas las demás pamplinas, inquietudes y válvulas de escape.

Así que éste, mi rincón, se llena de música, de libros, de pensamientos, incluso de periodismo; y parece que huyo (más consciente que inconscientemente) de todo lo que tenga que ver con mi trabajo. Y ustedes lo entenderán, ¿no? Cuando una faceta de tu vida te come prácticamente el 100% de ésta, el poco tiempo que te queda (o que te obligas a que te quede) prefieres desconectar del todo. Lo hago aquí y en mi vida.

Hay veces que me asomo al twitter para decir una pamplina, de las mías; aun a riesgo de parecer frívola. En ocasiones me lo pienso, lo de si poner ciertas cosas o no. Pero así soy yo. Y mi twitter es mío. Y no tengo por qué cortarme. Porque necesito del humor, porque es como la válvula de las ollas exprés, ésas que corrigen la presión para que no termine explotando.

Y si vieran mi vida: las horas a las que llego a casa, cuando me pongo a escribir (siempre a deshora y después de haber buscado un rato para ir al gimnasio y haber descubierto que los yogures con fecha de caducidad cumplida de un mes son el comodín perfecto cuando no hay cena) podrán ponerse en mis zapatos y entender por qué acabo escribiendo de los temas que, en principio, eran accesorios, y dejo a un lado los que pretendían ser vertebrales. Me convenzo de que es un excelente ejercicio de higiene mental cuando no tengo la certeza que no soy muy normal.

Y en estas contadas horas en las que no pienso en lo único (y no, no es el sexo, más quisiera), ya con el pijama y dejando en la cómoda los marrones y preocupaciones, en éste autodeterminado ejercicio de higiene mental que me he impuesto, tengo algunos refugios que suelen ser infalibles. Los más seguros son mis amigos, con sus reflexiones serias y las risas a mansalva, sus bucles y las complicidades. Si es que no, tengo a mano siempre una dosis de música, de cine, de series de TV, de libros; incluso hubo un tiempo en el que hacía punto (contar dos del derecho y dos del revés no dejaba sitio en mi mente para mucho más). Incluso la odisea de mantener una cotidianidad es un buen remedio: llegar siempre a deshora al súper, apurar minutos para conseguir que me depilen sin que cierre, poner lavadoras, planchar, ordenar… O me asomo por la red.

Y una parada obligada es el mundo de Jomeini, son las historias de Terro y Susanita, en sus confesables momentos con la depilación (cuánta solidaridad)… En ocasiones acabo a carcajadas porque tiene lo mejor del humor; a saber: seríe de sí misma, advierte su vida y las situaciones con las que tropieza con esa mezcla de ironía y mordacidad; y la cuenta con desparpajo. Por eso no tengo ninguna duda de que me voy a tirar a la tienda a por su nueva obra, el spin of de su blog. Porque si uno de los libros que tienes a manos para escapar de toooodo lo que te pesa tiene lo mejor de Jomeini, es un refugio seguro.

Agonía

Gotero

Prácticamente llevo el mismo tiempo fuera que el que estuve dentro. Prácticamente. Podría decirse que ya ha pasado mucho tiempo, he pasado página, y muchos de los que dejé como parte de un paisaje agridulce ya ni están. Si, las últimas veces que he ido a mi antigua casa apenas me han sonado unas caras. Apenas.

Escruto nombres en una lista macabra y no siento más alivio por aquellos con los que no compartí teclados, ni cigarros encadenados, ni inquietudes, ni cierres entrada la noche. Pero algunos de los que están ahí forman parte de mi vida, de mi memoria y de mis vivencias. Puede que suspire aliviada por las ausencias pero eso me hace sentirme ruin. Y no deja de ser curioso. Ruin, yo, que asisto con impotencia a esta sangría y no quienes las propician desgranando años de experiencia, desmontando veteranía, borrando memoria, obviando talento, des-descontanto horas regaladas.

No, no sólo es cuestión de nombres, que también. Los amigos son los amigos y se mezcla el desahogo de saberles a salvo con la desolación de imaginar por lo que están pasando. Tu mundo de contradicciones se hace abismal cuando se abre la caja de pandora de los sentimientos y cuando afianzas la certeza de que tu mundo se viene abajo.

Porque, aunque me fui porque muchos no me querían -ni siquiera esa casa que me duele hoy- parte de lo que soy lo debo a aquella y parte de lo que sé a muchos de los que andan luchando y dejándose la piel por los que quedan y los que deberían quedar. Hay vínculos indisolubles y mi despertar como mujer trabajadora y mis primeros años como periodista fue a los pechos de una señora respetada, que presumía de veteranía, de ser la decana del panorama, que respiraba tinta y olía a papel. Hoy veo que agoniza y no puedo más que dolerme. No por la empresa en sí, válgame Dios, no; sino por lo que ha significado para tantos y tantos compañeros que han contribuido con su trabajo y sus horas a deshora a cerca de siglo y medio de vida local.

Probablemente pensaréis que tuve suerte por irme, porque hubiera quienes confiaron en mi cuando mi confianza era insignificante y mi vocación iba cogiendo las de villadiego (y mi agradecimiento a ellos es infinito). Igual debería tener más desapego por todos los que intentaron minar mi día a día y todos los que miraban a otro lado mientras esto ocurría, incluida la empresa. Pero ahí se quedó mucho mío, ahí dejé a grandes amigos y compañeros, además de un buen puñado de sueños.

Esta sangría es injusta. El futuro que nos queda es desconcertante. Periodismo, rigor, compromiso, son palabras que se desdibujan ante la tenacidad borradora de empresas sin alma. Ya son 5.000 los que han quedado por el camino. No por ser anónimos son menos dolorosos pero cuando forman parte de tu vida o han formado parte de ella ya es desgarrador. Hoy escribo por Diario de Cádiz porque ha sido mi casa un buen puñado de años, pero es extensible mi ira, mi desolación a todos y cada uno de los compañeros, a todos y cada uno de los EREs, a todos y cada uno de los sueños de periodistas que ven sesgada su vocación como antes vieron dificultada su tarea.

¡”Ay, Manolete… Si no sabes torear p’a qué te metes”!

Gorro de cumpleaños prestado de Anago

Ya tengo pintada la sonrisa. Lo juro. Recuerdo la aventura de preparar este blog sin tener la más mínima idea, las horas de sofá y ordenador con mi asesora personal aguantando mis manías y obsesiones, los descubrimientos de widgets y plug-ins (¡siiiiiii, ya sé que wordpress.com no soporta plug-ins!) y ese pepito grillo que me decía a diario “manolete, si no sabes torear, pa qué te metes” y no se me borra la risa floja.

¡Qué días aquellos! Como buena patata tecnológica, llegué a publicar dos “probando, probando”, “me se escucha” mientras hacía pruebas de las distintas opciones de temas, presentación y demás; al más puro estilo de Mortadelo y Filemón en la TIA. Porque otra cosa no, pero probar, lo probamos todo con tenacidad, que para eso una es obsesiva y perfeccionista hasta en la obsesión y la perfección.

Y después llegó el gatillazo en forma de lanzamiento. Ese parto fallido que requirió de fórceps y el trabajo en equipo de un buen puñado de gente. Una muestra más de mi destreza digital. La hora del blog estaba con la de Helsinki y yo quería publicar a las 12 de la noche de aquí así que programé ilusionada mi primera entrada para esa hora mágica del inicio del mes que para mi inicia el año (¿no comienzan todos los coleccionables en septiembre, además del curso escolar?). Y a las doce todo seguía igualito, salvo mi pulso que se estaba desbocando y mi boquita que comenzó a soltarse. Porque además cometí el tremendo error de publicar un par de tuits creando expectación, que para eso veía yo hacerlo a diario a un montón de blogueros.

Lo que ocurrió a continuación pasará a mi catálogo de anécdotas para los restos de la vida. El twitter se volvió loco a menciones (bip, bip bip), otra (bip, bip) contribución (bip, bip, bip, bip) colectiva; yo (bip, bip) miraba de reojo (bip, bip bip) y me descojonaba (bip, bip bip, bip, bip bip) con las ocurrencias de la peña mientras (bip, bip bip) intentaba, con mis limitados (bip, bip) conocimientos de esto (bip, bip bip, bip, bip bip) (ahhhhhhh) qué coño era lo que estaba pasando para que no se publicara mi flamante blog. No sé si Jobs o Gates pero alguien me iluminó, dí con el problema, lo solucioné y casi 20 minutos después de lo esperado, nació A propósito de un caso. Mi criatura.

Ha pasado un año. ¡Un año! Tengo más canas, menos paciencia, no sé si más sabiduría pero sí más dudas y contradicciones. Y una criatura que no atiendo lo que me gustaría (27 entradas en un año no son una marca para someterla a una competición) pero que me da algunas satisfacciones que a la vez me provocan un vértigo atroz. No voy a entrar en el número de visitas: para mí son una inmensidad que me lleva a la hiperventilación (¡tanta gente mirándome y leyendo mis pamplinas!) pero probablemente haya quien reciba éstas en un día. Pero hay un montón de peña que se equivoca clicando y acaban en esta casa. Sólo así entiendo que me visite gente de México, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Reino Unido, Venezuela, Alemania, Chile, Noruega, Perú, Uruguay, Guatemala, Ecuador, Australia, Costa Rica, Bolivia, Islandia, Rusia, República Dominicana, Paraguay, Nicaragua, Bélgica, Honduras, Portugal, Polonia, Finlandia, Puerto Rico, El Salvador, Japón (¡¿Japón?!), Haití, Dinamarca, Panamá, Georgia, Guinea Ecuatorial, Brasil, Rumanía, Italia e India. Me lo expliquen.

De las diez primeras entradas en número de visitas, sólo tres son sobre mi trabajo, lo que deja claro los intereses del público multicultural y políglota que recae por aquí. Tampoco pasa nada porque cada vez escribo menos de trabajo y más de todo lo demás porque al final esto se ha convertido en una válvula de escape, esporádica, pero eficaz. De los 244 comentarios, 90 son míos, así que la estadística patillera sólo habla de mi exquisita educación contestando vuestras aportaciones. Y poco más puedo añadir.

Sólo que sigo fiel a mi intención de que esto sea un refugio y no una obligación aunque procuraré refugiarme más a menudo si el trabajo y disfrutar de la vida me lo permiten. Y que a pesar de la hiperventilación y la sudoración con el miedo escénico (también digital) de saberos ahí, sólo puedo agradeceros que tengáis tiempo y paciencia de atender las pamplinas que escribe esta chupacharcos que se ha metido a bloguera y que ya va adquiriendo rango de veterana. Y si no os importa, seguiré hablando de mi música, de mis libros, de mis amigos, de mi cine y del periodismo. Porque son las cosas que me apasionan y que me hacen sentirme viva.

Y ahora, intentaré programarlo, a ver si he aprendido en un año.

Aquellas semillas que germinan

Ruibal en concierto

No cumpliría los ocho años (igual ni los seis –soy tan mala calculando edades–) pero sus ojos claros y pizpiretos se elevaban cada poco para ver si comenzaba el concierto. De vez en cuando preguntaba a los padres, sentados en la primera fila: ¿cuándo empieza? Y mientras esperábamos –yo estaba allí, al lado– canturreaba descuidadamente las letras de Isla Mujeres, como un juego; una canción que venía grande a su pequeño cuerpo, a su aún poco nutrido vocabulario, a su recámara musical.

No sé si fue por la cara que se me quedó, entre asombrada y admirada, o, precisamente porque no le quitaba el ojo a esta pequeña rubiasca que compartía admiración y cancionero conmigo (quien le ganaba una buena porción de años) que me gané una explicación del padre: “en casa escuchamos mucho a Ruibal y a ella le encanta”. Y abundó en que se sabía las canciones de memoria y que ya tenía alguna que otra foto con el artista, al que admiraba enormemente (“en lo de la foto me gana”, pensé. Nunca he tenido el arrojo suficiente como para pedirla).

Disfrutamos del concierto, separadas apenas por unos metros, y le echaba miradas furtivas. Y no podía más que sonreír al ver cómo seguía, tozuda, deshojando frases de las canciones mientras el maestro nos deleitaba con uno de sus conciertos (que son únicos, que tienen personalidad, que no se repiten, que tienen magia, aunque eso requiere de otra entrada). Y reflexionaba sobre lo importante que para los peques es el ambiente en el que crecen, la cultura de la que se rodean, las inquietudes que sus educadores son capaces de inculcarles, la curiosidad que cada día pueden despertar en ellos. Al final, todas son semillas que logran germinar haciendo personas más ricas, más inteligentes, más curiosas, más inquietas.

Aquella niña tenía edad de Cantajuegos, o de Patito Feo o de lo que quiera que escuchen ahora los niños de esa edad. Pero admiraba a un cantante que puede aportarle ritmos diferentes y mestizos, letras nada encorsetadas y de una enorme riqueza, y matices únicos. Igual a vosotr@s os suene pedante esa precocidad pero a mi me pareció un estupendo legado en la conformación de la personalidad de esa niña. Aunque probablemente me deje llevar por mi devoción ruibalista.

De estas reflexiones también disfruté aquella noche de La Mercè, en septiembre, en una Barcelona que siempre tiene la capacidad de fascinarme, con un Ruibal que nunca deja de removerme por dentro y con amigas con las que echamos risas y gastronomía. Creo que se puede pedir poco más. Y llevo tiempo queriendo contároslo.

¿Y esto… para cuándo?

Varón, 45 años, profesional sanitario que anuncia en rueda de prensa algún avance en la investigación de una enfermedad.

Después de una intervención donde aporta una importante batería de datos, donde explica el procedimiento y donde se maneja con toda la cautela inherente a este tipo de noticias, se abre el turno de preguntas y llega la cuestión de siempre: ¿Cuándo está prevista la comercialización? ¿Cuándo llegará a los pacientes?

Habitualmente, las ruedas de prensa se preparan meticulosamente con los profesionales y se incluye toda la información que, presumiblemente, puede ser de utilidad a los medios de comunicación, y por ende, a la ciudadanía, que es la destinataria final.

Entre el contenido que se ofrece, en la rueda y en la nota de prensa que se acompaña, está la descripción de la enfermedad en cuestión, de manera que se dan datos que ayude a dimensionarla, o se habla de las consecuencias y secuelas más frecuentes, para favorecer la humanización del proceso, lo cuál es difícil cuando se habla en abstracto de una patología. Es decir, se trata de hacer ver que eso tan frío de lo que hablamos tan técnicamente afecta a mucha gente y les afecta mucho porque las complicaciones son graves e invalidantes. Pero también se explica el proceso que ha llevado al hallazgo y de qué manera se ha conseguido llegar hasta el punto en el que se está, lo que incluye abordar los mecanismos de funcionamiento de la patología y la labor investigadora de los profesionales. Todo eso, siendo lo más divulgativos posibles pero sin llegar al populismo barato. Y todo ello, lo que es más difícil, intentando mantener la mesura, de manera que no se generen falsas expectativas en la población que puede ver en este anuncio una solución a su situación particular pero sin restar importancia al hallazgo. Difícil equilibrio.

Y cuando se tiene tanto celo en estos equilibrios se evita en todo momento hablar de plazos, imponer fechas topes que pueden no ser finalmente las verdaderas, que pueden ni tan siquiera ser, que pueden suponer una meta para una persona que tiene sus esperanzas puestas en una solución a su enfermedad, con la que convive cada día. Pero la realidad sanitaria y la periodística son antagónicas, aunque estén condenadas a entenderse. Porque el periodismo es la concreción, la contundencia, las fechas y los horizontes.

Y probablemente el titular llegue a ser que “la solución para xxx esté para xxx” si no se aborda con la misma cautela la respuesta a esa pregunta. Creo que, poco a poco, los periodistas se van concienciando de que en estos temas no es bueno lanzar las campanas al vuelo, y cada vez contamos con más compañeros especializados que son capaces de dimiensionar la situación (a pesar de la crisis, de la rotación, de la precariedad, pero eso será en otra entrada). Pero nunca está de más que la respuesta vaya acompañada de equilibrio, transmita la dificultad de imponer un límite temporal e incluso incida en la complejidad del proceso que queda. Porque titulares como éstos en poco ayudan a la labor divulgativa de la ciencia, del conocimiento y la medicina. Y jugar con las expectativas de personas que no albergan muchas esperanzas en su proceso, en su enfermedad, supone una crueldad que ninguno queremos alimentar.

Donde acaba la ternura

Varón, joven, de oficio representante de artistas que hace una llamada de teléfono:

– “Hola, mira, yo soy el representante de los PanTostaitoMiguaitoConCafe (nombre ficticio, of course -espero-) y ellos estaban interesados en ir a hacer una visita a los niños del hospital Despeñaperros Abajo (nombre también ficticio)”

– “Ah, hola. Pues los niños estarán encantados de que vayáis a verlos. Veremos que no les interfiera con el aula”

-“La idea es, ya sabes, estar con ellos en las habitaciones, hablar con ellos… Fotos bonitas con los pequeños… ¿Cómo hacemos lo de los medios?”

-“Igual no lo sabes, pero procuramos no hacer actividades con los pequeños hospitalizados con medios de comunicación, por aquello de su intimidad y la protección de su imagen, ya sabes”.

-“Ya pero es que sin medios, no nos interesa”.

Uno de los temas que más quebraderos de cabeza me genera es el de la imagen de los pequeños que están hospitalizados en los centros del SSPA (Sistema Sanitario Público de Andalucía) porque, aunque contamos con un criterio específico que aplicamos con más o menos suerte, no dejo de tener la sensación de que nos pasamos con el celo y desnaturalizamos la cotidianidad. Reflexiono muchas veces, individual y colectivamente, sobre este tema y finalmente nos decantamos por mantener la situación actual, lo que genera no pocas dificultades en nuestro trabajo diario.

La Ley de Autonomía del Paciente habla del “Derecho a la intimidad” pero lo circunscribe a la confidencialidad de la historia clínica y no aborda la especificidad de los pequeños pero, en cambio, en Andalucía contamos con un Decreto de los menores hospitalizados donde se establece claramente que:

“La dirección de los centros sanitarios velará para que la captación de imágenes de las personas menores de edad respete, en todo momento, su dignidad, y cuente con el consentimiento otorgado al efecto por ellos mismos o, subsidiariamente, con el consentimiento de su padre y madre, de sus tutores o de sus representantes legales, en los términos establecidos por la legislación vigente, debiendo, además, contar con las autorizaciones legales correspondientes”

Y añade, en el punto siguiente:

“En todos los supuestos, se evitará la identificación de la persona menor”

Y aquí es donde entra la complicación porque, según esta norma que nos rige, las imágenes tienen que ser dignas, estar autorizadas por los padres o tutores (que están encantados habitualmente, todo sea dicho), por la autoridad responsable (o sea, el Fiscal de Menores, entendemos) y que, además de todo esto, no se les reconozca en la imagen. Demasiados requisitos para nuestro día a día de locos que, de todas maneras, intentamos cumplir. De hecho, existe un modelo de autorización que manejamos para estos casos y, en las contadas convocatorias que hacemos a las zonas de pediatría, introducimos un recordatorio específico de la normativa para que los medios de comunicación sepan las reglas y puedan actuar en consecuencia. Les insistimos, además, que el que no se identifique no quiere decir que se pixele la imagen (o que se le ponga un tomate en la cara) porque estamos convencidas de que hay muchísimas maneras de que los niños salgan en las imágenes evocando toda la ternura de la infancia sin que por ello se les reconozca.

Pero, más allá, de las dificultades burocráticas, que son superables y parte de nuestro trabajo, reconozco ciertas reticencias no sé si éticas o estéticas, sobre la utilización de las fotos de niños hospitalizados, sobre todos aquellos que padecen cáncer. Confieso ciertos reparos porque no sé diferenciar el límite entre imágenes que generan ternura o aquellas destinadas directamente a despertar lástima, no sé dirimir hasta dónde llegan las emociones lógicas y dónde empieza el morbo. Sólo sé que me chirrían esas fotos.

Hace poco, abundando en el tema, acudimos a unas jornadas sobre criterios jurídicos y deontológicos en el tratamiento informativo de los menores donde tuvimos la oportunidad de plantear todas estas dudas a la Fiscal Jefe de Sevilla quien nos alertó de que estábamos poniendo demasiadas trabas a algo que era muy natural. Porque los niños también enferman, también se hospitalizan, también fallecen. Sostenía que mantenerlos escondidos y en una burbuja no ayudaba a normalizar su situación y les perjudicaba. Muchas veces le he dado vueltas a esa afirmación y no sé hasta qué punto puede tener razón, y probablemente nos pasamos de celo y tenemos demasiadas reticencias, a veces injustificadas.

Pero no puedo evitar que me chirríen las imágenes de los niños calvos, con goteros, conectados a una máquina o en otras situaciones. Igual es porque no me parece justo que tengan que pasar por eso, puede ser, o igual resulta que los medios siempre buscan la imagen más lastimera posible y eso, en sí, no es natural y me parece morboso. No sé qué opináis.

De las visitas de futbolistas, de los Reyes Magos o de los primeros niños del año seguiremos hablando en más ocasiones, que tiempo habrá.

¿Qué hago yo aquí?

Os preguntaréis que qué hago yo aquí y es una cuestión para la que no tengo respuesta. Porque en muchas ocasiones me he planteado yo lo mismo, tanto desde el momento en que comenzó en mi cabeza el revoloteo que me llevaba a embarcarme en este nuevo proyecto como en todo el proceso que me ha traído hoy hasta aquí: hasta vuestros ordenadores, hasta vuestros dispositivos, hasta vosotros, los que tengáis la curiosidad de ver de qué va esto. Si leéis “Lo tengo todo aquí”, más o menos os podéis enterar de lo que se supone que va esto. Y digo “se supone” porque no tengo tampoco claro que este proyecto de blog -o blog neonato desde que leéis estas líneas- acabe siendo lo que realmente pretendía ser. Es lo que tiene ser caótica, tener poco tiempo y vivir de los impulsos: que puede que, aunque los motivos sean los mismos, el resultado finalmente sea diferente al esperado.

Intentaré ponerme orden y poner orden y no sucumbir a las tentaciones de plasmar ocurrencias varias con las que ya me pongo en evidencia en otras redes sociales. Intentaré hacer de este punto de encuentro un sitio que me ayude a organizar mis ideas, a compartir dudas, a contar batallitas que pueden servir (o no) a otras personas en circunstancias parecidas (o no). Porque, al final, las experiencias tampoco es que sean planillas que pueden superponerse a otras situaciones y que tengan la misma validez, ni albergo la presunción de pensar que porque a mi, a nosotras, nos ha valido, puede servir al resto. Pero tengo claro que situaciones difíciles o fáciles a las que nos hemos enfrentado, marrones que hemos solventado con mayor o menor facilidad, aciertos y errores que hemos protagonizado y que vamos a protagonizar pueden servir como variable a tener en cuenta por otras personas en otros momentos. Lo que viene siendo compartir conocimientos por si a otros les son válidos, o no.

E intentaré acercarme por aquí con la mayor frecuencia posible pero sin imponerme nada, que estas imposiciones son las que más atan y más cuestan. Será mi sitio de refugio cuando lo necesite, será mi lugar de disfrute, será mi nueva aventura y llevarlo como un castigo no contribuiría a sentirlo así: que es como ha nacido y como quiero que siga.

Esto, más o menos, viene a ser “a propósito de un caso”. Y la utilización de un modismo que oigo a diario a compañeros sanitarios y que no deja de fascinarme… A propósito de un caso se puede aprender tanto… O no.

P.D. Mil gracias a una invitada muy especial que me ha hecho un tutorial a domicilio, me ha animado, me ha corregido y aguantado obsesiones varias. Y al pequeño grupo de amigos que ha compartido conmigo los preparativos y nervios previos a esta aventura. Ya me he lanzado. ¡Alehop! Sigue leyendo