Lo que os hace grande

La fuerza del concierto

Esa noche cambiamos los ordenadores, las mesas, las notas de prensa, las prisas y las presiones por los vaqueros, las zapatillas, las cervezas y la música. Esa noche no éramos el equipo de comunicación (o parte) sino unas amigas que íbamos de concierto. Esa noche compartimos pizza, compartimos saltos, coreamos juntas y desfogamos tensión. Esa noche mis #queridasniñas demostraron que parte de lo que les hace grandes es que trascienden el trabajo, que comparten más que una labor, que se unen por lazos más gruesos que el mero «compañera de curro». Esa noche, como intento siempre, yo era una más, orgullosa de lo que allí viví y de lo que vivo cada día a su lado.

No sé si es muy ortodoxo ir de concierto con tu equipo porque nunca fui a escuelas de gestión, ni sé de liderazgo, ni tan siquiera me había planteado nunca dirigir un grupo tan grande de personas. Igual quienes saben de esto me dicen que no. Pero no albergo ninguna duda de que es fantástico encontrarte con personas que te aguantan, te sustentan, te complementan y se preocupan por ti fuera de terrenos laborales y disfrutar de la compañía de gente a la que quieres. Y de eso es de lo que se trató.

Así que nos unimos todas en una noche mágica, nos unimos a miles de gargantas que desgañitaban letras sin hueco para el olvido. Porque las canciones de Vetusta Morla se corean al unísono, las letras se tatúan en la mente y desde ahí, cuando también han pasado por el corazón y las entretelas, se derrochan a voz en grito, independientemente de si estás en el coche, en la ducha o rodeada de miles de personas. Estos conciertos tienen algo de catarsis colectiva, tienen algo de devota fascinación, tienen algo de dejarse llevar por una música y unas letras que remueven conciencias, que comulgan con tu cotidianidad, que rompen estereotipos, que suenan diferente.

Podría hablar de la fuerza del grupo, de cómo suena en directo (qué magia tiene la música en directo), de la sorpresiva potencia de Pucho, que gana en vivo, o de cómo en esos momentos te olvidas de todo y sólo actúas movida por la fuerza de las notas, por los ritmos de las baterías, por la marea de coros que fluye a tu alrededor. Pero muchos habréis ido a un concierto de estos y sabéis de lo que os hablo. La magia de éste fue la suma de todo eso y de lo que disfruté con Isabel, Lydia, Úrsula o María (y, por extensión, con Estrella, Sandra, Iara o Pilar). Y no era la #hembraalfa, no tomaba decisiones, no me comía la cabeza viendo de qué manera podía potenciar las competencias de cada una, tan distintas, tan complementarias, sólo cantaba, bailaba, saltaba y reía con mis amigas. Y eso nos hace grandes. Creo yo.

Tengo un vicio confesable

Amalgama de música

Seguía dándole vueltas a la entrada de la semana pasada, donde hablaba de la importancia de lo que los niños «beben» en sus casas, en su infancia, para la conformación de su personalidad, cuando recordé uno de los pabellones auditivos que escribí cuando era una plumilla en un periódico local.

Buena parte de la melancolía de aquella época en la que escribía es la que me ha traído a este rincón, que intento alimentar a trompicones, con más deseos que posibilidades; con más entradas en la mente y en la moleskine que aquí, donde tendrían que estar; con más borradores a medio enjaretar que entradas completas.

Y como me ronroneaba aquel pabellón, como no he tenido tiempo de completar ideas incompletas, como he podido recuperar algunos por la ayuda de una buena amiga que ha hecho prospección en los archivos de mi vieja casa, y como tiene cierto hilo conductor con la última entrada, os la dejo aquí, hasta que pueda dejarme caer un rato por estos lares.

Tengo un vicio confesable

TAITE CORTES   15/02/2004

TENGO un vicio confesable: soy una cotilla redomada. Y, entre muchas costumbres más o menos afeables, no hay casa en la que entre sin pararme a escudriñar los cedés que acumulan sus dueños en las estanterías -también me pirran los libros , en los hogares en que los encuentro-. Y es que soy de la absoluta convicción de que la discoteca y la biblioteca de uno dice más de lo que se piensa y se puede llegar a entender algo más -saber todo es pura utopía- de la personalidad del otro si se conocen sus gustos. Pongamos mi caso: tengo mi colección de discos como un tesoro aunque reconozco que la selección es de lo más paradójica porque al lado de todos los de Dulce Pontes -ya confesé aquí lo que significaba para mí – descansa el último de Chano Lobato; y mi Ruibal comparte estantería con Gloria Gaynor o Mago de Oz. Saquen sus propias conclusiones. Pues entre tantos luismigueles, más ubagos o toda la caterva de triunfitos con los que, descorazonadoramente, me llevo encontrando desde hace tiempo en baldas ajenas, hace poco he descubierto un verdadero filón. Llegué a una casa nueva: un amigo de una amiga. Y apenas me paré delante de su mueble y eché una ojeada, me sonreí. Entre mucha buena música -una apreciación personal- descubrí títulos que me llegaron al alma: Un agujero en el cielo, de Esclarecidos, y El arte del sabor, un delicioso disco de Bebo Valdés. No puedo evitar verlo con otros ojos porque para mí la música es un vínculo diferente. Y he comprobado que puedo echar interminables ratos hablando de discos. No sé si, como dijo Rick, éste es el inicio de una gran amistad, pero sí que tengo claro que es un buen comienzo. 

Aquellas semillas que germinan

Ruibal en concierto

No cumpliría los ocho años (igual ni los seis –soy tan mala calculando edades–) pero sus ojos claros y pizpiretos se elevaban cada poco para ver si comenzaba el concierto. De vez en cuando preguntaba a los padres, sentados en la primera fila: ¿cuándo empieza? Y mientras esperábamos –yo estaba allí, al lado– canturreaba descuidadamente las letras de Isla Mujeres, como un juego; una canción que venía grande a su pequeño cuerpo, a su aún poco nutrido vocabulario, a su recámara musical.

No sé si fue por la cara que se me quedó, entre asombrada y admirada, o, precisamente porque no le quitaba el ojo a esta pequeña rubiasca que compartía admiración y cancionero conmigo (quien le ganaba una buena porción de años) que me gané una explicación del padre: «en casa escuchamos mucho a Ruibal y a ella le encanta». Y abundó en que se sabía las canciones de memoria y que ya tenía alguna que otra foto con el artista, al que admiraba enormemente («en lo de la foto me gana», pensé. Nunca he tenido el arrojo suficiente como para pedirla).

Disfrutamos del concierto, separadas apenas por unos metros, y le echaba miradas furtivas. Y no podía más que sonreír al ver cómo seguía, tozuda, deshojando frases de las canciones mientras el maestro nos deleitaba con uno de sus conciertos (que son únicos, que tienen personalidad, que no se repiten, que tienen magia, aunque eso requiere de otra entrada). Y reflexionaba sobre lo importante que para los peques es el ambiente en el que crecen, la cultura de la que se rodean, las inquietudes que sus educadores son capaces de inculcarles, la curiosidad que cada día pueden despertar en ellos. Al final, todas son semillas que logran germinar haciendo personas más ricas, más inteligentes, más curiosas, más inquietas.

Aquella niña tenía edad de Cantajuegos, o de Patito Feo o de lo que quiera que escuchen ahora los niños de esa edad. Pero admiraba a un cantante que puede aportarle ritmos diferentes y mestizos, letras nada encorsetadas y de una enorme riqueza, y matices únicos. Igual a vosotr@s os suene pedante esa precocidad pero a mi me pareció un estupendo legado en la conformación de la personalidad de esa niña. Aunque probablemente me deje llevar por mi devoción ruibalista.

De estas reflexiones también disfruté aquella noche de La Mercè, en septiembre, en una Barcelona que siempre tiene la capacidad de fascinarme, con un Ruibal que nunca deja de removerme por dentro y con amigas con las que echamos risas y gastronomía. Creo que se puede pedir poco más. Y llevo tiempo queriendo contároslo.

Aquella noche en Cascais

El piano se hizo magia

No soy capaz de decir cuántas personas nos dábamos cita en ese hipódromo de Cascais, así que dejemos a un lado lo cuantificable, que nunca fue lo mío. Fuéramos las que fuéramos, vivimos en aquella noche –fría, húmeda– de julio una calidez indescriptible, que nos nacía en las entrañas, nos explotaba en la garganta, nos llevaba a danzar, ignorando el confort que ofrecían las sillas.

Probablemente, aquel concierto de jazz propiciaba una escucha sosegada, sentada, acompañando el compás con unos tímidos repiqueteos de dedos, con un movimiento rítmico de los pies. Probablemente, eso era lo que habían previsto los organizadores. O no. Pero lo que encontramos no fue nada de eso porque Jamie Cullum no es jazz, no es sólo jazz, no puede encorsetarse. Es música. En mayúsculas, con su tilde y con todo el respeto que despierta esta palabra y todo lo que significa para muchos, que no para todos.

La música puede hacer cosas increíbles: puede emocionar hasta la risa, hasta las lágrimas; puede arrinconarte en la melancolía o alegrarte la jornada, puede hacerte bailar y botar. Porque la música arrastra y cuando un músico de la talla de Cullum, tan pequeño, tan aniñado, hace de su piano un epicentro sísmico, consigue arrastrar a la multitud a paraísos soñados. Y ya no eres tú dueña de ti. Formas parte de ese universo único que dibuja con su maestría, con su voz, con su impecable ejecución, con su manera de sentir la música. Las notas, las escalas imposibles, los ritmos frenéticos, te toman, te llevan, te elevan, sintiendo cómo formas parte del todo, de esa comunidad, en esa noche mágica.

Y suceden momentos únicos, que paladeas en el momento, que guardas en lo mejor de tu memoria, que recuperas en ocasiones como hoy. Momentos en los que miles de voces son capaces de unirse en las mismas notas, en la misma armonía, en la misma voz. Momentos que hacen que sientas que aquella noche, en aquel sitio mágico, acompañada de personas especiales, viviste algo único que hizo que tu corazón se acompasara con los demás, que siguiera latiendo eufórico aún acabado el concierto. Y te hiciera recordar por qué merece la pena cruzar media península si el objetivo son ratos de felicidad. Aquel sí que fue un buen comienzo para unas vacaciones.

Os dejo en este vídeo el que, quizás, fue el momento más especial de todo el concierto. Llevo ese oh oh oh grabado en el pabellón auditivo, en la mente, en la retina, en las rodillas, en el paladar.

 

Canciones y amigos

Hay pilares que sustentan tu vida, siempre en tenguerengue, siempre veloz. Hay algunos que se comportan como esa suerte de red que soporta tus caídas y te protege de males mayores. Para mí uno son mis amig@s, de los que tiro cada vez que tengo dudas y me lleva la zozobra y para los que procuro estar cuando echan un silbido (o cuando no lo hacen pero intuyo o sé que lo harían). Llevo unos días reflexionando sobre esto por ciertas vivencias que he tenido y he recuperado de la memoria y del baúl de cosas escritas, este Pabellón Autidivo que escribí por estas fechas pero hace como siete años. Aquí os dejo reflexiones pescadas en el tiempo pero que seguiría firmando, aún no siendo la misma que lo hizo entonces.

Sensaciones Compartidas

Intentó rescatar de su memoria aquella melodía pero resultó imposible.Canturreó persistentemente y rebuscó en cada rincón de su mente algún resto de la canción; y nada. ¡Había significado tanto para ella hacía sólo unos meses! «No sería tan buena», concluyó. En un arranque de tenacidad, localizó el disco entre sus estantes y lo reprodujo tan sólo para reafirmarse: «¡Aquel tema era bueno, joder!». Pero ya no le convencía: la música era endeble, las letras, simples y el conjunto, desalentador. No se apenó más de lo necesario porque es inevitable que haya canciones de temporadas, novedades en las que se ponen determinadas ilusiones y que acaban defraudando, y de qué forma. Por contra, hay otras que entran en la vida de uno con timidez, con cierta modestia, pero acaban afianzándose. Las hay buenas, enormemente buenas, pero a las que circunstancias de la vida obligan a dejarlas en la cuneta. Y ésas sí duelen.Y están las canciones importantes, las con mayúsculas, temazos que conforman el cancionero de tu vida, la melodía de tu memoria y la banda sonora de tu bagaje. Son ésas a las que siempre recurres porque siempre están a mano -puede que hayan estado rachas de tiempo olvidadas en la discoteca-; las que evocan recuerdos, las capaces de reconfortar, las que han marcado etapas; las que tarareas casi sin pensarlo. «Al final las canciones son como los amigos», filosofó ella.Y hoy sé que no le falta razón. Porque el resultado de lo que somos se debe a unas y otros, a lo que escuchamos y compartimos.A pesar de que no siempre seamos capaces de reconocerlo.

Música terapéutica

Hubo una época –que se me antoja en otra dimensión aunque apenas hayan pasado seis años– en la que daba rienda suelta a mis mapas de ideas musicales en unos pequeños artículos de opinión mancomunados en Diario de Cádiz. Tenían el sugerente nombre de «Pabellón auditivo». Eso era cuando me reconocía como redactora, cuando aún no me había pasado al lado oscuro, que es lo que entiende parte de la profesión que significa trabajar para la Administración o un organismo.

Os contaba que hubo una época en la que tenía la aspiración romántica de ser redactora –siempre escrito, siempre en papel- aunque con la rareza de que nunca pretendí ganar un Pulitzer ni desgranar grandes historias y exclusivas, mi aspiración era estar en la calle, aprender de las historias del día a día y beber de esos temas que siempre me han estimulado. Toda esa inocencia se rompió mucho antes de huir hacia mi recientemente descubierta vocación y, como siempre que se quiebran sueños, hay un personaje gris y ruin de por medio que, como jefe, no sólo no estimuló mi entusiasmo sino que fagocitó mi energía. Pero ésa es otra historia.

Así que los «Pabellones auditivos» eran una vía de desfogar mi necesidad de contar, aquella que me llevó tras los pasos del periodismo y ante el ordenador de un periódico; eran una excusa con la que poder escribir con cierta libertad y de un tema que me apasionaba. Abordaba temas variopintos, desde perspectivas diferentes, con el hilo conductor de la música. ¡Qué buen aliado! Hace unos días me acordé de uno de ellos y os lo he querido traer (lo que ha sido posible gracias a la ayuda de Tamara García, compañera del Diario).

En ocasiones releo artículos que escribí entonces, y que amarillean amontonados en mis estanterías, y casi no me reconozco en las palabras dejadas con más esmero que brillantez. Y me sorprende que muchos de ellos no hayan perdido actualidad, que puedan leerse hoy como entonces, que sean atemporales o traten temas que son cíclicos y recurrentes. Será que las historias se repiten, que nada se inventa, y que los sentimientos, las emociones, las canciones y todo lo que nos llega tiene ese halo de imperecedero que hace que hoy, siete años después, vuelva a suscribir mucho de lo que escribí entonces.

Intentaré traeros de vez en cuando estos pabellones auditivos, si no os molesta el momento «revival». Y no porque me falten las ideas, que cuando una tiene incontinencia verbal suele ser también escrita, sino porque forman parte de una época de mi vida que, a pesar de todo y de todos, supuso para mí el despertar a la profesión y la maduración incipiente de quien se acerca a un oficio. Y de la que, a pesar de todo y de todos, guardo un buen recuerdo y mejores amigos. Así que aquí os dejo uno de ellos, no necesariamente el primero pero sí el que me vino a la memoria el otro día.

Balizas para mi alma   23/03/2003

Cada uno echa mano de lo que puede para capotear temporales. Y como una parte de estos instrumentos conciliadores surge un manojo de canciones terapéuticas que se asoman en determinados estados de ánimos como una baliza que indica la entrada a puerto. En arranques de melancolía, cuando duelen las aristas de la tristeza (homenaje), no hay nada como poner un CD de Gardel -de esos que suenan a vinilo- arrancar las lágrimas enconadas en el alma y quedarse como nueva. El desnudo drama de «La cieguita» puede llegar a ser de gran efectividad. En estados de abatimiento, en esas mañanas ralentizadas en las que cuesta tanto trabajo arrancar, no hay nada como un buen ‘chute’ de «Levantito»: la canción del mismo nombre de este efímero grupo tiene fuerza suficiente para acabar con la desgana. «Velha chica», de Dulce Pontes con Valdemar Santos, es una infalible mano que me acuna cuando busco el relax, cuando necesito templar nervios y devolver al baúl en el que estaban los sentimientos y las palabras de reproche. También es una buena solución en casos de rebelión e impotencia «Un bel di vedremo», cantada por la soberbia Callas, todo un ejemplo de armonía que reconcilia a cualquiera con lo que le rodea. Hubo un tiempo en que «Vendrán días», de Manolo García, era una puerta a la esperanza, cuando el pozo era bien profundo. Y cualquier canción de Javier Ruibal viene bien a cualquier momento. Pero de entre todos destaca el salvavidas con mayúsculas, en cuya letra y en cuya música -vitalistas y medio chulescas- me apoyo en los momentos más inciertos: «I will survive» -siempre cantada por Gloria Gaynor-. Y es que, señores, yo ¡sobreviviré! 

 

Y me hice de La Canalla

Yo no tenía ni que estar en la Fnac pero, como tiene ese imán que me llama a buscar cualquier fruslería, de las que siempre tengo en la recámara de los antojos, hice escala en la tienda. Mi destino ese día era la música, pero no la música con la que me encontré. O eso creía yo.

Ese día era «El acontecimiento», Poveda cantaba en la Bienal de Flamenco, y todos: puristas y rompedores, flamencólogos y nuevos aficionados, se daban cita en La Maestranza deseosos de comprobar qué espectáculo se traía el cantaor en la chaqueta. Ésa era también mi cita (yo no soy ni lo uno ni lo otro, una simple curiosa musical) O eso creía yo.

Hoy (hace un año casi) no recuerdo qué fui a comprar ni si me lo llegué a llevar porque hoy (hace un año casi) sonrío al recordar que entré en la Fnac aquel día y, sin pensarlo, sin preverlo, sin pretenderlo, me encontré con La Canalla.

Bueno, realmente me encontré con esto que veis: un grupo de músicos apegotonados y tres colaboradores de excepción que cortaban jamón y lo repartían a los que nos agolpábamos en la pequeña sala. Pero un grupo que hacía una música distinta, que derrochaba frescura, que sonaba diferente, que no es poco en los tiempos que corren. Me llevé el disco, me fui al concierto de Poveda, desgasté el disco de escucharlo. Y me hice de La Canalla.

Anoche volví a ir de concierto con ellos y volví a sentir todo lo que descubrí aquel día, hace ahora casi un año. Puede que, como ayer, los acordes que había escuchado en el disco (y casi había memorizado) no se reconozcan tal cual en el directo. Porque en vivo, la música fluye, los solos de trompeta se desdibujan y vuelven a dibujar, las piezas a piano se acompasan y aparsimonian, y las genialidades de Chipi salpican momentos en que la magia de la música te envuelve sin más. Porque La Canalla es improvisación, es fuerza, es diálogo, es diversión. Es sentir que la música es algo que te hace dejarte llevar (por el universo infinito de las cosas), que te empuja a dejarte llevar.

Y lo que queda es la poesía; a veces absurda, a veces capaz de rozarte el alma. Y las palabras, seleccionadas primorosamente por un amante de las letras que las va engarzando en un abalorio rico y colorido que te hace reencontrarte con ese gusto por el contenido, más allá de la melodía. Pero también queda la melodía, la música, variada, diferente, mixta capaz de emulsionar el jazz con la copla con el tango.

La Canalla es difícil de catalogar, precisamente porque huye de corsés, porque se aleja de los clichés, porque no tiene que ver con nada, ni con nadie. Por eso ha supuesto un soplo de aire fresco en mi discoteca, en mi ipod, en mi vida. Hace casi un año que me hice de La Canalla. Y ayer los volví a disfrutar para celebrarlo. Y hoy quería contároslo.