Anatomía de un instante

Foto 24-3-15 10 58 19Bajaban atropellados, entre pitos de los coches que se iban formando cola justo atrás. Hacían recuentos de plumas -enormes plumas- y tambores -de todos los tamaños-, con toda la prisa de una mañana de sábado, con todo el entusiasmo de su juventud. Y no era una cofradía del Mardi Gras, ni aquello era Nueva Orleans. Pero era a lo que más se asemejaban esos cincuenta chavales que portaban grandes plumas y tambores bloqueando el tráfico.

Entre calabacines y legumbres, una gaita tapaba el bullicio y atenuaba las ventas del mercadillo ecológico. Sus notas tenían algo de rústico que casaban bien con los puestos y la mercancía, con la vida que conlleva comerciar cuando se hace con los preceptos de siempre, ofreciendo lo mejor de cada tierra. Al final era todo primario: los trámites y la música, y el deleite de compartir a la vez las dos experiencias, que resultaron ser complementarias sin proponerlo.

Un viejo rolls pasaba por donde apenas un segundo antes un autobús bloqueaba la circulación. Dentro viajaban todas las ilusiones, igual caducas, igual con fecha de caducidad, que visten de tul y se acompañan de flores. Quien sabe qué piense ahora esa novia, o el conductor que ha llevado ya cien veces a otras tantas novias y a otras tantas ilusiones. Para él no es más que rutina, para ella era lo extraordinario, ese momento que ha soñado tantas veces, desde niña, si es que alguna vez fue una de esas niñas que alimentaban su imaginación proyectando ese momento en que llega al altar. Quien sabe.

Y mientras removía el azúcar en el café, aún con sueño, la chica de los rizos pelirrojos que desplegará más tarde el periódico fija la mirada en la nada. La realidad de las noticias que esperan a salir del papel que hay en su mano contrasta con la de su cabeza. Ésa es otra. Sus pensamientos desmenuzan los mecanismos del deseo y cómo éste enfoca y desenfoca personas en tu vida de una manera tan irracional y hasta caprichosa. Y lo hilvana -las cosas de los pensamientos- con esos paréntesis que se abren y se cierran en tu vida sin tiempo a que quepan siquiera ni unos puntos suspensivos.

Cualquier cineasta habría seguido estas historias, que terminarían o no entrelazándose y dando lugar a desenlaces soprendentes donde la protagonista es más la serendipia que las historias en si. Las casualidades terminarían haciendo confluir las vidas, manejadas desde algún sitio con un hilo invisible. Cualquier escritor habría imaginado qué ocurrió a partir de ese punto, qué vidas más o menos novelables, más o menos narrables, se esconden tras cada uno de ellos. O no. Igual la historia es sólo esto: la magia que alberga la vida. Toda la vida que puede albergar un solo instante de una mañana de sábado. Y un periodista igual solo aspiraría a contar esa vida, en ese momento. Sin más. Ni menos

Los viejos principios nunca mueren

Esto sí que es un clásico«Habla sobre comunicación externa, pero una aproximación clásica». Con semejante encargo (el que me hizo Joan Carles para el curso de Dirección de la Comunicación de la EASP), estuve viendo la manera de contar los principios básicos de la comunicación y sobre todo de la que una institución sanitaria tiene que proyectar al exterior.

Uno de los pilares básicos, si no el más importante, que tiene que regir esta labor es la credibilidad. Es la base de prácticamente toda comunicación pero se acrecienta su necesidad cuando se tiene la vocación de ser fuente oficial de información. Por un lado, es lo que corresponde a una institución sanitaria: ser la referencia informativa para el espectro de los medios de comunicación  y, a la postre, de la ciudadanía; pero es que, sobre todo, es una de las facetas fundamentales que ha de desarrollar como autoridad sanitaria. Y esto no cambiará por mucho que evolucionen las maneras de comunicarse, por mucho que llegue la bidireccionalidad y la premura que imprimen las redes sociales; lo que constituye precisamente uno de los peligros que se ciernen sobre este valor: no siempre casa bien la inmediatez con el rigor.

La credibilidad es un bien intangible que se teje a base de años de confianza, de rigor, de rigurosidad, de eficiencia (si, la comunicación también debe ser eficiente o si no, se torna en ruido). Es un don que el otro te otorga a ti como reconocimiento a una trayectoria. Pero es tan difícil de ganar como fácil de perder: basta un traspiés, una mentira, una falsedad, un dato mal dado, una acción desmesurada… para que se te despoje de esta condición y te halles en una situación irreversible. Ya nada de lo que digas o hagas tendrá validez y tu papel como institución habrá perdido una de sus más importantes facetas.

Día a día tienes que pelear por mantener intacta esa credibilidad y eso se consigue con el trabajo de la institución, básicamente, y también de quienes se dedican a la comunicación. Sólo con credibilidad es posible que te reconozcan como fuente de información oficial que cuenta con todas las garantías de rigor, de rigurosidad, de verdad y de interés público. Y de transparencia: porque el oscurantismo, no dar respuesta, ser opaco en la manera de hacerlo, denosta a la institución y merma esta credibilidad. Y de mesura, añadiría, porque una respuesta desproporcionada abunda en la misma línea (eficiencia).

Es interesante la aproximación que hace el Informe Quiral sobre el abordaje del tratamiento mediático del ébola en su edición de 2014 y abunda en que «la pérdida de confianza en las autoridades puede llevar a la población a un estado de alarma peligroso». Hay algunos ejemplos (de los que costó mucho remontar) de cómo una institución puede perder la credibilidad y, con ello, cundir la alarma, impedir el control de la situación y desbordar al sistema. La gestión de la crisis de la meningitis C en Madrid en el 97 es una de ellas, y uno de los ejemplos que más estudiamos en gestión de la comunicación en crisis para aprender justo lo que no hay que hacer.

Sobre la credibilidad en general y sobre el papel de las instituciones como fuente de información en otra sonada crisis (más mediática que de salud pública), la de la Gripe A, realicé este análisis enmarcado en los trabajos de Doctorado (que nunca acabé) y que me parece interesante compartirlo hoy aquí porque a pesar del paso del tiempo y del desfase de algunos conceptos: los viejos principios nunca mueren, aunque cambie la manera de comunicar.

Fuentes en la comunicación en Salud (gripe A)

Coge mi mano

Espiral con salida. Viaje a Sintra

Espiral con salida. Viaje a Sintra

Yo te presto mi sonrisa, si es lo que te hace falta. Yo te contagio mis fuerzas, si es lo que necesitas. Yo te regalo mi tiempo, mi determinación; no la que me sobra, no; esa que tengo para mi y a la que me agarro cada día… Dime qué más puedo hacer, dime. Dame una señal que me oriente a cómo ayudarte. Grítame, llórame, enfádate conmigo. Pero no me pidas que siga así; sin alargarte la mano y viéndote caer; sin abrazarte y hablarte, mientras desenvainas espinas; aguantándome palabras a la vez que secuencias silencios.

No soy capaz, no me lo pidas. No puedo más, no me reiteres. No sigas dejándome a un lado, que ya no te voy a echar cuenta, ya lo he hecho más de lo que debía. Porque la única certeza que me ha acompañado en la mayor parte de mi vida ha sido la de que caminabas conmigo. Y la de que yo lo hacía a tu vera. Y sea lo que sea lo que tengamos que hacer, que también esta vez lo hagamos juntas; como otras tantas veces, como siempre.

Ni sueñes con que voy a desistir; no ya de seguir aquí y esperar a que reacciones. No. Voy a ser proactiva, voy a zarandearte, a interpelarte, a buscarte. Porque no puedo con este dolor: el tuyo y el mío; más el tuyo que el mío o igual el mío no es más que saber la dimensión del tuyo. Porque soy incapaz de seguir de brazos cruzados mientras hablas sobre -y te dejas abrazar por- desiertos que no tienen fin.

Ya sabes: «no dirán que no lo intentó, la desgraciá». Así que prepárate porque esto no ha acabado aquí. ¿Que treinta años no es nada? No ni ná. Pero sí necesito que cojas mi mano. Como siempre. Y como yo he cogido la tuya. Como siempre

Molinillo y parálisis

El día en que compré Sueño

El día en que compré Sueño

Las personas a las que admiro me producen parálisis. Nunca sé qué decir, cómo reaccionar, cuando me las presentan, cuando me enfrento a ellas; y a fuerza de no querer parecer lela, acabo siendo la peor versión de lo que pudiera ser. No puedo evitarlo. Mi mente funciona a destajo, buscando algo interesante que decir, desdeñando todas las patochadas que relampaguean, plantando en mi cara una sonrisa estúpida y desordenando mis reacciones.

A Ruibal lo entrevisté cuando trabajaba en Diario de Cádiz. Ya hacia tiempo que su música acompañaba mis días, ya llevaba años alimentándome de su poesía y acompasándome de sus ritmos. Ya compraba, devota, sus discos, apenas salían. Así que a Javier Ruibal lo entrevisté cuando trabajaba Diario de Cádiz. Y frente a Ruibal desplegué la mejor de mis parálisis (que aún hoy perdura).

Apenas si pude articular las preguntas, preparadas. Porque era un Molinillo, y aún ahora, si tuviera que explicar a alguien en qué consistía el Molinillo, creo que no sería capaz de disponer de un argumento convincente. Podría defenderme de un primer asalto de mi interlocutor y asegurar que en esta inconcreción no cabe ni un resquicio de improvisación; o sea, que no es que se dejara todo a una suerte de frenesí de última hora; pero mentiría porque algo del vértigo de no llegar también había. Pero, sobre todo, mi incapacidad para definir esta sección (que se publicó en Diario de Cádiz allá por el 2002) radica en que el concepto del Molinillo se atenía a unas claves que Tano Ramos (el que lo gestó y parió y que contó conmigo como firma alterna) y yo teníamos bien interiorizadas, aunque no fueran explícitas. Algo como «lo tengo todo aquí».

Coincidíamos en que tenía que ser una entrevista diferente a gente diferente. Y por ello huíamos de los “portavoces incondicionales”, aquellos que siempre llenaban las páginas del medio en cuya plantilla nos incluíamos. Sólo dos políticos encontraron un hueco entre nuestro desquiciado elenco de invitados junto al entonces entrenador del Cádiz, a letrados, a voluntarias, arqueólogas, profesores, músicos… Todos tenían un nexo común: se descontextualizaban en parte de lo que eran y representaban y se vestían con un traje de ciudadano que opinaba de la actualidad, que exponía su criterio sobre lo que acontecía a su alrededor.

Así que Ruibal fue uno de los elegidos, por músico, por gente diferente. Porque si. Y en esa descontextualización como ciudadano hace gala de la coherencia y el compromiso que aún hoy, trece años después, le caracteriza; si acaso (ahora) agudizado por la pátina del tiempo, por la experiencia de la madurez; por la vida. Y asombra la vigencia de muchos temas, trienios después.

Podría volver a contar lo que la música de Ruibal significa para mi, pero ya lo he hecho aquí, aquí, aquí. Y no es plan de ponerse empalagosa. Ni caer en lo patológico. Sólo que, aprovechando que esta semana celebra 35 años en la música, aprovecho yo para recuperar esta entrevista, para asombrarme con la actualidad de los temas, para reivindicar al músico y a la persona. Incluso para recordar lo que fui.

Entrevista en Diario de Cádiz. Nociembre de 2002

Entrevista en Diario de Cádiz. Nociembre de 2002

Búsquedas sin afán

Amor encadenado @Taite Cortés

Amor encadenado @Taite Cortés

Igual ni existes, por eso es tal vez que no te busque con tanto afán. Ni para siempre, ni imprescindible. Puede que a fuerza de mitificarlo hayamos terminado por tenerlo como un imposible. O tal vez, sólo tal vez, sea todo un postureo protector, una pose; si, una pose; una coraza tejida de encogimientos de hombros, de lágrimas, de decepciones, de renuncias. No sé.

Igual ni existes. O al menos como me gustaría a mi. Sin anclajes pero rebosante de lealtad. Sin propiedades ni pertenencias pero tan complementario como natural. Sin artificios, con sonrisas al despertar; sin presiones, con siestas improvisadas; sin dependencia, con espacios propios y silencios a medias.

Ni mío, ni tuya. Sin acaparar horas, sin fagocitar espacios, dejándote estar, dejándome fluir, encontrándonos en ese hueco donde somos mejores porque lo podemos compartir; en esa intersección de conjuntos que nos permiten disfrutar del nosotros sin dejar de ser tu, sin dejar de ser yo. No quiero que a fuerza de noches obligadas deje de sorprenderme con la tibieza que desprende tu nuca.

Igual ni existes. Quien sabe. Igual no. Igual por eso no espero, no busco, no propicio. Porque hay oleadas que han de ser contenidas, cuando la entrega sólo se entiende de una manera; cuando estar es darse sin más, en esto como en todo; cuando no hay medias tintas ni estatus desdibujados.

Y sigo sin ti y no por ello menos yo. A pesar de todos. Y mientras llegas, o no (porque igual ni existes) me hago fuerte en mi vida, en mis silencios, en mis momentos, en mi soledad, que es firme, que es dulce, que es cómplice.

Sin para siempres pero sí todo para este ahora, para este todo ahora, que hay que beberse a sorbos.

Igual ni existes por eso no te busco con tanto afán. La suerte sería que terminaras encontrándome.

La música esdrújula

Vetusta Morla en #nosinmusicaNo sé qué fascinación ejercen sobre mi, ni por qué. No sé si es la musicalidad, la robustez, la longitud, la tilde… Si pudiera, hablaría sólo en esdrújulas, a riesgo de ser pedante. Y de limitar mi vocabulario a sólo unas 600 palabras. Que a ver dónde cuelo yo un tetragrámaton o un carpetovetónico, sin que me tomen por loca.

Las esdrújulas son como un canto de la acentuación, es la fuerza del acento la que determina la palabra y nos hace resbalarnos sin vértigo desde una cima silábica. He amado en esdrújulas (romántico, también patético, escéptico, cómplice…), he flirteado en esdrújulas (sarcástico, humorístico, sin cópula) y me he carcajeado en esdrújulas.

Me pueden, me ganan, me arrollan, me divierten, me asombran. Exactamente lo mismo que me ocurre con Vetusta Morla, ese grupo que es capaz de poderme, de arrollarme, de divertirme, de asombrarme… Y más: de hacerme gritar hasta la ronquera canciones cómplices, de bailar al centímetro sones lunáticos, de sentir y desgranar cada frase, que tienen algo de caóticas, que tienen algo de cálidas.

Y todo lo que no tiene todo el sentido que le buscamos a las cosas acaba encajando. Y pensamientos que habías escuchado formando parte de un todo, tienen sentido sólo por si. Y canciones que cuentan las emociones de otros acaban siendo tus himnos personales en momentos puntuales, canciones que acabas asociando a personas a las que quieres, a momentos que disfrutaste, incluso a los cínicos que dejaste atrás.

Y termina siendo catártico. Cantar así, bailar así, botar así, fluir así… Las palabras que antes te han tocado el corazón, rebotan ahora y salen escupidas, con fuerza, con liberación, al son de la percusión, de la mano de la fuerza de la voz de Pucho. Y termina siendo eléctrico, dejar que tus pies se muevan, salten, al son de la percusión, al vaivén de las otras miles de almas. Y termina siendo romántico, por qué no, que uno de tus grupos de cabecera, ése que has visto a éste y al otro lado del océano, ése que has memorizado epidérmicamente, termine cantando en tu casa, en tu muelle, en tu mar, en tu noche de julio, uniendo lo áureo y lo doméstico.

Maldita Dulzura, El hombre del saco, Lo que te hace grande, Cuarteles de Invierno, Copenhage, Rey sol, La deriva… Tantas y no todas, nunca suficientes pero sí las necesarias. Sudadas, cantadas, arrolladas en una cálida noche. En casa.

#nosinmúsica! No, por favor. Porque las palabras que no existen nos puede salvar. Y porque las que existen, nos atrapan. Porque la música que nos llena, nos salva seguro. Porque voy a hacer en tu honor inventarios de pánico. Porque lo que anoche vivimos tiene mucho de desorden milimétrico. Porque la música es esdrújula, también. Y mágica, y catártica, y epidérmica.

O no…

¿Seguro?

¿Seguro?

La vida sería más fácil con certezas. Me llevaría a paso firme hacia donde quiera que vaya (que tendría claro) sin desasosiegos, y no con este dudar constante, este cuestionamiento sin final que teje y desteje realidades como una penélope de andar por casa. La vida sería mas fácil con departamentos estancos donde todo está ordenadito y etiquetado, dejando al alcance de la mano lo que eres, lo que quieres, lo que piensas; que necesitas una ración de argumentos categóricos, pues los sacas del cajoncito donde los tienes tan claros y ordenados que da miedo; que tienes que tirar ahora de una de decisiones, pues los localizas en el de al lado, en el que están aquellas que se toman sin titubeos.

Siempre he envidiado en cierta manera (todo en mi tiene matices, pardiez) la labor de las esteticistas. Cada limpieza facial es un protocolo inamovible: limpieza, exfoliación, apertura de poros, extracción, tónico, masaje, mascarilla, recogida y a su templo; cada masaje tiene pasos estipulados y movimientos secuenciados. Esa liturgia tan milimétricamente pautada resulta un maravilloso salvavidas: el de saber en todo momento qué tienes que hacer y qué va a pasar. ¿Cuántas veces bajo la mascarilla añoraba esa seguridad? Las antípodas de lo que soy; y de lo que hago, donde las decisiones forman parte del día, en segundos, condicionadas, presionada… ¡Quién tuviera un puñado de certezas para este susto o muerte!

Y es que no hay otra. Cuando se dio el reparto de seguridades debí de andar aprendiendo cabuyería u orientación por las estrellas, competencias en las que soy ducha pero que nada me sirven para desasosiego cotidiano de no saber, en este continuo «o no» que me acompaña desde que era niña. ¡Si es que hasta para lo más pequeño! Esta semana leía a Risto Mejide hablar de su canción favorita de Sabina. ¿eso existe? ¿Y cómo puede? Yo podría quedarme con un quinteto de ellas, no sin cierto trabajito. Pero hoy no sabría determinar cuál es mi canción favorita de Sabina. O de Ruibal. Ni siquiera un puñado de películas preferidas, que me dejarían en el ahogo de abandonar otras por el camino.

Si, ya sé que la vida es decidir. No soy una ilusa, no; no escurro responsabilidades, tampoco. Sólo que el camino no es fácil, no es cierto, no es claro, no es premonitorio, ni siquiera intuitivo, no es banal. Y envidio a todas esas personas que tienen todo tan claro… hasta en lo más pequeño (o no) como cuál es su canción favorita de su artista (igual también favorito).

Hoy me ha vuelto a pasar leyendo (qué cosas, la mayoría de las las inquietudes me llegan leyendo) una entrevista en Diario de Cádiz donde el personaje, un político (o ex-político) se definía con una facilidad pasmosa, se encasillaba hasta en cinco etiquetas que le describían (o le describirían, condicionémoslo, para no perder la costumbre) a la perfección en distintos aspectos de su vida, en su pensamiento, en su biografía. ¿Sería yo capaz de etiquetarme? Definitivamente no (¡anda!, ¡una certeza!) y menos con rótulos tan gruesos como «reformista», «socialista liberal» o «filósofo crítico», que llegué a leer. Si acaso, podría definirme en unas vacuas obviedades como mi gentilicio, mi lugar de playeo o incluso mi rubia condición, tan condicionante ella.

¡Si es que hasta escribiendo dudo! Mido, sopeso, intercambio, pruebo palabras , hago, deshago; escribo, «des-escribo»… consciente de que hasta estas pequeñas decisiones determinan lo que realmente quiero decir, de que son éstas un valioso instrumento que tampoco puede tomarse a la ligera.

Dice mi amigo Fernando, con quien reflexiono a veces, que su única definición es que es del Atleti ¡Cómo no será nuestro cinismo! Y yo sólo sé que me bandeo como puedo en un mar de dudas del que salgo en contadas ocasiones para tomar aire y volverme a sumergir. Definitivamente, la vida sería más fácil con certezas. O no…

P.D: Visto lo visto, y como formaría parte de ese quinteto, creo que va tomando forma la canción de «Sin Embargo» como la que podría dar como favorita… O… espera…

Sin piedad

Escultura en el Museo de Miami

Escultura en el Museo de Miami

La vida es también medirse: sin más vara que la que tú te has confeccionado, distorsionada, atroz. La tuya es la más dura de las varas, la más exigente de las pautas, la más intransigente de las percepciones.

La vida no es más que medirse: ser consciente de hasta dónde puedes llegar, conocer tus límites (y no es sólo en lo profesional). Hasta que no estés allí no sabrás que ése es tu nivel de incompetencia; en el caso de que seas capaz de identificarlo.

Medirte es una tiranía autoimpuesta en la que eres verdugo y castigado, en la que no hay margen ni piedad: «yo tengo que poder con esto» aunque te tiemblen las manos y el alma, aunque el vértigo te lleve al filo de la claudicación, aunque hipoteques tu vida en el intento. Sin saber si realmente hay un sitio en el que parar; una pared en la que poner el pie y rebelarte o si en medio de un reto suena un silbato que te avisa: «ya es suficiente». Fin del partido.

Los que cuestan son los retos que nos imponemos nosotros y la que machaca es la soberbia de no reconocer las derrotas, ni asimilar e integrar los errores, que no dejan de ser parte de tu aprendizaje. Son los errores, los que se tatúan en tu memoria y te llegan a mortificar, cuando no son los que te agarran de los tobillos, te bajan de allá donde te encuentres, recordándote tus limitaciones. Son los errores una parte tan importante de lo que eres como lo son los aciertos: el yin y el yan; la dicotomía que te hace crecer y evolucionar en la alegría y en la tristeza, en la prosperidad y en la adversidad. Siempre que tengas un atisbo de humildad, el justo para reconocer que tú también te equivocas.

Y hay errores que duelen más que otros: los que conllevan hacer daño a las personas que quieres, perjudicarlas de alguna manera. Esos pesan, se pegan a la chepa, se agarran a la almohada, te abocan al desvelo cuando la responsabilidad no se limita a tu ámbito sino al más allá, cuando hay quienes dependen de ti, cuando te han encomendado intereses ajenos. Pero estos errores que se pegan a la chepa y que te jalan de los tobillos no pueden atarte para siempre, dejarte clavado al suelo, sin permitirte dar ni un paso nuevo, no ya volar. No pueden invalidarte ni bloquearte porque te hayan desprovisto de un plumazo de todos los puntos que pudieras conseguir en esa exigente medición a la que te sometes

La vida no es más que medirse. Aflójale tantito.

Emergencias entre centímetros cúbicos

Menuda tropa (la periodista, el policía y el  ekeko)250.000 personas en un mismo recinto. Tres días intensos bajo el sol, con bebidas, comidas y centímetros cúbicos. Moteros que se desplazan desde todos los puntos de España y Portugal. Corredores de alto nivel que se la juegan entre las curvas. Esto y mucho más es el Gran Premio de Motociclismo que se celebra este fin de semana en Jerez.

800 personas componen el dispositivo de seguridad del Gobierno andaluz que velan porque nada ocurra en este fin de semana de locura y revoluciones, de las que más de 500 son sanitarios. Todo está previsto, planificado y testado en un plan de emergencias que se anticipa a los posibles riesgos que tal aglomeración de personas puede acarrear, que detecta las áreas de riesgo y establece los protocolos a poner en marcha en caso de que ocurra (ojalá que no).

Y tanto en la planificación como en la ejecución cobra un papel fundamental la comunicación, y así es cómo se ha trabajado en este caso en particular, donde tuve la oportunidad de trabajar en el diseño e implantación del de este dispositivo. A propósito de un caso.

El Plan de Emergencias Sanitarias del GP de Jerez se enmarca en el Plan de Emergencias de Andalucia, que establece los distintos niveles de activación (según la gravedad y dimensión de la emergencia) y afianza los mecanismos de coordinación entre las entidades implicadas (tanto si son ayuntamientos, gobiernos autonómicos y central, como si hablamos de cuerpos de seguridad -Policía, Guardia Civil- u otros servicios sanitarios); está dirigido por el 112 Andalucía.

Este Plan de Emergencias es el marco en el que se articula la coordinación de los servicios sanitarios de la provincia (Empresa Pública de Emergencia Sanitaria, Servicio Andaluz de Salud, Delegación Provincial de Salud y hospitales concertados) que trabajaron conjuntamente en la elaboración del Plan de Emergencias Sanitarias en unos meses de labor colaborativa y enriquecedora que permitió primero un documento y después su implementación bastante ejemplar. Desde el triaje a las derivaciones según gravedad, la clasificación de los centros de primaria y hospitalarios para dar respuesta a los requerimientos, los traslados intercentros, la necesidad de que ese fin de semana la ocupación de los hospitales sea menor para poder dar respuesta… todo está recogido en ese plan que valora todos los posibles riesgos a los que nos podemos enfrentar.

El Gabinete de Comunicación de la Delegación Provincial de Salud (servidora por aquel entonces) estuvo desde el primer momento en las reuniones de elaboración del Plan y esto fue fundamental en dos aspectos: conocer al dedillo todo el proceso y los protocolos (en caso de emergencia no se puede tener dudas) e integrar la comunicación en toda la cadena, desde el inicio al final. No vamos a contar el plan completo, no es plan. Pero sí algunas acciones básicas a tener en cuenta.

  • El Plan de Emergencias está activado durante tres días por lo que tú estás activada durante tres días sin descanso (que se lo digan ahora a Isa) y sin posibilidad de desconectar; en caso de que ocurra algo, vas a ser la primera persona a la que acudan los medios de comunicación y a la que busque la organización.
  • Estar activada todo el puente no significa tener que esta continuamente dando información a cuentagotas, sobre todo si no es trascendente. Cuando llegué a la Delegación, los medios preguntaban a demanda por los accidentes en carretera y estábamos todo el día buscando a heridos en los hospitales, con la consecuente molestia a los profesionales que tienen que estar continuamente recabando la información. Se estableció un protocolo para el parte de incidentes con dos cortes diarios, uno por la mañana que permitiera cubrir los boletines para las radios y los informativos de mediodía de la tele, además de los digitales; y uno por la tarde, al final del día, que resulta útil tanto para los informativos de la noche como para los matinales de la radio. Salvo incidencia grave, los medios ya saben que tienen que adecuarse a esta dinámica y funciona (con alguna excepción, como siempre) de manera que no tenemos que estar todo el día interrumpiendo la labor asistencial.
  • Referencia a quienes te dan la información y que ellos te referecien a ti: es importante que los gerentes de los hospitales y centro sanitarios adviertan a los responsables de la guardia de que una pesada de prensa les va a llamar dos veces al día (salvo incidencias) a preguntar una serie de datos, a unas horas determinadas. Es bueno que ya sepan los datos que necesitas, para que tengan la labor facilitada. Tú, quédate ya con los teléfonos de los jefes de guardia y procura saber los nombres.
  • Es importante que la ciudadanía conozca esta labor (para mi tan apasionante) y siempre los sanitarios son mejores portavoces para que llegue, para los tradicionales reportajes sobre el dispositivo sanitario, identifica a aquellos que se expresan con claridad y sin tecnicismos y dale unas pequeñas nociones previas a su intervención, hay claves que no tienen por qué manejar.
  • En caso de emergencia grave, eres fuente oficial y tienes que mantener la credibilidad que sostiene tu trabajo: es preferible demorarse en dar la información y que sea correcta a salir precipitadamente y errar.

Podría estar todo el día hablando de esto. Me apasiona. Pero sólo quería dar unas pinceladas. Si os interesa más el tema, aquí tenéis un enlace.